Capítulo 23, primera parte.




Capítulo 23: Southreign

“De los deseos más profundos surge a veces el odio más destructivo”
Socrates














-¿Cuánto queda para llegar?- Dijo Nausicaa por enésima vez.

Alex nos dirigía por las esquinas más recónditas de Southreign, un Reino bajo el mando del Rey Oxium según recordé decir a Eliott. Aquí Abajo había cuatro reinos muy diferenciados, no sólo por el clima –Ya que en Northreign no subía de los seis grados y en Southreign hacía un calor asfixiante.- Sino por la manera de vestir, las casas y las personas.

Las casas parecían torreones como los del palacio de las Mil reliquias, situado justo en la cúspide de la montaña donde estaba construido el zoco del reino. Las calles estaban flanqueadas por farolillos colgados en las casas construidas en la piedra de la misma montaña.

- Nausi, creo que hemos respondido a esa pregunta cientos de veces.- Dijo Duque empujándola por la espalda para que anduviese más deprisa.- Además, ¿Para qué queda poco si no sabes dónde nos dirigimos?

-Alex, ¿Queda mucho?- Me aventuré a preguntar esta vez yo. Sin embargo no obtuve su respuesta, sino la de otra persona.

-¡El final se acerca!- Una anciana con una pequeña campana en la mano me sacudía por los hombros.- No queda nada joven. ¡Tan sólo seis meses!- Sus ojos eran de un gris plata casi putrefacto debido a su edad.

-No la toques vieja demoníaca.- El brazo de Alex rodeó mi cintura alejándome de aquella señora a la que me quedé mirando por encima del hombro a medida que íbamos caminando.

Sus ojos se tornaron ámbar y justo en medio de ellos una raja negra como aquella que aparece en los gatos cuando hay mucha luz. Un escalofrío me bajó de la cabeza a los pies.

-Así que esos tarados no sólo existen en Nueva Yorck,- Obvió Nausi.

Me giré para preguntarle a Duque sobre el Final, ¿A qué se refería?, ¿Al eclipse? Luego lo miré y él me miró. Sentí sus colmillos clavándose en mis labios por segunda vez y entonces, desvié mis ojos al suelo. Era tan extraña la sensación de tener que confiar en alguien aún sabiendo que te esconde cosas. Me mantuve callada. Después de presenciar las declaraciones de anoche no me venían palabras que pudieran no desvelar que estuvimos justo a unos metros de ellos.

Alex se paró en medio de la calle y yo choqué con él inmersa en mis pensamientos.

-¿Dónde ibas?- Rió como cansado. Me sentí culpable de no haberle dicho que sabía el motivo por el cuál se encontraba así. Giró sus pies hacia la puerta de una casa.- Hay algo que me atrae. Como un círculo de poder que me dice que ahí dentro hay algo.

-Si tú lo dices, Mocoso, adelante.- Insinuó Duque apoyado en la pared de enfrente.

-¿Cómo se toman a los forasteros en Southreign?

-Mal. Nada más ver uno le sacan los ojos con cucharas y lo abren a canal para comerse sus vísceras.- Bromeó Bruna. Alex hizo una maniobra y sacó algo de su bolsillo.

-¿Quieres decir una de estas cucharillas?

-Sí, como esa, campeón. Llama a la puerta ya.- Bruna lo decía convencida. Yo me temía lo peor.

-Trae, ya lo hago yo.- Dije impacientada.

La puerta era robusta, hincada en unas bisagras oxidadas que le daba un aspecto pesado. Di unos golpecillos en la madera agrietada y seguidamente me llevé las manos a las espaldas situándome formalmente y sonriendo. Se escucharon los pasos bajar despacio por las escaleras y más apresurados al llegar cerca de la puerta. Cuando la puerta se abrió todos asomaron la cabeza para ver cómo era nuestro inquilino.

Un hombre de pasados los setenta con nariz protuberante y aguileña nos miraba sonriendo tras la puerta. Sus ojos eran de un perfecto verde oliva, mucho más oscuros que los de Duque. Miró a ambos lados de la calle antes de abrir del todo la puerta.

-Entrad muchachos, no sabéis cuánto tiempo llevo esperándoos.- Lo miré extrañada y volví mi mirada hacia atrás, a mis compañeros. Nausi se encogió de hombros y pasó por delante de mí hacia dentro.

