Capítulo 8: La casa-prisión.

“Algunas de las mejores lecciones se aprenden de errores pasados, el error del pasado es la sabiduría del futuro” Dale Turner.

Empecemos diciendo que tengo una doble personalidad. Y desde siempre.
Cuando apenas tenía cinco años ya rebuscaba entre los libros de mi madre, me daba igual qué leer, no sabía como, pero entendía todo. Por eso desde el principio fui la “rarita” de mi grupo de amigas. ¿Y por qué? Por el simple hecho de devorar libros en días soleados, por las noche bajo la única luz de la linterna, por la siesta, incluso cuando mi madre hacía la comida le leía las recetas. Y es que por aquél entonces era una chica muy inquieta, casi hiperactiva, ¿Pero quién no lo ha sido de pequeños? A veces me tiraba en la cama y podía estar minutos mirando la nada del techo. Y por eso mismo, era bipolar. Cuando salía al frondoso jardín de mi antigua y humilde casa, creedme que eran pocas veces, normalmente era para recoger hojas secas en otoño y guardarlas en un álbum, escoger qué ruta iría a hacer de mayor para llegar hasta Tailandia,  perseguir a mariposas hasta que llegaran tan alto que solo la mirada pudiera alcanzarlas, adoptar ardillas y ponerles nombre tan absurdos como: Eustaquio. En fin, una maravilla de infancia. Todo eso cambió con la llegada de Nausicaa a mi vida, claro. Ella era diferente a mis amigas: No le importaba que le dijesen <<Zorra>> por los pasillos de Bremen, ni que pensaran que era excesivamente alta, ni siquiera se paraba a escuchar a los que le echaban piropos. A ella no le interesaba la opinión de cada uno, entonces fue cuando Bremen se dividió en dos grupos:
-Los que babeaban.
-Los que insultaban.
Ella simplemente cogió el grupo de los babosos y los filtró, creando:
-A los que se tiraría.
-A los que arruinaría.
Y en el grupo de los babosos que se tiraría se encontraba media plantilla del equipo de baloncesto.
Nausi cogió mi vida y le dio la vuelta: De tener todo, pasé a no tener nada. Y esto marcó un antes y un después en mi vida, pero también en la suya. Al final, acabamos aprendiendo las unas de las otras. Ella aprendió a regresar a una hora “adecuada”, y yo como ahora: aprendí a salir de fiestas más a menudo.
Bueno...Fiesta...
Cuando me desperté al lado mía estaba “la cosa” (nombre que le había dado al chico de ojos azules, ya que no se dignaba a decirme su nombre), la noche había caído tanto que las nubes se habían retirado y ahora se podían contemplar el cielo estrellado, como si un pintor hubiera salpicado de blanco el fondo negro. El móvil marcaba las una y media de la mañana y me descubrí buscando entre la poca multitud que quedaba a Anabel. Cuando la encontré le obligué a que me llevara a casa y ahora estoy subiendo las escaleras de mármol recién encerado con las botas en las manos, de puntillas y resbalándome.
La luz del cuarto de Nausi está encendida, pero para mi sorpresa, no es ella la que está sentada en su escritorio.
-Que...¿Qué haces aquí?-Digo soltando de golpe las botas al suelo.
-¿Dónde te habías metido?-Mi madre Ágata me recorre con la mirada el cuerpo. Yo me apresuro a ponerme de nuevo el moño.
-Estaba... en casa de Anabel.
-Yanet Jane Jonson, he llamado a las madres de todas tus amigas y ninguna sabían donde se habían metido. ¿Qué horas son éstas de llegar de la calle?,¿Dónde está la Yanet que yo he engendrado?- Si ahora mismo estuviera lo suficientemente lúcida huiría de esas dos largar preguntas con las que mi madre amenazaba, pero hay algo que capta mi atención más que eso: En la silla donde mi madre estaba sentada un grueso ejemplar de libro se apoya ahora con el espaldar. La sangre me hierve, lo dejé en mi armario,¿Qué hace allí?
-Ágata...¿Cogiste tú ese libro?
-Sí, Yanet, sí. Camina para tu cuarto, ya he tenido suficiente por hoy.
-¿Sabes lo que significa?- Sentía mi cuerpo anestesiarse, era como si un mentor hubiese entrado en mí y me estuviera moviendo como una marioneta y hablando por mi boca.
-Más tarde Yanet.
-Ágata...¿Qué significa?
-¡Yanet! Por favor.- Tres segundos.-Una semana sin salir.-Mi madre sale del cuarto, dejándome a mí y el libro a solas. Me acerco y lo observo como si fuera una reliquia. Sin duda significaba algo. Me muerdo los labios pensando y jurándome que no lo abriré, al menos por ahora. Lo acojo entre mis brazos y siento como el olor a libro antiguo inunda mi olfato. Sin duda, podría ponerme a escuchar Mozart ahora mismo mientras que leo el final del mito de Orfeo y Eurídice. Pero estoy cansada. Sin más me tiro en la cama de Nausi y mis párpados se rinden a la magia de Morfeo.

