Capítulo 12: El principio del fin.

“Por desgracia la superabundancia de sueños se paga con un número creciente de pesadillas” Sir Peter Ustinov.

Sentía mis piernas amoratarse, como congelarse. Tenía la sensación de que me estuvieran clavando un millón de agujas a la vez, y eran heladas. Los párpados me pesaban, temían abrirse a la realidad, tenían miedo al lugar con el que se podían topar. Mis brazos tenían los músculos entumecidos, como si me hubieran linchado a golpes y ahora tuviera el cuerpo lleno de moratones. Hacía frío. Mucho frío. Al menos, yo lo sentía. Y en a través del fondo de mis párpados podía percibir que era de día o que había mucha luz. Mis manos estaban húmedas, tocaban algo parecido al azúcar solo que congelado.
Tras oír un gemido, conseguí abrir los ojos. Primero los entreabrí, luego cuando mis pupilas se fueron contrayendo al ver el reflejo de la luz, pude ver con exactitud donde me encontraba.
Era magnifico. Cogí una bocanada de aire fresco. Sentía una mezcla de curiosidad, fascinación y miedo. Agarrada al tronco del árbol donde estaba apoyada antes, intento poner en marcha mis piernas desnudas y mojadas por culpa de la nieve. Llego a un promontorio desde donde puedo ver una pequeña ciudad. Detrás de mí hay un bosque emergido en la nieve, un lago congelado donde un pato resbala hasta llegar a la única parte donde el agua sigue en su estado líquido. El cielo es gris, un gris puro y claro. A mi alrededor no había mas que nieve, abetos y algún que otro pajarillo. Estaba en alto, lo podía notar porque aunque el aire era puro, pesaba, me costaba respirar por la falta de oxígeno y estaba empezando a sentir los primeros síntomas de fatiga.
Rodeada de tanta belleza, se me había olvidado por completo lo que había ocurrido. Inmediatamente me puse a buscar, no sin antes echarle otro vistazo al panorama desde el promontorio.
Tras un tiempo que me parecieron dos años al que había que sumarle que cada vez se ocultaba más el sol y empezaba ha refrescar, un arbusto se movió. De él salió una especie de lobo muy familiar. Incrédula abrí talmente los ojos que creí que llegarían a un punto donde se salieran de las orbitas. Caí de bruces al suelo. Entonces me di cuenta de que tras ese animal, una mujer altísima con melena rubia y ojos amarillos, se tocaba el pelo. Nausicaa.
Rápidamente me tiré contra ella que cuando se dio cuenta también me estrechó.
-¿Sabes donde estamos?-Le pregunto separándome de ella y aliviada por no estar sola.
-No tengo ni la más pálida idea. Pero mira,- Voltea en su propio eje.- al menos tengo ropa de buen gusto.- Admiro su vestido verde esmeralda de mangas largas y corsé estrechado en la cintura. Tenía abombados los hombros y un escote cuadrado. Luego me miré a mí: Tenía puesto un traje largo y blanco que caía lacio hasta mis pies, nada que ver con el voluminoso cancán de Nausi. Ni siquiera tenía corsé, sino una especie de camisa añadida también blanca y anchísima que se estrechaba en las mangas.
-Vaya…
-Hay cosas,- Dice señalando mi vestido y el suyo.- que tampoco cambian aquí.- Hago gesto de ignorancia. Contemplo a Rufo por detrás de Nausi. Está caminando hacia el pico del promontorio. Cuando llega, se sienta y nos mira. Cojo a mi amiga de la mano y andamos con dificultad por la nieve-Si es que eso era nieve- hasta llegar junto al animal. Éste al vernos llegar aúlla tan fuerte que temo quedarme son oír.
                                                                *   *   *