                                                                  *    *    *

Aquella casa tenia un nosequé que te inundaba de calor. Las paredes de madera, aunque agrietadas, se alzaban fuertemente sobre el suelo de piedra. La entrada era simple: Había tan sólo un altar sobre el cual reposaban algunas hierbas humeando y un cuenco enorme de agua. Dejando atrás la entrada había un salón circular lleno de estanterías y repisas en las cuales enigmáticos botes con enigmáticas disoluciones se posaban. En el centro de ésta había una mesa de cristal con tres patas acabadas en una zarpa de león. Encima de ella, una bola también de cristal. Me pregunté si así sería mi Esfera cuando acumulara suficiente materia. Es más, aquello tenía toda la pinta de ser una Esfera.

Desde cerca aquél anciano era aún más bajo y su nariz aún más larga. Tenía una barba negra que colgaba desde su mentón y unas gafas de culo de botella en el puente de la nariz. Se hizo paso a la sala y nos hizo sentarnos en las sillas alrededor de La Mesa de León.

-Antes, ¿Dijo que nos estaba esperando, no es así?- El anciano se levantó a coger un libro de una estantería.

-Señorita Jane, ¿No es así?- Levantó la vista del libro y me miró por encima de las gafas. Asentí.

-Así es.

-Bien, y ustedes deben ser los demás elegidos.- Miró a Nausi y a Alex, ambos sentados a mi lado. Jugueteó con la barba enroscándosela en un dedo mientras miraba fijamente a Bruna y a Duque.- Y vosotros… Nadie me dijo que había 5 elegidos. Bien si las cosas han cambiado tanto quiere decir que me queda poco tiempo en el oficio. Cuando las cosas cambian las personas cambian con ellas.

-Alto, alto, alto.- Dijo Duque.- ¿Quién es usted y por qué sabe quienes somos?

-Todos con la misma pregunta.- Dejó el libro sobre la mesa y se sentó en medio de Alex y Bruna.- No es justo que yo tenga que memorizarme todos los nombres de mis clientes y vosotros nunca sepáis el mío.  Soy Lyell*, Lyell a secas.

-Y… ¿La segunda pregunta?- Dije.

-Muy fácil, todo me lo dice este libro. Cuando una persona tiene la necesidad de resolver un problema al que no ve solución, éste involuntariamente viene aquí. Y mi libro se encarga de escribir vuestros nombres.- Miré el libro. Estaba muy usado, con papeles que se salían de las páginas y los bordes doblados. Aquí parecía que el mundo giraba entorno a los libros.

-Muy bien, ¿Y lo de los Elegidos?- Preguntó Bruna.

-Soy adivino chicos.- Sentenció solemne.

-Querrás decir medio adivino.- Reí mirando a Duque y Bruna. Mi mirada aguantó en ellos unos segundos, lo que tardó mi mente en recordar toda la conversación de ayer noche. Me venían flashes y cada uno me golpeaba. Ni las piezas encajaban, ni ellos decían la verdad.

- Muchachos, eso es debido a que no está aquí mi otra mitad.- Señaló a la bola.- Ahora si me disculpáis me gustaría acabar mi trabajo aquí.- Asintió con la cabeza a cada uno de Los Elegidos.

Duque y Bruna se escabulleron de la sala intentando no tropezar con los artilugios que sostenían las estanterías. Los oí escudriñar tras la pared. Deseé que se le cayera encima.

Desde esa última noche no había podido mirar con buenos ojos a los dos líderes. A pesar de que ya les aguantaba poco la mirada, -A Duque por lo del bosque y a Bruna por sus ojos rojizos.- ahora no podría siquiera atisbar sentimientos en ellos. Mi caparazón se estaba debilitando y cada vez me hacía más susceptible. Toda la confianza que había cimentado sobre Duque se estaba desmoronando por los suelos, y no creí que hubiese manera de barrer los escombros.

La estancia en Southreign no era muy diferente a Northreign: Te hacía sentir una marciana, te hacía creer que si descubrían, te abrirían a canal para investigarte o te diseccionarían. Pero cuanto más tiempo pasaba, cuanto más me acercaba a Rufo y cuantas más visiones tenía, me hacía recordar que si no acabábamos con esto, nos abrirían a canal de verdad. Y no para bienes científicos.

-Hay algo que no entiendo, ¿Por qué dice que tenemos problemas si ni siquiera yo sé cuales son?- Pregunté con los dedos cruzados encima de la mesa de cristal.

-Si estáis aquí es porque estáis metidos en problemas.- Obvió.

- ¿Y usted puede detectar en qué problemas estamos metidos?- Dijo Alex.