<<Una pequeña mota de un diente de ajo se le posa en la nariz. Bizquea un poco antes de darse cuanta y mirarla. Está tirada en un césped azul, éste coge el color gracias al reflejo de la luna. Es un tanto extraño el paisaje, porque justo cuando el prado desaparece, el agua del mar resplandece junto a un sauce llorón. Era el paisaje más hermoso que había visto. La luna se escondía bajo el mar y anunciaba un temprano amanecer. Bajo el sauce: narcisos, patos, ranas y un perro que las perseguía. El prado era tan verde que parecía que nunca le hubiera faltado agua. Todo lo bañaba una tenue luz cian, parecía un dibujo. Yanet se levanta al ver que el perro corre hacia ella. Pero no sale huyendo como la última vez, esta vez se queda de pie frente a él. Lo observa bien y luego éste se sienta, Yanet hace lo mismo. Por un momento parece que conversan, pero Yanet sabe que es imposible. Aún así le agrada estar sentada escuchando pequeños pájaros y las olas del mar. Los ojos incoloros del “lobo” se habían convertido en blancos y los de ella, del color del cielo por furia de mirarlo. Su mano se extendió y el perro le situó su pata en la palma de ella. Y así, como si de un pacto se tratase, el perro echó a correr y Yanet lo persiguió. Llegaron hasta el sauce, luego se adentraron en el bosque azul, pisando ramas, contenta saltaba los troncos y las dificultades que se le oponían, persiguiendo a Rufo. Sus pelos, por fin sueltos, flotaban, se despeinaban, se enredaban y se esparcían por el aire creando una especie de tinta flotante. Las espesas copas de los árboles no dejaban apenas ver el cielo al que Yanet no dejaba de mirar aunque se tropezara. El perro paró en un claro círculo donde no había ni una planta sembrada, solo un altar de piedra un poco agrietada. Unas enredaderas lo cruzaban como si de bandas policíacas se tratase. Arriba las estrellas brillaban. El perro se sentó frente al altar y Yanet hizo lo propio. Apartó una rama de las enredaderas y éstas se movieron rápidamente hasta quedar en su situación inicial, chasqueando al entrelazarse. Yanet estupefacta rascó con la uña en la piedra, el roce le hizo ponerse los pelos de punta. Cada vez apartaba más polvo, poco a poco los vellos de sus brazos iban retomando su posición. Bajo la manta de polvo y musgo había inscripciones. El perro la observaba expectante. La chica no podía dar cabida a lo que estaba ocurriendo. Poco a poco iba rasgando más y más. Arañaba la piedra como si su vida dependiera de ello. La luna le bañaba el pelo mientras se entretenía arrancando enredaderas que volvían a crecer. Sus uñas parecían garras. Exhausta hinca sus rodillas en el suelo y se deja caer en la piedra, apoyando su pómulo en ella. El perro se acerca y se tumba a su lado. Yanet está cansada, sabe que dentro de aquél altar hay algo, pero también sabe, que la próxima vez que venga, el camino habrá cambiado. >>