-¿Dónde está Alex?- Me pregunta Nausi.
-¿Y su cucharilla?- Reímos.- No lo sé, cuando abrimos el libro perdí el conocimiento.
-Yo también, sentí que me anestesiaban.
-A lo mejor nos han raptado.
-¿Qué criminal decide llevar tan lejos a sus victimas?-Me encojo de hombros.
-Tengo la impresión de que acabaremos en el lugar equivocado.
-Yo creo que ya lo estamos.-Digo viendo donde nos está llevando Rufo. Durante una hora hemos estado siguiendo al dichoso perro y por fin, veo tierra que no está cubierta por nieve. Es una ciudad, por su arquitectura, antigua. Bastante, aunque eso sí, preciosa. Chasqueo la lengua contra el paladar. Me inclino para sentarme al lado del perro y acariciarle detrás de las orejas, a lo que el animal responde acercándose y refregándose contra mí.
-¿Conoces este lugar?-Detrás de mí Nausi tiene los brazos cruzados a la altura del pecho.
-No, claro que no lo conozco Yanet.
-No te lo decía a ti.-Nausi baja los ojos a Rufo y pone cara de mártir.
-Yanet... ¿De verdad?- Exclama resignada.
-¿Qué pasa?, ¿A caso ves otra salida?, ¿Aún no as abierto la mente?, ¿No ves que es nuestra única esperanza?-Tenía que haber añadido un: Si me pasé avisa, no quiero ser borde.
Nausi permanece callada.
Rufo abre el hocico, dejando ver sus enormes fauces y sus rosadas encías. Cuando creo que está a punto de ladrar me retiro y me tapo los oídos. Sin embargo, el perro escupe un hilo de vaho translucido.  Poco a poco la nube de vaho se retuerce, se enrolla y forma un tornado, un remolino. El traje de Nausi se ondula y vuela como el viento, tanto que tiene que bajárselo como si de Marilyn Monroe se tratara. El viento sacude mis pelos y hace que tenga no vea nada, al igual que Nausi que se intenta recoger el alborotado pelaje. Paulatinamente, el viento se fue calmando y dejo ver una silueta negra tirada en la nieve blanca. Me levanté y di un paso atrás mirando mi seguridad a la vez que Nausi. Pero de inmediato la figura se puso en pie y seguidamente se volvió a caer como un saco de patatas. Rufo nos miraba desde delante con la cabeza girada hacia atrás como extrañado por nuestra reacción.
-¡Me cago en la dichosa cuchara!- Grita el individuo poniéndose a gatas para intentar levantarse de nuevo.
Nausi y yo nos miramos y seguidamente le ayudamos a ponerle en pie cada una de un hombro. La cosa quedaba un poco penosa, porque yo era mucho más baja que Nausicaa y el chico iba cojeando por un lado. Luego nos sentamos con Rufo observando como la ciudad poco a poco se llenaba de luces. Anochecía y hacía frío.
-Prefería una cama al engendro éste.- dice Nausi tiritando y frotándose los brazos.
-¿Aún tienes la cuchara?-Digo extrañada.
-Sí, cuando empezó a dar vueltas la agarré, sólo que me arrastró con ella.-Dice envuelto en una manta negra. Debajo tiene una camisa algo parecida a la mía, ancha y recogida en los puños.
Me entran escalofríos. Mi vestido es de tela muy fina, no como la da Nausi que tiene forro.
-¿Quieres?-Dice tendiendo la manta con una mano hacia mi.
-No gracias.-Respondo fría.
-Como quieras. ¿Te has fijado en la luna? Es amarilla.
-Está llena.-Digo tumbándome en el suelo.-Lo que no entiendo es como puede estar llena si ayer estaba menguando.
-No estamos en el mismo lugar, por cierto; ¿Dónde carajo estamos?
-¿Y quién lo sabe?-Se tumba a mi lado y me doy la vuelta hacia la cara contraria a él.
-¿Tienes frío?
-No.
-¿Quieres la manta?
-No.
-¿Vas a dormir?
-¿Quieres dejar de preguntar? me pones nerviosa.
-Vale, vale. Ya paro.
Tras eso noto un retro gusto de culpabilidad pero supongo que no lo hice del todo mal. La realidad es que me da mucha vergüenza hablar con chicos, y mucho más si quiere dejarme su manta para dormir. La simple idea de que me esté cerca me da escalofríos. Me arropo como puedo haciéndome una bola contra un árbol. Dicen que el papel expulsa calor.
Durante media hora oigo pasos y pasos que arrastran cosas. Más tarde logro conciliar el sueño ya más acalorada.

