Capítulo 9. Seguda parte.

El estrujón de mano de Nausi me desconcentró. La boca se me había abierto de tal manera que si hubiese sido un dibujito animado caería por el suelo. Mil pensamientos pasaban por mi mente: ¿Éramos nosotros de los que hablaban?, ¿Mi madre estaba al corriente de esto desde que nací?, ¿Qué era realmente ese libro?, ¿La bibliotecaria estaba implicada en esto?, ¿El qué ha comenzado?
-Todos sabemos el final que se asocia a cada mito.
-Esta vez es diferente, el mito cambia, la maldición está concluyendo.-Dice mi madre dejando el libro sobre la piedra.-Las páginas se acaban.-El semblante de Ágata ahora es serio, preocupado.
-No te intranquilices.
-¿No te intranquilices?, ¿Cómo no me voy a intranquilizar sabiendo el paradero que le espera a mi hija?- yo ya no sabía que objetivar, los argumentos parecían sacados del libro de Harry Potter. No tenían consistencia.
-Ágata por favor. Todos sabíamos que llegaría el momento.-Dice el individuo cogiendo el libro de la roca y creando un sigiloso ritmo con sus dedos en la cubierta.
-La capacidad de complicación de este tema puede ser infinita.- El ambiente se hace más desolado y hostil.
-Ya basta, mandaré a mi hijo a Iulius, allí ha de empezar todo. Mañana, al medio día.- El energúmeno deja el libro de nuevo sobre la fría y pálida piedra y hace andén de quitarse la capucha. Nausi me mira y yo percibo que cuyo estado de pavor no podía maquillarse. Valoré su aspecto teniendo en cuenta la dureza de las declaraciones allí presenciadas. Pero yo, más observadora que ella, dejé de lado su situación por muy maligna que fuera y concentré toda mi capacidad cerebral en adivinar qué ser se escondía bajo aquélla tela negra.
-Esto nos implica a todos Severus, recuerda.-Mi madre sostiene de nuevo el libro y lo mete en su bolso.- La maldición está cesando.- Mi madre insistía, pero aquel hombre ya desenmascarado parecía ausente a toda inflexión.
El semblante al descubierto mostraba una similitud fantasmal. Sus dos enormes ojos añil parecían no tener fin, los cercos azules bajo los ojos parecían medias lunas y todo lo remataba una pequeña perilla blanquecina que se dejaba colgar dos centímetros del mentón firme y cuadrado.
-Generación tras generación hemos sufrido este castigo, Ágata. Todo se resume en este libro, robado de la cuna de los dioses, sellado con el signo inconfundible del Olimpo, abierto solo por nuestras familias. Y te adelanto algo, está vez no será menos macabra que las demás, no porque sean nuestros hijos, nuestra generación, deberán pagar menos. Es el final querida amiga, y este libro es como la propia vida: No recordamos como empieza ni sabemos como acabará, el resto entre estos dos son tan sólo leyendas. Porque sólo hay dos entes que conocen la versión oficial: Los elegidos y el libro.- Declaró casi entusiasmado por aquel monólogo que para mí era otro enigma que apenas encajaba con dos piezas del puzzle. El suspiro de Ágata resonó en aquel círculo rodeado de paredes de árboles.
-Buenas noches Severus.
-Hasta mañana Ágata.-Tras tal despedida, ambos inclinan la cabeza en señal de respeto. Severus vuelve a colocarse la capucha y mi madre empieza a andar en el sentido opuesto de él. Éste, erguido, camina despacio sin emitir ningún sonido hacia la boca del bosque.
Mi mirada se topa con la de Nausicaa.
Albergar tales secretos, no debe de ser nada fácil.
Después de eso, silencio absoluto. Los pasos de mi madre ya quedan lejos y apenas se escuchan. Las palabras entre Nausi y yo ya no fluyen. Hasta ella ha sentido el inminente escalofrío por nuestras espaldas.
Ahora que todas las declaraciones allí escuchadas quedaban mas bien lejanas, las dos intentamos encontrar una vía de regreso, pero sabíamos perfectamente que solo había una y sin mi madre, estábamos perdidas.