¿Te ha pasado alguna vez que soñaste con algo, y un segundo después ya no te acuerdas?
Mi mejilla sonrojada y llenas de pecas se apoya en la almohada. Tengo los ojos abiertos de par en par. No se ni siquiera como he llegado desde el cuarto de Nausi al mío. Por las rendijas de mi ventana entran tímidos los primeros rayos matutinos que hacen que mi cuarto parezca el de una cebra. Una a una, las pequeñas motas de polvo brillan a medida que pasan de la sombra a la luz. Mi labio inferior está totalmente arrugado de haber dormido mordiéndomelo.
¿Qué fue lo último que hice ayer?, ni si quiera me acuerdo.
Me levanto, me lavo los dientes y me recojo el pelo en un moño. Mi reflejo me muestra cercos debajo de los ojos de haberme quitado el maquillaje a mala gana.
Intento concentrarme cuando cojo el libro del mito y empiezo a leer. Pero nada.
Me doy enseguida cuanta del porqué estaba ayer en la fiesta buscando a Nausi. Dejo caer el libro y corro hacia su cuarto. Entre abro la puerta y veo que está tumbada boca arriba con un brazo colgando. Ayer cuando llegó se coló por la ventana y la ha dejado abierta, por lo que entra muchísima luz. Corro descalza por el mármol y doy un salto hasta situarme encima de ella, haciendo que su cuerpo pase entre mis piernas.
-Nausi.- Le susurro al oído. Ésta no parece enterarse, aunque se tapa la cara con la mano.-Nausiiiiii.- Insisto, ella mueve torpemente la mano para que me aleje.-¡Nausicaa!
-¿Pero qué mosca te ha picado?- Se recompone apoyando su espalda en el cabezal de hierro de su cama. Intenta abrir los ojos.
-Nausi, mira.- Corro hacia mi cuarto y me subo en mi silla para coger el libro del candado de la estantería. Después de casi presenciar un accidente al bajarme de ella, corro de nuevo a su cuarto donde ella se ha destapado y sentado en la cama. Le sitúo el libro en sus rodillas y me siento a su lado. Ella involuntariamente se toca el collar.
-¿Qué significa?, ¿Lo podemos abrir?
-No me parece buena idea.
-¿Por qué? Si de todos modos fue la bibliotecaria quien te dio el colgante, ¿No?
-No exactamente.-Digo agachando la mirada y jugando con la cuerda de mi pulsera.
-Yanet...
-Es que... en realidad apareció en mi muñeca colgado.- Nausi frunce el ceño.
-Eso es imposible, deja de inventarte cosas.- Dice dándome un manotazo en la frente.- Estás caliente, tendrás fiebre.-Yo le quito la mano.
-¿Pero que dices? Vamos Nausi.
-¿Qué quieres que haga?, ¿Lo abrimos?
-¡No!-Suspiro. Contarle algo a Nausi siempre es difícil, no porque no se entere, si no porque se entera demasiado bien, exagera las cosas, las hace grande. De tal manera que no hay tiempo para explicárselo mejor, ella ya habrá actuado contándoselo a todo Bremen.- Ayer me pilló Ágata, por la noche, no puedo salir en una semana.
-¿Y bien?
- Tenía ese libro entre las manos.
-¿Quién?¿Ágata?
-Sí, parecía como si quisiera escapar de la situación.
-Será una coincidencia.
-¿También es una coincidencia que “La cosa” tenga el colgante?
-¿La cosa?
-Sí, el chico con el que te enrollaste en el baño.
-¿Alex?
-No, bueno, no se.
-Sí, Alex.- Nausi se toquetea el pelo.-¿También tiene él el collar?
-Sí.
-Entonces debemos abrirlo.-Resignada me doblo por la mitad. Tienen el mismo coeficiente intelectual.
-No.
-¿Por qué no?-Suspiro. La idea de abrir el maldito libro me daba escalofríos.
-Más tarde. Dentro de una semana, cuando se acabe el instituto.
-¿Por qué siempre eres tan cabezota? No cambiará nada si lo abres ahora que después, es como si tienes un paquete de cereales donde te puede tocar una sorpresa, da igual cuando lo abras, o lo tiene o no. Los cereales no fabrican juguetes si le das tiempo.- La metáfora de Nausi me deja boquiabierta, ha dicho una cosa sensata y no se ha parado ha pensar.
-Vale, pero tenemos que advertir a “La cosa” y yo no puedo salir.
-Le digo que venga a casa esta tarde.
-Sí, y ya de paso que entre por la ventana, ¿No?-Nausi me da un codazo y se ríe.

La tarde de el sábado pasó con monotonía. Mil veces intenté leer el mito y mil veces lo di por perdido. Nausi y yo dejamos dos días de margen para abrir el libro y de esos dos días no pasaría.

Pero había una cosa que el destino me tenía preparado. Una doble jugada de la que yo no estaba al corriente. La tragedia de mi vida estaba a punto de ser escrita.
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Artikel Capítulo 8: La casa-prisión. ini dipublish oleh Carla pada hari jueves, 6 de octubre de 2011. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 1comentarios: di postingan Capítulo 8: La casa-prisión.
 
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1 comentarios:

  1. Una descripción espectacular del sueño de Yanet. Ellos podrán esperar dos dias a abrir el libro, ¡pero yo no! Jajajaja
    Keep reading! ^^

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