Capítulo 20, segunda parte.





Ω

<< Había algo de extraño en todo aquello.
La ciudad había cambiado. Exteriormente nadie lo percibiría, pero Yanet sabía muy bien que desde ahora en adelante nada sería lo mismo. Se había marchado y ahora, estaba sola.
 Su cuarto estaba lleno de polvo. La cama intacta, tal y como la dejó hace un año. Se sentía crecida, más madura. Después de todo lo que había sucedido no sentirse así sería extraño.
Miró por la ventana. Desde allí podía saborear el caos. Todo aquello, era culpa suya.
Algo crujió a sus espaldas. Volteó apresuradamente y se apoyó en el borde de la venta, espantada mirando lo que se alzaba ante ella.
Izabel.
Ahogó un grito. Quiso retroceder pero la pared se lo impedía. Había estado ya en frente de ella, pero sin saber por qué esos ojos cada vez le parecían más verdes. Eran capaces de incrustarte el pavor en las entrañas de manera permanente. Yanet tragó saliva cada vez más aferrada al bordillo de la ventana. Debajo de la larga y negra capucha que escondía a aquella mujer, Yanet pareció atisbar ira.
-Izabel.- Logró mascullar entre dientes.
-¿Creías que no podíamos seguirte hasta aquí?- Fue caminando lentamente de lado a lado por la habitación.- ¿Creíste que estarías al resguardo en tu mundo?, ¿Creíste que te librarías de nosotros así como así?- La mujer frenó en el escritorio donde descansaba uno de los libros de Emily Dickinson que tanto le gustaban a Ágata.- ¿Acaso no vistes lo que le pasó a tu madre?, ¿No crees que fueron demasiadas coincidencias?- Agarró el libro entre sus blancos dedos. Cada vez con más fuerza.- Nuestros poderes han crecido desde los últimos 100 años. Una cosa tan simple como crear un círculo hacia Arriba pudimos hacerlo todos. Lo demás lo hiciste tú solita.
-Fuisteis vosotros...¡Vosotros fuisteis quienes organizasteis todo para que acabara en tragedia!- Por primera vez Yanet estaba separada de la pared plantándole cara a Izabel desde dos metros. El libro que aún sostenía esta entre sus manos empezó a echar un hilillo de humo.
-Yo no estoy hablando de un “Nosotros”. Creo que es algo más personal.
-Severus.- El libro comenzó a arder y parecía que los ojos de ambas chicas lo hacían también. Se miraron como si pudieran asomarse al interior de cada una. Ahora la guerra sería únicamente entre ella y el submundo.-¡Juro que no saldrás con la tuya!, ¡Juro que jamás os dejaré huir ilesos!
-Yo no juraría tanto muchachita. Yo rezaría.- Tras ello un crujido. Y en un abrir y cerrar de ojos la habitación quedó vacía. Yanet se arrojó al suelo llorando ante las cenizas del libro. En tal manera, también eran las cenizas de su madre.>>


La luz del amanecer dorado irritó mis pupilas. Intenté reflexionar sobre lo que acababa de ver. Pero el recuerdo me venía desde muy lejos. Como los sueños, que cada día que pasa te acuerdas menos y menos de ellos.

Empecé parpadeando rápidamente y apenas hube enfocado, pude saborear el frescor del aire matutino. El cielo se habría ante mi. Pulido, brillante, celeste. Parecía que las nubes pasaban deprisa, más de lo habitual. Pero fue entonces cuando me di cuenta de que no eran las nubes lo que se movían, sino yo.

Un bache hizo que mi cabeza rebotara contra el suelo en el que estaba apoyada. Me rasqué la coronilla palpando el promontorio que se me estaba haciendo por el golpe. ¿Qué había sucedido? estaba en lo que parecía ser una especie de cárcel móvil- Una carroza de madera rodeada de barrotes paralelos y perpendiculares-. A unos palmos de mi estaba Bruna apoyando su espalda en una de las paredes de garrotes y con los pies y las manos atados. Quedé perpleja e intenté recomponerme sentada, pero algo impedía a mis pies y manos separarse. Mi corazón se aceleró más cuando descubrí que mi boca estaba sellada con un esparadrapo. Los demás también estaban cerca de mi, concretamente rodeándome en forma de media luna. Todos estaban en posición fetal en aquel cachivache que no paraba de pegar botes.