-¿Qué...qué hacemos?-Nausi intenta decir con claridad cada palabra, pero éstas se asemejaban más a un gemido. Se tapaba la boca con la mano y respira entrecortada.
-No tengo ni la más pálida idea.- Fruncía el ceño y me mordía los labios.
-Tenemos que irnos de aquí, es peligroso...Hay lobos y búhos y..y..-Nausi se pone de pie.-Larguemos, por favor.-Se sacude la ropa y al suelo caen la hojitas secas que se había quedado incrustadas en el jerséis.
-No sabemos donde ir.- Ratifico.- Ni siquiera se ve la estrella polar.-Digo lanzando la mano al cielo.
-Hay que salir de aquí.-Nausi me agarra la mano y tira de mi, pero consigo escurrirme y zarparme entre sus delgados dedos.
-Nausi, espera.- Mis ojos visualizan algo que se mueve al otro lado de nuestros arbustos, justo donde apareció aquel hombre encapuchado. Empuje a mi amiga por la cabeza hasta que quedamos tapadas y sentadas de nuevo en el suelo. Sentía los nervios a flor de piel. Mientras que Nausi apretaba los párpados lo más que podía, yo los mantenía relajados sobre mis pupilas. Ella me apretaba la mano de tal manera que empecé a cuestionarme si me quedaría antes sin ella por el ataque de un lobo o por una gangrena. Poco a poco una silueta negro puso su primer pata dentro del círculo de árboles y después las otras tres. Nausi sintió la inminente amenaza y se puso de pie gritando.
-Te lo dije, un lobo. ¡muévete!-Baje el volumen a la voz de mi amiga para confirmar lo que estaba frente a mis ojos. Un lobo gris y negro, con ojos incoloros, el hocico húmedo y la lengua por fuera de la boca haciendo que los colmillos quedaran expuestos ante nosotras.-¡Por el amor de dios, Yanet!- El lobo mueve la cola de un lado a otro y se acerca olfateando hacia mi. No estaba segura de lo que iba ha hacer. Pero tal vez arriesgarse a esto no se tan normal como parece, tenía una corazonada.
-¿Rufo?
 
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Capítulo 9, primera parte: Secretos de familia.


“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”.  Génesis.

-¡Nausicaa!,¿Recuerdas ese monte?-Le digo cogiendo con más fuerzas las riendas del caballo para que se parara. Trueno Gira su cabeza y se aproxima a mi caballo, Rayo.
Al principio, cuando sólo éramos niñas, quisimos llamarle a nuestros caballos de tal manera que si te acordabas de uno, también del otro. Claro, que como a Nausi no le gustaba el nombre: Centellas, tuvimos que optar por trueno. La cabeza de Nausi se acerca botando en el majestuoso lomo dorado de Trueno hasta quedar junto a mi.
-El monte Atlas.
-No recuerdo el por qué del nombre.
-Ni yo, solo teníamos nueve años.- Dice.
-¿No había un lago en la falda del monte?
-Sí.-Dice y sale trotando colina abajo.
Los árboles están semidesnudos, algunos aún sostienen masas de nieve blanca. Ayer nevó por la tarde y Nausi hizo un pequeño donativo quedándose conmigo en vez de salir. Así, las dos nos calentamos un chocolate y vimos programas asquerosos de corazón mientras que mirábamos por la ventana como pequeñas motas de algodón cuajaban a medida que se topaban con el gris asfalto.
La cuesta es cada vez más empinada y Rayo empieza el trote rápido. Mi trasero se levanta de vez en cuando del asiento y a lo lejos veo como la límpida y perfecta trenza rubia de Nausi brilla casi más que el sol reflejado en el lago. Trueno está bebiendo del lago, cosa, que no debería hacer, pero que siempre le permitíamos. Nausi reposa en la orilla mientras yo bajo de un salto y me siento a su lado. Los caballos están fatigados y beben hasta saciarse.
-Entonces...¿Qué decías que soñaste?-Pregunta Nausi. Estos últimos días el libro, mi sueño y mi madre habían sido los principales temas de conversación con Nausicaa, seguidos de la pregunta: ¿Qué comemos?, eh aquí el ranking de este fin de semana. La pregunta me hace pensar de nuevo en la absurdidad del sueño, era como en un programa de televisión, como si me estuviera viendo a mi misma.
