Capítulo 11: La buhardilla.


“Lo importante no es quien inicia el partido sino quien lo termina” John Wooden.


<< La hierba está recién cortada aún, si tienes buen olfato, puedes apreciar su olor fresco. Sin embargo, al cielo gris acompaña el ambiente hostil. Llueve, y puede que sea esa la razón por la que todos visten de negro. Las ondas castañas de Yanet se mojan y entre los pelos se pueden distinguir algunas lágrimas en su blanca piel que caen hasta sus rojos y gruesos labios. Su despeinado flequillo se le pega mojado a la cara y poco a poco la lluvia deja su cuerpo empapado. Hay más gente, con paraguas, vestida de negro. Yanet tiene la espesa mata de pelo recogido en un lado apoyado en el hombro. Está cabizbaja, como si todo aquello que le rodea le fuera indiferente y sus botas altas de cuero negro fueran la atracción más interesante de todo aquello, cosa que realmente, ella sabe que no. Se mordía los labias, se los volvía a morder. Lloraba en frente de una lápida. Mientras, las demás personas se iban despidiendo y marchando. Cuando llega el punto en el que la tormenta truena, no hay ni un alma en la calle salvo Yanet. Ahora clava sus rodillas frente al barro de la lápida y admira las flores. Están sucias, farragosas, parecía que hubieran salpicado un cuadro en blanco y negro con colores. Había dos claveles, cuatro azucenas y dos rosas rojas con espinas entre otras. Su mirada descansa en las rosas. Piensa que tal vez todo fuera culpa suya, que las cosas hubieran sido diferentes si solo hubiera sido más responsable, más madura.  Se acaricia los ojos buscando el rimel disuelto, pero no encuentra nada. Esta mañana no tenía ganas de ponérselo y menos aún de estar donde estaba.
Sin embargo allí se encontraba, inmersa en el llanto, en la bohemia, en la tristeza. Para ella nada parecía real, tal vez ese calificativo sólo se podía usar acompañado de un sólo sustantivo: Sueño real. Yanet sollozaba, pero mantenía su postura rígida. Poco a poco las rodilla se iban rindiendo e inevitablemente, el barro alcanzaba sus muslos. Se dio cuenta que había llegado el momento de regresar. No sabía del todo por qué, pero algo le estaba esperando. No podía saber si bueno o mal. Simplemente sabía que alguien le esperaba. Sin pensarlo más se secó las lágrimas con el revés del jerséis y anduvo despacio hasta una para de autobús. Su mirada recorre la calle. Piensa en como sería todo si llamara a casa y le dijera a su madre que le recogiera.  Sin embargo eso no puede ser, al menos no hoy. Los mensajes le invaden el móvil que siquiera sabe cómo funciona después del agua que le ha caído. Se siente tan despreciable. Cuando sube al autobús el conductor le mira de arriba abajo mientras saca el carné de su sucio bolso gris. No mira a los que van sentados, esta casi todo lleno y le toca sentarse al lado de un inmigrante. Apoya la frente en el cristal e intenta verle algo positivo a todo. Luego cierra los ojos intentando visualizar ideas claras. Más tarde el sueño le puede. >>


El sudor matinal ya es parte de mi despertar casi toda la semana. Ésta vez sin embargo sé que hay más que un simple sueño. El retro gusto agridulce de la sangre emerge de mi garganta, pero cuando escupo en el lavabo no hay resto de ella. Miro el reflejo del reloj en el espejo, aún así, me giro para mirarlo mejor. Las nueve. Llego media hora tarde. Corro a despertar a Nausi. Su máscara del pelo de coco inunda toda la habitación y en una esquina, puedo ver la ropa sucia de ayer.

-Vamos, vamos.-Hoy tengo la sensación de que todo ocurre a cámara lenta.- Es hoy.- Nausi hace un esfuerzo para no pegarme con el cepillo con el que duerme todos los días bajo la almohada. Suspira fuerte calmando su fiera interior.- Es hoy. El libro se acaba Nausi.- Se quita el antifaz de los ojos.

-Es hoy.