-Por supuesto chicos. Pero es un poco complicado saber a qué pregunta os estáis refiriendo. Es decir, si os doy la solución de un problema al que no sabéis que estáis metidos, tendréis que adivinar el problema ¿Me seguís?

-Mas o menos…

- Dejadse de Adivinanzas del Millonaire. Tenemos algo muy importante que buscar y todos sabemos que es.

-Pero eso ya está solucionado, tú eres capaz de dar con Rufo.- Alex no tenía cara de comprenderme. Creía que ese camino era muy retorcido y como siempre, quería hacer las cosas a su manera.

No lo culpaba, era propio de mí buscar la solución más retorcida a los problemas. Eso justificaba los diez últimos minutos que le pedía siempre a la profesora de matemáticas tras los exámenes. Pero sabíamos que nuestro rival, -en caso de que sea tan sólo uno, cosa que dudo.- era igual o más retorcido que yo y si no queríamos acabar de verdad abiertos a canal, tendríamos que poner en práctica mi filosofía.

-Yo tengo una pregunta.- Se atrevió a decir Nausi por primera vez.- ¿Para qué nos quieren llevar a “La boca del león”?- Me quedé perpleja. Por un instante pensé en La Mesa de León. Pero luego recordé esas mismas palabras dichas por Duque: “Ese chico es un encanto. Nos llevará a la boca del león.” – Quiero decir, ¿Qué tiene “La boca del león” que no tenga cualquier sitio?

-¿Qué estás diciendo Nausi?

-Tú calla.

Nausi y yo estábamos pensando lo mismo.

-Veamos si sé a lo que te refieres.- Dijo el viejo enroscándose la larga y fina barba. Pasó las manos de forma extraña por la bola de cristal.- Dime Señorita Sullivan, ¿Qué respuesta crees que debemos darle a estos jóvenes?- En la bola de cristal apareció una cabeza cuyos cabellos fluctuaban dentro de la esfera. Tenía la piel blanca y los pelos negros azabache. Se movía como tinta de calamar en el agua. Parecía aparecer, diluirse y desaparecer por instantes.

-Qué… ¿Qué…Coño…?- Balbuceó Alex. Nausi se quedó mirando el resplandor de la bola. Mis dudas se esfumaron. No era ESA clase de Esfera.

-Sí. Soy una cabeza hablante.- La mujer puso los ojos en blanco y yo pegué un bote al escuchar su voz. Retumbaba dentro de la bola, hacía eco y le daba un toque fantasmal a pesar de que su modulación y frecuencia eran normales. – Soy una cabeza recluía y sola metida en un recipiente de conservas.- Se quejó de nuevo.

-Oh, siempre igual Sulla*. No puedes ahorrarte el sermón ni siquiera una vez eh. ¡Lo hice por tu bien!, ¡Ahora mismo estarías muerta de no ser por mí!

-Bla, bla, bla. ¡Lo hice por ti!- Imitó la cabeza moviéndose de un lado a otro en la bola.- ¡Prefería estar muerta a ser tu coballa, viejo brujo! – La situación me hacía reír: 

-Sulla, no quiero discutir más contigo, lo nuestro es una perfecta simbiosis: Yo no puedo ejercer mi trabajo sin ti, y tú no podrías vivir sin mí.- sonrió satisfecho.

-Eh… ¿Hola? Estamos aún aquí eh.- Intentó hacerse notar Alex.

- ¿¡Ah que no quieres discutir!? ¡Pues bien que discutiste conmigo cuando me intenté escapar! Por no hablar de cuando me encerraste enfadado en la despensa, con los demás botes llenos de de cabezas, y qué me dices de cuando te cabreaste tanto que me metiste en el fregadero con la excusa de: “No te callas ni debajo del agua”-Ignoró a Alex.

-¡Lo hice por tu bien!, ¡Espantabas a la clientela! Debes admitir que te pasas hablando.

-¿Por mi bien?, ¿Que hablo demasiado? Si no me equivoco señor LO-HICE-POR-TU-BIEN, mi oficio aquí es hablar y dar el oráculo a las personas.

-¿Son siempre así?- Me preguntó Alex.

Me encogí de hombro sabiendo de buena tinta que aquello iría para largo. Apoyé mi cabeza en la mesa de cristal y esperé que los aires se calmaran. La bola y Lyell siguieron escupiéndose improperios y acusándose mutuamente de lo que cada uno hace o dejaba de hacer por su bien.

Sin embargo yo ya no los escuchaba.