-Eso, Rufo que me llevaba hasta un altar que no podía abrir.-Nausi mira al horizonte buscando algo para distraerse, como si nada más tuviera importancia, como si su vida dependiera de ello.
-Rufo.
-Sí, se lo puso “La cosa”.-Digo tirando una piedra plana al agua y haciendo que rebote tres veces. Sonrío satisfecha de mi lanzamiento.
-¿Y si de verdad todo tuviera algo mágico?-Dice como quien no quiere la cosa.-¿Y si todo se nos viene encima a nosotros?-Coge una piedra y la lanza. Dos rebotes.
-No seas patética. Claro que hay lógica para todo esto.- Pensé. Aunque estaba empezando a dudar de ello, lo dije contradiciéndome en mi mente. Tiro dos piedras una seguida de otra escuchando el “Pluf” que emiten.
-¿Y cómo explicas que Ágata cogiera el libro?-Me mira. Yo me tumbo en el césped con los brazos en la nuca y los ojos cerrados.
-No lo sé.-Suspiro resignada.
-¿Entonces admites que todo tenga un final mágico?-Sonrio y abro un ojo para mirarla.
-Sí. ¿Eso es lo que querías oír?-Me pongo de pie y ayudo a Nausi a levantarse. Cuando ella se dispone a subir a Trueno yo ya estoy sobre Rayo. Trotamos despacio colina arriba. Era las siete de la tarde de un lunes cualquiera de febrero. El aire frío del campo congelaba a los caballos. Sentirse cómoda en el estado que me encontraba era algo parecido a atravesar el fuego con un helado en la mano e intentar que no se derrita. Imposible.
El paisaje había cambiado desde la última vez que vine a aquel lago. La asociación de madres del lugar había mandado talar más árboles para tener más papel en el trabajo. Y ahora, la mayaría de ellos son pequeños troncos talados al ras del suelo testigo de su cruel destino.
Cuando llegamos al establo anudamos a los caballos y subimos la cuesta de piedrecillas pasando por el jardín con el pozo para llegar hasta la mansión Iulius.
Con el atardecer el jardín parecía como dormido. Todo sumido en leves colores pastel. La hierba verde estaba húmeda por el deshielo de la nieve. Busco una nube y fracaso en el intento, con la llegada del invierno las jornadas son más cortas y el cielo siempre se tiñe de gris bajo la neblina. Ésta vez, era rosa.
-Me toca a mi la ducha antes.-Dice Nausi mientras intenta abrir la puerta sin respuesta de ésta.- Tú tardas demasiado.-Dice ahora forzándola con el hombro y la cadera.
-¿Qué yo tardo?, me sabe que hoy me ducho a las doce.
-Mira el lado positivo.-Dice dejando las llaves puestas y encogiéndose de hombros.-Puedes acostarte más tarde.
-A ver, dame.-Le digo empujándola a un lado y con convicción de que se abrirá. Introduzco las llaves encajándolas a la perfección, agarro el pomo y lo impulso hacia mí, luego hago andén de girar la llave. Un intento, un fallo. Un intento, un fallo. Saco resignada las llaves y las sujeto frente a mis ojos y los de Nausi. De ellas cuelga una etiqueta. Pongo los ojos en blancos.-Has cogido las llaves del garaje,¿Cuántas veces te tengo que decir que mires las cosas antes de salir?-Nausi coge las llaves.
-Pues entremos por el garaje.
-En el garaje no hay una entrada a Iulius, es tu casa ¿Recuerdas?-Suspiro.
-¿Y ahora qué?
-Tú sabrás. Eres una cabezona.
-¿Estará Lour en la cocina?
-Hoy es el día libre de Lour, parece mentira que lleves viviendo aquí toda tu vida.-Nausi acerca la mano para darme un cosquis pero la detiene y se muerde la lengua. Me mira por el rabillo del ojo.-Al menos dejemos las cosas en casa.- digo tirando el casco por encima de la baya. Nausi hace lo propio. Nausi se deja caer en la pared y resbala los pies hasta que su trasero se topa con el suelo. Mira colina abajo.