                                                            *    *    *

-¿Hoy no vais al instituto? Es miércoles.- Dice una de las camareras. Nausi la mira con desprecio.
-Hoy tenemos otros planes Doña Abi.- Respondo mientras me meto en la boca una cucharada de cereales. Luego llega la pequeña Lía a la mesa y empieza a pedir: Agua, leche, cereales, galletas, pastel, babero y cuchara. Miro impaciente a Nausi, ella localiza mi contacto visual y sin hablar le digo todo lo que le tengo que decir.
Mientras comprueba que el picaporte de la habitación no chirríe al entrar, a Nausi le tiemblan las manos. El cuarto de mi madre está lleno de cuadros de lugares extraños, de flores secas en las ventanas y de papiros antiguos.
-Piensa,- Dice Nausi tocando se la barbilla.- Si fueras tu madre, ¿Dónde esconderías un libro secreto?- Mira debajo del escritorio, en todos sus cajones y en su armario. Estoy trémula.
-¿Dónde está mi madre?-Digo con el semblante que ha de parecer un mártir. Nausi me mira con preocupación. Parece saber a que me refiero. Puedo ver a través de ella, puedo saber lo que está pensando sin necesidad de un sexto sentido.
Salimos corriendo. Yo hacia arriba y Nausi hacia abajo. Desde allí me llegan sus gritos exclamando en nombre de mi madre. El ático está desolado, al igual que la parte de abajo según dice Nausi desde la segunda planta. El techo inclinado de la buhardilla me hace retroceder y agacharme cuando veo algo moverse detrás de un baúl. No le doy mucha importancia, podría ser una rata. Sin embargo, hay algo en el baúl enorme que me llama la atención. Me inclino sobre mis rodillas y las dejo reposar en el suelo. Respiro el cargado aire y la humedad. Aprieto los puños con la vista clavada en el arca enorme. Poso las palmas de las manos y lo entre abro. Por la ventanucha sucia, oigo un ruido. Me doy la vuelta y tras de mi se cierra el arca soltando un voladizo de polvo. Alguien está aporreando la ventana. Sus ojos azules se pueden ver incluso detrás de la translucidez que le causa el polvo al cristal.  Abro la ventanucha.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?, ¿Eres Spiderman?- El chico tropieza y le cuesta pasar por la ventana.
-Me gusta más Superman. Nadie me abría abajo. He llamado.
-Pues yo no he oído el timbre.
-No,-Dice poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo.- te he llamado al móvil.- Señala el bolsillo. Saco el ladrillo del bolsillo de mi sudadera y lo enciendo. En efecto, dos llamadas perdidas.
-Última generación, ¿Eh?
-Ya…-Digo sin prestarle mucha importancia.
-¿Qué hacías?
-No lo se. Estaba buscando a mi madre y no la encuentro. Luego llegué hasta aquí.
-¿Cómo?
-¡Qué más da!-Digo dirigiéndome de nuevo al baúl.- Ven, ayúdame.-  Le espero de rodillas inclinada para abrir el baúl juntos. Él se queda mirándome desde atrás.- ¿Quieres hacer el favor?, ¿O le ves demasiado atractivo a mi espalda como para proseguir?
-No, que va, si tu espalda es muy ordinal.
-Vaya, gracias.-Le sonrió irónica cuando hace andén de abrir el baúl. La tapa se levanta dejando ver su interior grabado como si fuera la caja de Pandora. Torbellinos de madera en espiral creando una especie de tornado del que un hombre intenta escapar.  Otro tornado escupe flores, otros tantos engullen animales. Hay nubes, rayos, es el cielo. Bajo la mirada a el interior. Alex y yo nos miramos. Allí, cerca de un libro muy conocido, puedo ver una carta antigua, amarillenta como si los años hubieran pasado en ella sin salir del baúl, sin ver la luz. Me doy la vuelta y apoyo la espalda contra la madera de la gran arca. Nausi llega por la escalerilla desde abajo y sin emitir casi ningún ruido se acerca y se sienta a mí otro lado, intercalando miradas de respuesta a Alex, con miradas de respuestas al Baúl, como si éste le pudiera contar algo de lo sucedido. Abro la el sobre que contiene la carta y la desdoblo con cuidado. Las cabezas de mis acompañantes se juntan a la mía.



