Capítulo 11: La buhardilla.


“Lo importante no es quien inicia el partido sino quien lo termina” John Wooden.


<< La hierba está recién cortada aún, si tienes buen olfato, puedes apreciar su olor fresco. Sin embargo, al cielo gris acompaña el ambiente hostil. Llueve, y puede que sea esa la razón por la que todos visten de negro. Las ondas castañas de Yanet se mojan y entre los pelos se pueden distinguir algunas lágrimas en su blanca piel que caen hasta sus rojos y gruesos labios. Su despeinado flequillo se le pega mojado a la cara y poco a poco la lluvia deja su cuerpo empapado. Hay más gente, con paraguas, vestida de negro. Yanet tiene la espesa mata de pelo recogido en un lado apoyado en el hombro. Está cabizbaja, como si todo aquello que le rodea le fuera indiferente y sus botas altas de cuero negro fueran la atracción más interesante de todo aquello, cosa que realmente, ella sabe que no. Se mordía los labias, se los volvía a morder. Lloraba en frente de una lápida. Mientras, las demás personas se iban despidiendo y marchando. Cuando llega el punto en el que la tormenta truena, no hay ni un alma en la calle salvo Yanet. Ahora clava sus rodillas frente al barro de la lápida y admira las flores. Están sucias, farragosas, parecía que hubieran salpicado un cuadro en blanco y negro con colores. Había dos claveles, cuatro azucenas y dos rosas rojas con espinas entre otras. Su mirada descansa en las rosas. Piensa que tal vez todo fuera culpa suya, que las cosas hubieran sido diferentes si solo hubiera sido más responsable, más madura.  Se acaricia los ojos buscando el rimel disuelto, pero no encuentra nada. Esta mañana no tenía ganas de ponérselo y menos aún de estar donde estaba.
Sin embargo allí se encontraba, inmersa en el llanto, en la bohemia, en la tristeza. Para ella nada parecía real, tal vez ese calificativo sólo se podía usar acompañado de un sólo sustantivo: Sueño real. Yanet sollozaba, pero mantenía su postura rígida. Poco a poco las rodilla se iban rindiendo e inevitablemente, el barro alcanzaba sus muslos. Se dio cuenta que había llegado el momento de regresar. No sabía del todo por qué, pero algo le estaba esperando. No podía saber si bueno o mal. Simplemente sabía que alguien le esperaba. Sin pensarlo más se secó las lágrimas con el revés del jerséis y anduvo despacio hasta una para de autobús. Su mirada recorre la calle. Piensa en como sería todo si llamara a casa y le dijera a su madre que le recogiera.  Sin embargo eso no puede ser, al menos no hoy. Los mensajes le invaden el móvil que siquiera sabe cómo funciona después del agua que le ha caído. Se siente tan despreciable. Cuando sube al autobús el conductor le mira de arriba abajo mientras saca el carné de su sucio bolso gris. No mira a los que van sentados, esta casi todo lleno y le toca sentarse al lado de un inmigrante. Apoya la frente en el cristal e intenta verle algo positivo a todo. Luego cierra los ojos intentando visualizar ideas claras. Más tarde el sueño le puede. >>


El sudor matinal ya es parte de mi despertar casi toda la semana. Ésta vez sin embargo sé que hay más que un simple sueño. El retro gusto agridulce de la sangre emerge de mi garganta, pero cuando escupo en el lavabo no hay resto de ella. Miro el reflejo del reloj en el espejo, aún así, me giro para mirarlo mejor. Las nueve. Llego media hora tarde. Corro a despertar a Nausi. Su máscara del pelo de coco inunda toda la habitación y en una esquina, puedo ver la ropa sucia de ayer.

-Vamos, vamos.-Hoy tengo la sensación de que todo ocurre a cámara lenta.- Es hoy.- Nausi hace un esfuerzo para no pegarme con el cepillo con el que duerme todos los días bajo la almohada. Suspira fuerte calmando su fiera interior.- Es hoy. El libro se acaba Nausi.- Se quita el antifaz de los ojos.

-Es hoy.