-¿Qué hace Ágata?- Dice sentada contra la pared.
-Salió a comprar.
-No, digo que qué hace.-Dice señalando a mi madre con un libro colgado del bolso y subiéndose a toda prisa en el coche. Mira a un lado y a otro. Nos escodemos tras un arbusto.
-Es el libro.-Salgo corriendo colina abajo cuando verifico que ya no me ve. Nausi exhausta llega al establo detrás de mí. Así, sin protección no debería montar, ya que no tenemos cascos. Pero mi madre se trae algo entre manos.
-¿Qué piensas hacer? Va por carretera.
-No, ha cogido la bifurcación hacia Atlas. Podemos llegar antes por el bosque.
-Son casi las ocho de la noche, el sol se ha puesto. No deberíamos ir.-Dice montada en trueno.
-Nausicaa, es el momento de saber lo que pasa, ¿No crees?-Ella se sopla el flequillo y pone en marcha a Trueno.
-Esto no saldrá bien.
-¿Desde cuando te abstienes a las consecuencias?-Digo mientras que el aire entrecorta mi voz y el galope acelera.
La carrera se convierte en una fuga de la realidad.
Entre jadeos y respiraciones forzosas llegamos hasta Atlas. El monte cambia totalmente de noche. Ahora la leve luz de la luna hace que el agua que roza sus faldas sea plateada, como un espejo. La trenza de Nausi ya no es tan perfecta, salta del caballo mareada y zigzagueando.
Dejamos amarrados a los caballos en uno de los pocos árboles enteros que hay.  Mientras observo como el estómago negro de Rayo se infla y desinfla en un respiro acompasado por el mío. Le doy un golpecito en el hocico.
-¿Qué hacemos?-pregunta Nausi impaciente.
-¿Quieres dejar de quejarte?
-No es lo mismo salir de fiesta tarde que ir al bosque tarde.
-Shhh, calla bocazas.- Nos agachamos escondidas bajo un arbusto.
Ágata recorre el bosque tocando los troncos de los árboles con la mano, lleva el ejemplar del libro bajo el brazo. Tiene prisa y frío. Parece poder guiarse con solo tocar la madera. Parece huir de algo, sabe donde ir pero aun así está confusa. Desde nuestra perspectiva no nos ve, así que salimos intentando no pisar ninguna rama. Perseguimos a mi madre por la oscuridad absoluta que ahora no puede hacer más que aumentar. Nausi agarra mi mano. No vemos por donde vamos, todo lo que vemos es gracias a la luna y sus astros. Las ramas se enredan en mis pelos y los de Nausi, su mano ahora me agarra con más fuerza. El bosque nos está jugando una mala pasada. Las botas están llenas de barro. Tropezamos unas diez veces, nos manchamos y nos volvimos a caer.
Me vuelvo hacia mi amiga. Su semblante es pálido, sus ojos amarillento casi lloran y piden tregua. Miro su colgante y suspiro. No podemos parar ahora, hemos llegado aquí y no volveré el punto de partida. Corremos hasta que a lo lejos divisamos a la sombra de mi madre parada cerca de una gran piedra. Parece está esperando a alguien.
-Mierda.-Susurra Nausi cuando pisa el barro se resbala y cae al suelo. Yo me agacho con ella y observo como mi madre se gira para asegurarse que en su círculo no hay nadie. En ella brilla un halo de preocupación.
Expectantes, observamos como mi madre da golpecitos en el suelo con el pie. Tras cinco minutos un ente con capucha negra y rostro pálido aparece desde el otro lado de la piedra. Por impulso propio retrocedí sentada en el suelo. Aquello me esta resultando un tanto lúgubre. Nausi me mira como esperando un respuesta, pero cuando yo la miro volvemos de nuevo a concentrarnos en aquél extraño ser que conversaba con mi madre en un tono carroñero.
-No entiendes, lo han encontrado.
-Hay que darle tiempo al tiempo.
-Yo creo que ya es hora de que las chicas sepan la verdad, ¿O es que acaso no te ha contado tu hijo nada sobre sus hallazgos?-Dice Ágata como si no temiera a tal energúmeno.