“De algún modo sabría que llegaría este momento cielo. No puedo explicarte nada por ahora, La Orden no me lo permite. Más adelante sabrás como deber actuar.
Siento no poder estar allí para contarte esto. Ahora eres algo más que un simple humano y la razón, debes hallarla tú.
Por supuesto que no estarás sola. Por ello, también les exigimos a Nausicaa Iulius y a Jonas Alexander Genevieve la presencia.
No os han elegido arbitrariamente, tanto tú como los demás tienen un linaje noble
Y una tragedia.
Ahora, quiero que hagáis lo que hagáis, mantengáis un rumbo fijo: La salvación.
Sois la última esperanza que nos queda. Confiamos
En que podáis salvar a vuestra familia.
Aquí tienes la llave, debajo de la cama está el libro.”
                                             

                                                                                            Ágata Jonson. La Orden.



Sin embargo no había llave alguna en el sobre.



 
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Capítulo 10, parte 2.

-Tsh, ¿lo has llamado?- Le digo a Nausi cerrando de golpe la puerta.
-Sí, dice que esta llegando.
-Perfecto, ¿Y el libro?
-Se lo llevó tu madre, ¿Recuerdas? Sin el no podemos hacer nada.
-¿Dónde se habrá metido esa mujer?- Pregunta retórica.- Tenemos que contárselo, él esta implicado en esto.
-¿Cómo sabemos que de verdad está implicado?
-Tiene el colgante.
-Eso no confirma nada.-Lía movía la cabeza de un lado hacia otro a medida que nos turnábamos la palabra como si de un partido de tenis se tratase.
-Vamos Nausicaa, por el amor de dios no seas cabezota.
-Veamos, ¿Sostienes que el perro tiene algo que ver?
-¿Por qué no? Nos ha encontrado y escucha lo que me ha dicho lía.- Amarro a la chica por la mano y la atraigo hacia nosotras, la pobre enana se corta un poco al principio pero al final logra decir un ceceante: Lobo con ojos grises. Es decir: Lobo con ojoz grizez.
-Esta cosa no es tan sencilla como parece.- Se rinde Nausi que se quita la toalla que llevaba en la cabeza en forma de turbante. Suspira.- El alíen ese dijo que mañana vendría, ¿Pero quién?
-No lo se.-Respondo cabizbaja. Doy dos vueltas al cuarto pensando y repensando cómo encajar las piezas.- ¡Ogg!, ¿Cuánto tarda este chaval?
-Nada.-Dice Nausi desde el balcón.-Ya está aquí.-Entonces la pequeña que hasta ahora había mantenido silencio se asomó al balcón.
-Yanet, dijiste que era sólo para chicas.-Llena los carrillos de aire y luego lo suelta poco a poco.
-Tranquila, el se puede considerar nena.-Ya dentro “La cosa” llega cargado de un aura humilde, pero todo cambia cuando abre la boca.
-De eso no estoy muy seguro. Pero tu hermana esta hecha un machote.-Se agacha y le susurra a Lía:- Es del FBI de Miami.-Mi hermana sonríe al unísono de mis ojos en blanco. El chico se quita la chaqueta y como pijo educado se la coloca en su regazo. Luego se sienta a mi lado. Bajo el fino jerséis que lleva se le pueden distinguir los marcados pectorales, que aunque no extremadamente desarrollados, definidos. Sus All Stars marrón chocolate de cuero parecen las zapatillas más cómodas que he visto.
-¿Y bien?,¿No podíais esperar a mañana para verme?- Se peina el flequillo con un movimiento de cabeza. Más abajo, brillan con el azul más puro sus pupilas, un celeste celestial. Aún más abajo, unos labios disimulados y rojizos prisioneros de muchas chicas.
-No te des por aludido, si te corren detrás las chicas es para que le dejes usar el Internet de tu móvil.- Me resbalo de la cama al suelo y el chico me sigue cruzando las piernas como un indio.
-No sabes lo molestas que sois.
-Oye, nosotras lo hacemos por ti, puedes irte si quieres.- Responde de nuevo Nausi.
-Basta, si has venido es porque algo te interesa, ¿No es así?- Miro a los dos a los ojos.- Creo que hay que tomarse esto en serio.
-Es... raro.
-Si has venido expresamente para decir que es raro puedes marcharte.- Ahí está: La burra que llevo dentro.
-Tranquila Miss sunshine.- Me dice. Su brazo toca el mío. En ese instante siento un escalofrío.
- Vale, ¿Queremos hablar del verdadero dilema?-Tercia Nausi. Trago saliva.- Esta noche hemos seguido a la madre de Yanet. Volvíamos de montar, así que fuimos caballo.
- Nos perdimos siguiendo a mi madre, pero conseguimos escuchar y ver la conversación que mantuvo con un hombre encapuchado.
-Para mi que no era hombre.
-El caso es que decían absurdidades como: cada uno debe ocuparse del destino que el libro escriba.
-¿Qué libro?- Nausi y yo nos miramos cómplices.
-El libro que cayo a mis pies, ¿Recuerdas? Estabas conmigo el día que hicimos novillos.- El chico está tan cerca de mi que consigo oler su aliento, sus ojos parecen sonreír y posa su mano en mi rodilla. Yo me sacudo un poco hasta que la mano resbala inerte hacia el suelo. Mientras, Nausi trata de contarle la historia con todo lujo de detalles. Sin embargo noto como cada vez que ésta hace una pausa me mira por el rabillo del ojo. Las emociones me estaban estallando, necesitaba respuestas.
-Si he entendido bien, el libro que no queréis abrir es una biografía de nosotros,-Traga saliva.- y el libro está acabando, con lo cual, nuestras vidas también.
-No del todo.-Digo con cara de espanto.-Nadie dijo que si se acabara el libro se llevaría nuestras vidas consigo.
-La verdad que por mucho que le doy vueltas al asunto no consigo verle la lógica.-Dice tocándose la nuca y despeinándose el flequillo. Me llega su aroma de suavizante. 
-El ente dijo que mañana vendría alguien.
-¿El ente?-Rió.
-Sí, y tu eres “La cosa”-Dice mi Nausi. -A mi amiga le gusta poner motes a las personas que no sabe como se llaman.
-Mira que eres cabezona.-Me sonríe el chico. Nausi mira el reloj y acto seguido manda a Dormir a Lía. Yo me quedo sentada unos segundos y luego hablo.
-Deberías irte ya.- El chico se levanta y anda hacia el balcón. Yo le sigo. Luego mira hacia abajo y tras eso se concentra en mi. Los mechones me caen por los hombros y hacen de barrera contra el frío de fuera. Los labios agrietados y secos pedían que me los humedeciera y yo me negaba porque sabía que me dolerían más. Miraba hacia abajo para evitar todo contacto visual, ya que estaba sola con un chico. Voy progresando.
-Perdón si he sido algo hipócrita antes.-Confiesa con una mueca en los labios.
-Verás, estoy muy cansada. Entiéndeme llevo todo el día fuera, corriendo y cayéndome en el barro.-Me miro de arriba abajo.- No tengo muy buen humor. Hablamos mañana.
-Te sienta bien el nature.- Sonríe y hace que yo le imite. Le doy un codazo reprimiendo la risa.
-Hasta mañana...
-“Cosa”- Termina. Mi intento por adivinar su nombre desvanece. Parece ser que le gusta más ese apodo que su propio nombre.
<<Adiós>> susurro y observo como baja amarrándose a las enredaderas y los salientes del balcón. Más tarde desaparece en la oscuridad.