Dentro de mí había una voz que cubría a las demás, la voz de dos personas a la vez. Gritaba y se atenuaba al final de la frase. Gritaban juntas y acababan a coro. Se elevaba sobre cualquier otro pensamiento, incluso sobre los básicos, aquéllos que recuerdas desde que naciste. Aquéllos que te hacen levantar cada día y decir: Me llamo Yanet Jane Jonson. Pero aquella voz te hacía dudar de ella. Te recordaba que la Yanet Jane que existía se ha extinguido, que ya no vive en un mundo real, que poco a poco se ha ido convirtiendo en otra persona. Que se ha enterrado a sí misma.
Ella lo susurraba, la voz.

<<. Nos llevará a la boca del león>>
<<La boca del león>>

<< Izael Metió el mapa en su saco. La cama con biseles estaba temblando bajo sus rodillas hincadas en ella. Se tumbó por última vez en su cama. Ella sabía que sería la última.
Se marcharía. Tal vez con veintitrés años fuera una decisión inmadura y llena de egoísmo por su parte. Pero ella nunca quiso ser lo que era.
Nuca quiso ser reina.
Llegó a considerar a los reyes como seres ínfimos, llenos de poder y avaricia. Ella quería un mundo suyo. Quería ser la que impartiera las órdenes a pesar de lo establecido por la Orden. Odiaba a los que se subordinaban a ella tanto como a los que se consideraban superiores. Y es que es verdad: Cuanto más tienes, más quieres.
Ella era una Ilusioner nata y una guerrera audaz. Nadie podría usurparle el poder que poseía. Y quería más. Sabía que podría hacerlo sola, pero se había asegurado de que le echaran un cable. Taylor y Blacke, los reyes de Chaosis y Northreign respectivamente. No eran lo suficiente buenos para ella, pero le serviría de bulto. Si aquél libro fuera suyo podría por fin crear lo que ella quiso y desplazaría al Consejo de La Orden creando así un único orden, el que ella impartiera.
Abrió sus verdes ojos. Ojos verdes musgo. Sus brazos aún estaban tras su cabeza a modo de almohada. Se alzó con la mochila en la mano y corrió hacia la pared dónde hace unos años había escrito algo con sangre. Obviamente, no era suya.
‘¿Por qué a mí?’
Recordó aquel día como si fuera ayer. Se reunió con Blacke en el bosque cercano a su mansión. Los dos jóvenes intercambiaron diálogos y tal vez algo más que eso. Se quedaron en verse más frecuentemente y ambos coincidieron en que la misión hacia el libro sería un éxito. Recordó a su dragón bajar de las nubes y la melena castaña de Blacke ondear en el cielo. Recordó su aroma y recordó su última frase antes de marcharse:
-Cuídate hasta entonces. Yo procuraré convertirme en un buen Ilusioner.- Izael contrajo la cara.
-Los Ilusioners no se hacen, sino se nace.
Entonces fue cuando Izael comprendió que todo su alrededor sería un estorbo, que debería arrasar todo y sembrar de nuevo la vida. Una vida pura. Sin mestizos, sin mixtos, sin Drakos y sobre todo: Sin Ilusioner ‘Hechos’.
Izael se dispuso delante del altar que llevaba siglos en su cuarto y que de chica usaba como mesita del té para sus amigos  peluches. Sonrió. Apartó las bolas de cristal que tenía encima haciéndolas estallar contra el suelo. Volvió a sonreír, su mente por fin despejada. Cerró los ojos y visualizó el lugar dónde todo comenzó. Donde El Dios creó a todos, donde nos modelaron, de donde surgimos. Subió encima del altar. Las paredes y el suelo comenzaron a temblar y pequeños trozos de yeso cayeron por toda la estancia. En las paredes se hicieron grietas que poco a poco se fueron abriendo. La primera pared cayó. Izael no parecía inmutarse a pesar de la concentración que estaba ejerciendo sobre su mente. La segunda pared cayó y con ella el techo que se hizo trozos deslizándose sobre la silueta de Izael pero sin tocarla. La tercera pared cayó y la cuarta quedo parcialmente de pie.
Bajo los pies de la joven se hizo un agujero negro que la succionó como dos imanes de polos opuestos. Ella sonreía feliz de haberlo conseguido.
Sus poderes aumentaban por instantes. >> 
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*Lyell: De su parecido a "Leal" en inglés. Dicho  [Loial]

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Artikel Capítulo 23, primera parte. ini dipublish oleh Carla pada hari viernes, 17 de agosto de 2012. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 0 komentar: di postingan Capítulo 23, primera parte.
 
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