-Paciencia.
-Sabes lo que pasó la última vez que le dimos tiempo al tiempo.- La sombra camina de un lado a otro de la piedra con las mano cogidas a sus espaldas.
-¡Oh! Por favor Ágata, fue un accidente. Nadie sabía la existencia de ese ejemplar, por ello pusimos a Jinna como guardiana de la biblioteca.
-Pues como se ha visto no es muy fiable, ¿No crees?
-Sí, plutón se ocupará de su castigo.
-Este libro ha pertenecido a nuestra familia desde generaciones y cada una debe ocuparse del destino que éste escriba.
-Son críos, habrá tiempo.
-Ha comenzado, Severus.-Tras eso el ente se queda se piedra.
-Debemos ocuparnos nosotros.
-No Severus, cuando intentamos hacerlo nos jugamos la ira de Plutón. Deben hacerlo, han pasado ya cien años desde entonces y nadie ha conseguido vencerlo, si ellos no lo consiguen se derramará la sangre de un hombre.
-El sacrificio habría que hacerlo de todos modos.
-“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”
-Se te olvida un detalle: Ninguno de los tres son hombres mortales.

 
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Capítulo 8: La casa-prisión.

“Algunas de las mejores lecciones se aprenden de errores pasados, el error del pasado es la sabiduría del futuro” Dale Turner.

Empecemos diciendo que tengo una doble personalidad. Y desde siempre.
Cuando apenas tenía cinco años ya rebuscaba entre los libros de mi madre, me daba igual qué leer, no sabía como, pero entendía todo. Por eso desde el principio fui la “rarita” de mi grupo de amigas. ¿Y por qué? Por el simple hecho de devorar libros en días soleados, por las noche bajo la única luz de la linterna, por la siesta, incluso cuando mi madre hacía la comida le leía las recetas. Y es que por aquél entonces era una chica muy inquieta, casi hiperactiva, ¿Pero quién no lo ha sido de pequeños? A veces me tiraba en la cama y podía estar minutos mirando la nada del techo. Y por eso mismo, era bipolar. Cuando salía al frondoso jardín de mi antigua y humilde casa, creedme que eran pocas veces, normalmente era para recoger hojas secas en otoño y guardarlas en un álbum, escoger qué ruta iría a hacer de mayor para llegar hasta Tailandia,  perseguir a mariposas hasta que llegaran tan alto que solo la mirada pudiera alcanzarlas, adoptar ardillas y ponerles nombre tan absurdos como: Eustaquio. En fin, una maravilla de infancia. Todo eso cambió con la llegada de Nausicaa a mi vida, claro. Ella era diferente a mis amigas: No le importaba que le dijesen <<Zorra>> por los pasillos de Bremen, ni que pensaran que era excesivamente alta, ni siquiera se paraba a escuchar a los que le echaban piropos. A ella no le interesaba la opinión de cada uno, entonces fue cuando Bremen se dividió en dos grupos:
-Los que babeaban.
-Los que insultaban.
Ella simplemente cogió el grupo de los babosos y los filtró, creando:
-A los que se tiraría.
-A los que arruinaría.
Y en el grupo de los babosos que se tiraría se encontraba media plantilla del equipo de baloncesto.
Nausi cogió mi vida y le dio la vuelta: De tener todo, pasé a no tener nada. Y esto marcó un antes y un después en mi vida, pero también en la suya. Al final, acabamos aprendiendo las unas de las otras. Ella aprendió a regresar a una hora “adecuada”, y yo como ahora: aprendí a salir de fiestas más a menudo.
Bueno...Fiesta...
Cuando me desperté al lado mía estaba “la cosa” (nombre que le había dado al chico de ojos azules, ya que no se dignaba a decirme su nombre), la noche había caído tanto que las nubes se habían retirado y ahora se podían contemplar el cielo estrellado, como si un pintor hubiera salpicado de blanco el fondo negro. El móvil marcaba las una y media de la mañana y me descubrí buscando entre la poca multitud que quedaba a Anabel. Cuando la encontré le obligué a que me llevara a casa y ahora estoy subiendo las escaleras de mármol recién encerado con las botas en las manos, de puntillas y resbalándome.