                                                            




















 
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Capítulo 10: El principio del fin. Primera parte.


 “Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre” Gandhi.

Nausi volteó alarmada. Estaba a una distancia de prudencia del animal.

-Yanet...-susurró desde tres metros más lejos que yo.

Mi mano pasó por encima del hocico gris mientras el animal me clavaba los dos agujeros trasparentes sin fin que eran sus ojos. El brillo en su mirada me hizo recordar la primera vez que lo vi y como huí de él. Podría haber dudado en acercarme, podría haber huido y ahora quizás estuviera en casa. Pero el aspecto detonante de Rufo me llamó la atención. Me dejo caer el pelo hacia un lado, apoyándolo en el hombro. Acaricio la mandíbula del animal mientras éste tuerce la cabeza en señal placentera. Casi, un juego de mi imaginación me traiciona, creyendo que el lobo estuviera sonriendo.

-Pero... ¿Qué diablos...?-Nausicaa se acerca a mí poco a poco calculando cada paso que da y manteniendo un límite de distancia entre el perro y su piel.
-Es inexplicable. Todo en esta noche es inexplicable.-Ratifico con un gesto.
-Ágata, el extraño ser y ahora Rufo. ¿Qué está pasando hoy?, ¿Es acaso el día de los inocentes?-Dice mi amiga poniéndose en cuclillas a mi lado.
-No tengo ni idea, pero no me quedaré con las manos cruzadas. Hay que indagar en esto.
-Sí, pero hay algo mucho más importante que eso: ¿Cómo coño salimos de aquí?-Dice extendiendo los brazos.
-Estoy casi segura que Rufo sabe cómo, ha llegado hasta aquí, ¿No?
-No se tú, pero yo no me pongo en manos de un perro. Mejor dicho: En patas de un perro.- Se cruza de brazos y da media vuelta, terca como solo ella sabe ser.