Empecé a mandar miradas a todos y a intentar liberarme de aquellas esclavas. Visualicé la mochila de Alex en un rincón de la jaula. Mis compañeros parecían adormilados, supongo, que sabrían que no teníamos escapatoria. Bruna era la única que no tenía trapo en la boca. Intenté relinchar pero los demás me mandaban callar abriendo los ojos y haciendo gestos.

A través de los barrotes podía ver un paisaje frondoso, como el de la noche anterior. Me pregunté a dónde nos llevarían y para qué nos necesitaban. ¿Y si son los secuaces del Inframundo? Sólo pensarlo me entraban escalofríos y una marea de lágrimas empezó a surcar mi mejilla derecha que lentamente se iban posando en la madera del cachivache ya que mi cara estaba estrellada contra ella.

-Eh, tú.-Dijo en voz baja Bruna. Emití un gemido de respuesta.-Necesito tu ayuda, transmíteme algo de materia mágica.- Entrecerré los ojos y negué tajantemente. Ella se enfadó.- ¿Quieres salir de aquí o no?

Me lo pensé y repensé varias veces y miré a la cara dormida de Duque cuestionándome qué diría él sobre aquella idea. Nausicaa estaba escuchando todo. Miré a Bruna e intenté coger con los pies la mochila donde estaba la esfera. Pero nada. Miré de nuevo a la chica con cara de impotencia. Ella puso los ojos en blanco. Busqué ayuda en Nausi, pero ella no podía tampoco hablar. Mi mente estallaba. Quería salir, salir de aquí. O más incluso.

Quería salir de mí misma.
No quería ser yo.

Sin darme cuenta, Nausicaa había pasado de tener los ojos amarillos a tenerlos blancos. Me asusté y retrocedí como pude. Bruna también la miraba y mientras, intentaba despertar a Duque y a Alex sin respuesta. Los pelos de la Dríade empezaron a flotar, entonces fue cuando recordé el día que abrimos aquel libro. Ese que nos llevará a la tumba si nos descuidamos, ese que nos arrastró hasta aquí. Hasta el infierno.

De repente un crujido hizo a todos despertarse. Los pájaros salieron volando de sus nidos, como si hubiera sido una trampa para ellos y ahora se hubieran dado cuenta todos a la vez. Un leve temblor nos sacudió e ipso facto las raíces de los árboles se alzaron de la tierra farragosa lanzando ramas por todos lados y retorciéndose por los barrotes. Para entonces Nausicaa no había parpadeado aún.

Una de las pequeñas raíces recorrió el carruaje desde donde estaba yo tumbada hasta la esquina contraria enlazándose en la cremallera, abriéndola y sacando una esfera irriadando luz. La pequeña bola rodó hasta mis manos entrelazadas. Los secuaces que conducían el carro tirado por caballos se volvieron hacia nosotros. No podía verlos, pero no parecían monstruos.

Bruna se acercó a mi aprovechando el descontrol del carro, -Ya que ahora sólo lo conducía una persona y la otra se estaba acercando a nosotros.- que giró bruscamente y quedamos todos apretujados en una esquina.

-¡Vamos!- dijo poniendo encima de mis manos las suyas como pudo.- Concéntrate Yanet.

Y lo hice. Bruna abrió sus ojos justo cuando uno de los secuaces se introdujo en la jaula con nosotros. Las telas que rodeaban sus muñeca y sus tobillos se hicieron cenizas. Sus ojos era rojos, más incluso que su camiseta Burdeos. Un viento cálido azotó mi cara. Sentí la madera agrietarse, fundirse, expandirse. La chica ahora estaba de pie con los ojos fijo en el individuo encapuchado que tenía en frente. Sus labios se separaron poco a poco y de ellos, una bola de fuego. Parecía el sol.

-          Sol lucet ómnibus*, ¿Verdad?- Dijo mientras el hombre retrocedía.- Yo no estaría tan segura.

Entonces la bola se acercó velozmente al cuerpo del secuaz y cuando lo rozó, ésta se hizo más intensa, emitiendo una luz blanca que me cegó por unos segundos. El tiempo que tardé en abrir los ojos y la carroza se había fundido, al igual que el cuerpo chamuscado del secuestrador.

Bruna cayó al suelo exhausta.

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*Latinismo antiguo que significa que el sol luce para todo el mundo.

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Artikel Capítulo 20, segunda parte. ini dipublish oleh Carla pada hari lunes, 9 de julio de 2012. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 0 komentar: di postingan Capítulo 20, segunda parte.
 
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