                                                                  *   *   *

Oigo ruidos de caballos y látigos. Siento la nieve de nuevo fría. Tengo el cuerpo cubierto por la manta negra de Alex. Y a cada paso que se me acerca o que me tocan me estremezco. Cuando logro abrir los ojos y me recompongo sentada, veo a un enanito con barba y cara de bonachón. Tiene los labios cubiertos por esa mata de pelo y un poco calvo. Luego pienso que estoy soñando y me froto los ojos incrédula.

-¡Por la barba de Neptuno! Nunca había visto a nadie que durmiera tanto. Mercurio hizo buen trabajo con su caduceo.-Dice acercándose y guiñando un ojo. No se de que carajo habla y por qué me despierta.- ¡Vamos bella durmiente que se acabo el hechizo!- Exclama pegando bote al lado de Nausi y sacudiéndola.
-Pero qué diablos…-Dice mi amiga tocándose la cabeza.
-¡Que me caiga un rayo! Pero si es un caballero. Vamos, álzate.-Alex saca de inmediato la cuchara y eso hace que me ría, ¿Cómo puede ser tan infantil?- La madre naturaleza ha sido generosa con vosotros caminantes por una noche, pero no esta bien visto que le exijas más.
-¿Qué diantre dice?- Pregunta Alex.
-¡Diantre! ¿Cuál palabro es ese que desconozco?
-Parece salido de un cuento de hadas.- Digo sonriendo. La actuación del enanito me causa comicidad. Lleva un traje marrón oscuro de terciopelo adornado con una camisa blanca debajo y unas botas altas hasta las rodillas negras.
Al lado mía hay una hoguera apagada y cerca de ella, en el lado opuesto al mío, Alex. Más lejos en otro árbol descansa Nausi agarrada a Rufo. El hombrecillo de una palmada.
-¡Veeeeenga! Arriba, que os están esperando.
Me levanto estirando los brazos y las piernas con la manta envuelta en los hombros. Aún tengo los ojos pegajosos del sueño. Sacudo mi pelo haciendo que caigan todas las hojas y residuos al suelo.
-Vamos, por aquí.-El enano nos conduce a un carrazo de caballos bastante elegante. Fuera, conduce otro enanito flacucho sonriente.
-Vaya Nausicaa Iulius, sois tan hermosa como sus ancestros.- Nausi me mira y pone cara de no entender lo que dice. Ella jamás conoció a su madre.
Alex pasa el primero a la carroza. Después de que Rufo entre también, es mi turno. Introduzco antes la cabeza y miro a ambos lados del interior de la cabina. Las ventanas están tapadas por cortinas de terciopelo burdeo y hay dos grandes asientos a ambos lados también tapizados de burdeo. Me siento en frente de Alex y observo como Nausi entra todavía aturdida por el comentario del conductor.
-Esperamos no encontrar ningún bache. Cuidado a los que tengas el estómago flojo.- Termina el enano dando un golpe y montándose al lado del otro sonriente.
-¿Quiénes nos están esperando?-Pregunta Nausi.
-Quiero pensar que sea una cama.-Responde Alex. Aparto un poco la cortina de terciopelo. Todo, completamente todo, esta lleno de nieve blanca. Y ahora caen copitos rosados que deben ser flores de los árboles.
-Yo quiero pensar que seremos bien recibidos.-Alex da un golpe con la mano en el techo de la carroza. Un segundo después, el enano que tuvo la grandísima idea de despertarnos grita.
-¿Qué ocurre ahí abajo?¿Ya habéis dado de vientre en el terciopelo?
-¿Hacia donde nos dirigimos?-Pregunta Alex mirando nos.
-Norhtreign.

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Artikel Capítulo 12: El principio del fin. ini dipublish oleh Carla pada hari jueves, 12 de enero de 2012. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 0 komentar: di postingan Capítulo 12: El principio del fin.
 
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