Un ruido ajeno hizo que mi amiga, hermética en su pensamiento, se sobresaltara y como impulsada por un resorte se dirigió hacia mí.

-Vale, Vamos, vamos.- Suspiramos con un común alivio.-Pero pongámonos en marcha ya, como lleguemos más tarde...
-Tendremos la mierda hasta el cuello.-Termino.

Y como si cada palabra que dijéramos el Perro-Lobo lo entendiese, minucioso empezó a olfatear alrededor de la piedra enorme. Yo me senté en ella y Nausi se apoyó en mi lateral. Tras unos minutos el animal levantó la cabeza del suelo e irguió las orejas. Unas ramas chasqueaban al adelantarse y después, un ladrido.

Abrimos bien los ojos y el perro salió corriendo como quien no quiere la cosa. Cojo de la mano a Nausicaa y corremos detrás del animal. Nuevamente las ramas empiezan a crujir bajo las botas de montar, las pocas hojas secas que quedan en los árboles se incrustan en los jerséis, las ramas robustas hace que tengamos que agacharnos, saltar, caer y ensuciarnos de barro.

Un pensamiento me corroe la cabeza, pero creo que no podré saber, el porqué, el cuándo y el cómo hasta mañana. La cara contraída que llevo no es algo nuevo. Me lleva ocurriendo toda la semana y los primeros síntomas de preocupación, estaban a flor de piel.

Por otro lado me preguntaba como hemos hecho para llegar tan lejos con esta indagación, tan solo fui a buscar un libro y volví con otro que no era.

Mientras que corría delante de mi amiga, mirando mi seguridad, reparé en unas extrañas luces que se apagaban y encendían a medida que un árbol las cubría. Eran como flases blancos que te deslumbraban. Cuando pude concebir que no eran muchas luces si no solo una, ya habíamos llegado a la explanada de la falda de Atlas.

Un sentimiento liberador nació de mi y caí -estrellada por Nausi que no paró detrás de mí- al suelo. Casi me entran ganas de hacer un ángel de nieve sobre la hierba. Cuando consigo que los 60 kilos de Nausi dejen de ejercer presión sobre mí me levanto. Mi amiga se tapa la boca haciendo escapar una pequeña carcajada y más tarde se agacha a arrancar hierba y tirármela.

-¡Tienes complejo de cabra!-Dice arrojándome los vegetales a la cara húmeda.
-¡Las cabras no comen hierba, ignorante!-Exclamo apartándome los pelos y las hierbas tanto de la boca como de las mejillas.
-¿A no, y entonces?-Dice seria. Bajo la mirada y sonrío algo maliciosa. Nausi expectante se acerca algo a mi.- ¿Y bien?- Rápidamente me agacho y salgo corriendo detrás de ella como una posesa.
-¡¡Comen botas de motar, no te jode!!- Exhausta, tras varios giros en círculo me tiro en el césped y lanzo la bota. Ésta rebota en la cabeza de Nausi que suelta un breve gemido parecido al de un perro. Sin embargo, Rufo parece no entender lo que significa ese gemido. Al menos, no tanto como yo.

Su ladrido hace que las dos nos giremos y nos miremos, Nausi susurra un leve <<Vamos>> y luego sube al lomo de Trueno.
                                                          

                                                                 *  *  *

La mansión está totalmente desolada, mantiene un aspecto hostil. Rufo nos ha seguido el galope y ahora amenaza con entrar en casa. Las enredaderas que se alzan sobre el muro de entrada a Iulius nos ayudarían a trepar y con suerte, llegaríamos a mi balcón.

-Shh, fuera, ale venga.-Gesticula con las manos Nausi intentando sin respuesta alguna que el lobo huyera.-Vamos... no es por ti... es que... Yanet es alérgica a los perros, sí, muy alérgica.
-Déjalo, ni que pudiera saltarse.-Le digo desde arriba del muro del patio trasero. Tiendo la mano y espero a que Nausi me la agarre. Percibo que mi amiga pone cara de mártir y a duras penas deja al perro bajo sus pies.