                                                            *    *    *

-¿Hoy no vais al instituto? Es miércoles.- Dice una de las camareras. Nausi la mira con desprecio.
-Hoy tenemos otros planes Doña Abi.- Respondo mientras me meto en la boca una cucharada de cereales. Luego llega la pequeña Lía a la mesa y empieza a pedir: Agua, leche, cereales, galletas, pastel, babero y cuchara. Miro impaciente a Nausi, ella localiza mi contacto visual y sin hablar le digo todo lo que le tengo que decir.
Mientras comprueba que el picaporte de la habitación no chirríe al entrar, a Nausi le tiemblan las manos. El cuarto de mi madre está lleno de cuadros de lugares extraños, de flores secas en las ventanas y de papiros antiguos.
-Piensa,- Dice Nausi tocando se la barbilla.- Si fueras tu madre, ¿Dónde esconderías un libro secreto?- Mira debajo del escritorio, en todos sus cajones y en su armario. Estoy trémula.
-¿Dónde está mi madre?-Digo con el semblante que ha de parecer un mártir. Nausi me mira con preocupación. Parece saber a que me refiero. Puedo ver a través de ella, puedo saber lo que está pensando sin necesidad de un sexto sentido.
Salimos corriendo. Yo hacia arriba y Nausi hacia abajo. Desde allí me llegan sus gritos exclamando en nombre de mi madre. El ático está desolado, al igual que la parte de abajo según dice Nausi desde la segunda planta. El techo inclinado de la buhardilla me hace retroceder y agacharme cuando veo algo moverse detrás de un baúl. No le doy mucha importancia, podría ser una rata. Sin embargo, hay algo en el baúl enorme que me llama la atención. Me inclino sobre mis rodillas y las dejo reposar en el suelo. Respiro el cargado aire y la humedad. Aprieto los puños con la vista clavada en el arca enorme. Poso las palmas de las manos y lo entre abro. Por la ventanucha sucia, oigo un ruido. Me doy la vuelta y tras de mi se cierra el arca soltando un voladizo de polvo. Alguien está aporreando la ventana. Sus ojos azules se pueden ver incluso detrás de la translucidez que le causa el polvo al cristal.  Abro la ventanucha.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?, ¿Eres Spiderman?- El chico tropieza y le cuesta pasar por la ventana.
-Me gusta más Superman. Nadie me abría abajo. He llamado.
-Pues yo no he oído el timbre.
-No,-Dice poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo.- te he llamado al móvil.- Señala el bolsillo. Saco el ladrillo del bolsillo de mi sudadera y lo enciendo. En efecto, dos llamadas perdidas.
-Última generación, ¿Eh?
-Ya…-Digo sin prestarle mucha importancia.
-¿Qué hacías?
-No lo se. Estaba buscando a mi madre y no la encuentro. Luego llegué hasta aquí.
-¿Cómo?
-¡Qué más da!-Digo dirigiéndome de nuevo al baúl.- Ven, ayúdame.-  Le espero de rodillas inclinada para abrir el baúl juntos. Él se queda mirándome desde atrás.- ¿Quieres hacer el favor?, ¿O le ves demasiado atractivo a mi espalda como para proseguir?
-No, que va, si tu espalda es muy ordinal.
-Vaya, gracias.-Le sonrió irónica cuando hace andén de abrir el baúl. La tapa se levanta dejando ver su interior grabado como si fuera la caja de Pandora. Torbellinos de madera en espiral creando una especie de tornado del que un hombre intenta escapar.  Otro tornado escupe flores, otros tantos engullen animales. Hay nubes, rayos, es el cielo. Bajo la mirada a el interior. Alex y yo nos miramos. Allí, cerca de un libro muy conocido, puedo ver una carta antigua, amarillenta como si los años hubieran pasado en ella sin salir del baúl, sin ver la luz. Me doy la vuelta y apoyo la espalda contra la madera de la gran arca. Nausi llega por la escalerilla desde abajo y sin emitir casi ningún ruido se acerca y se sienta a mí otro lado, intercalando miradas de respuesta a Alex, con miradas de respuestas al Baúl, como si éste le pudiera contar algo de lo sucedido. Abro la el sobre que contiene la carta y la desdoblo con cuidado. Las cabezas de mis acompañantes se juntan a la mía.



“De algún modo sabría que llegaría este momento cielo. No puedo explicarte nada por ahora, La Orden no me lo permite. Más adelante sabrás como deber actuar.
Siento no poder estar allí para contarte esto. Ahora eres algo más que un simple humano y la razón, debes hallarla tú.
Por supuesto que no estarás sola. Por ello, también les exigimos a Nausicaa Iulius y a Jonas Alexander Genevieve la presencia.
No os han elegido arbitrariamente, tanto tú como los demás tienen un linaje noble
Y una tragedia.
Ahora, quiero que hagáis lo que hagáis, mantengáis un rumbo fijo: La salvación.
Sois la última esperanza que nos queda. Confiamos
En que podáis salvar a vuestra familia.
Aquí tienes la llave, debajo de la cama está el libro.”
                                             

                                                                                            Ágata Jonson. La Orden.



Sin embargo no había llave alguna en el sobre.



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Artikel Capítulo 11: La buhardilla. ini dipublish oleh Carla pada hari miércoles, 14 de diciembre de 2011. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 0 komentar: di postingan Capítulo 11: La buhardilla.
 
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