La calzada esta húmeda. Por suerte o desgracia la luz de mi habitación está encendida, entre la persiana bajada me iluminan haces de luz. Compruebo que mi amiga me sigue y de un salto, escalo la barandilla del balcón y entro. Siento la creciente fatiga de la escalada y apoyo mis manos en las rodillas cogiendo aire hasta que Nausi llega. De golpe todas las cuestiones que, anteriormente prometí no cuestionarme, amenazan con invadir mi cabeza; El collar, el libro, mi madre, ese extraño hombre en el bosque, la misteriosa conversación mantenida con él, Rufo, “La Cosa”, el mito. Siento como la presión de mi sangre aumenta. Me siento como si estuviera en un control y no me supiera nada.
En el cuello de Nausi brilla de nuevo esa O.

-¿Qué ocurre?-Dice jadeante. Inmediatamente vuelvo a la realidad, sacudo la cabeza de lado a lado y miro a través del cristal: No parece haber nadie.

Las manos me tiemblan cuando intento abrir la puerta de vidrio. Sin más, impulsada por la fuerza que ejerzo en ella, la puerta se desliza lateralmente abriéndose y Nausicaa y yo suspiramos en un común alivio. Nos miramos las unas a las otras y contemplamos la cantidad de barro y de hojas secas que lucen nuestras ropas. Cualquiera diría que somos militares camuflados.  Sin embargo las dos reímos y el por qué desconocemos.
Me quito las botas y las dejo en mi cuarto, Nausi se encierra en el cuarto de baño y mientras tanto ella se da su ducha de rosas, yo bajo a la cocina. Eran cerca de las once. Los pies vestidos con calcetines me hacían resbalar y de vez en cuando sonreía. Sin saber como, había conseguido exagerar las pequeñas alegrías como si de una desdicha se tratase.

Las escaleras terminan, en ambos lados del gran pasillo, las puertas están abiertas y con las luces encendidas. Se respiraba la fragancia de la leña chamuscada en la chimenea y el olor a quemado del exterior. Me hizo recordar la primera navidad con la pequeña Lía en casa:

<< La casa rebosaba de alegría. Tras acción de gracias toda la familia venía a visitarnos; La tía Yessy, que llegaba desde las indias de viaje de novios. El tío Gabriel, que ese año había publicado un humilde libro de cocina y que se ofreció a cocinar él. Hasta estaban mis dos tías abuelas de segundo grado, para mi eran la mayor distracción, me divertía verlas bizquear y admiraban como cogían todos los bollos de pan de la mesa sin que absolutamente nadie se dara cuenta. Mi madre había comprado el primer árbol de navidad verdadero y le habían salido ronchas en la mano, más tarde se dio cuenta de que era alérgica. Líala, con tan solo tres años se quemó con la chimenea y ahora, luce una hermosísima mancha marrón el las palmas de las manos. En fin, Toda la familia se sentaba en los sofás alrededor del fuego que chispaba y crujía reduciendo en cenizas la madera.>>

En la cocina aún se escuchaba ruidos de platos en el fregadero. Seguramente las limpiadoras. Di un rápido paseo de ida y vuelta. Cuando escuché una voz que procedía del comedor. No conseguía descifrar la frase, pero corrí en busca del ser que la emitía.

Tras un sofá color crema, una rubia y corta melena se agitaba.

-¿Aún estás despierta?-Le pregunto.
-Mamá no está.-La pregunta me espanta.
-¿Sabes dónde ha ido?-Le digo sentándome a su lado y pasándole un brazo por encima de sus pequeños hombritos. Éstos suben y luego bajan.
-Siempre se va. Ella dice que encontró un lobito pequeñito y ahora le tiene que dar de comer todos los días en el bosque.- La redondeta cara de mi hermana muestra una expresión de serenidad y esto, me tranquiliza.
-¿Te dijo cómo se llamaba el lobito y de que color era?-Ella niega con la cabeza.
-Sólo me dijo que sus ojos parecían canicas grises.- Me muerdo el labio.
-Lía, ven. Tendremos una reunión de chicas.
-¿Sólo de chicas?- Dice la enana entusiasmada poniéndose de rodillas en el sofá.
-Bueno, tal vez no sólo de chicas.

 
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