La luz del cuarto de Nausi está encendida, pero para mi sorpresa, no es ella la que está sentada en su escritorio.
-Que...¿Qué haces aquí?-Digo soltando de golpe las botas al suelo.
-¿Dónde te habías metido?-Mi madre Ágata me recorre con la mirada el cuerpo. Yo me apresuro a ponerme de nuevo el moño.
-Estaba... en casa de Anabel.
-Yanet Jane Jonson, he llamado a las madres de todas tus amigas y ninguna sabían donde se habían metido. ¿Qué horas son éstas de llegar de la calle?,¿Dónde está la Yanet que yo he engendrado?- Si ahora mismo estuviera lo suficientemente lúcida huiría de esas dos largar preguntas con las que mi madre amenazaba, pero hay algo que capta mi atención más que eso: En la silla donde mi madre estaba sentada un grueso ejemplar de libro se apoya ahora con el espaldar. La sangre me hierve, lo dejé en mi armario,¿Qué hace allí?
-Ágata...¿Cogiste tú ese libro?
-Sí, Yanet, sí. Camina para tu cuarto, ya he tenido suficiente por hoy.
-¿Sabes lo que significa?- Sentía mi cuerpo anestesiarse, era como si un mentor hubiese entrado en mí y me estuviera moviendo como una marioneta y hablando por mi boca.
-Más tarde Yanet.
-Ágata...¿Qué significa?
-¡Yanet! Por favor.- Tres segundos.-Una semana sin salir.-Mi madre sale del cuarto, dejándome a mí y el libro a solas. Me acerco y lo observo como si fuera una reliquia. Sin duda significaba algo. Me muerdo los labios pensando y jurándome que no lo abriré, al menos por ahora. Lo acojo entre mis brazos y siento como el olor a libro antiguo inunda mi olfato. Sin duda, podría ponerme a escuchar Mozart ahora mismo mientras que leo el final del mito de Orfeo y Eurídice. Pero estoy cansada. Sin más me tiro en la cama de Nausi y mis párpados se rinden a la magia de Morfeo.

<<Una pequeña mota de un diente de ajo se le posa en la nariz. Bizquea un poco antes de darse cuanta y mirarla. Está tirada en un césped azul, éste coge el color gracias al reflejo de la luna. Es un tanto extraño el paisaje, porque justo cuando el prado desaparece, el agua del mar resplandece junto a un sauce llorón. Era el paisaje más hermoso que había visto. La luna se escondía bajo el mar y anunciaba un temprano amanecer. Bajo el sauce: narcisos, patos, ranas y un perro que las perseguía. El prado era tan verde que parecía que nunca le hubiera faltado agua. Todo lo bañaba una tenue luz cian, parecía un dibujo. Yanet se levanta al ver que el perro corre hacia ella. Pero no sale huyendo como la última vez, esta vez se queda de pie frente a él. Lo observa bien y luego éste se sienta, Yanet hace lo mismo. Por un momento parece que conversan, pero Yanet sabe que es imposible. Aún así le agrada estar sentada escuchando pequeños pájaros y las olas del mar. Los ojos incoloros del “lobo” se habían convertido en blancos y los de ella, del color del cielo por furia de mirarlo. Su mano se extendió y el perro le situó su pata en la palma de ella. Y así, como si de un pacto se tratase, el perro echó a correr y Yanet lo persiguió. Llegaron hasta el sauce, luego se adentraron en el bosque azul, pisando ramas, contenta saltaba los troncos y las dificultades que se le oponían, persiguiendo a Rufo. Sus pelos, por fin sueltos, flotaban, se despeinaban, se enredaban y se esparcían por el aire creando una especie de tinta flotante. Las espesas copas de los árboles no dejaban apenas ver el cielo al que Yanet no dejaba de mirar aunque se tropezara. El perro paró en un claro círculo donde no había ni una planta sembrada, solo un altar de piedra un poco agrietada. Unas enredaderas lo cruzaban como si de bandas policíacas se tratase. Arriba las estrellas brillaban. El perro se sentó frente al altar y Yanet hizo lo propio. Apartó una rama de las enredaderas y éstas se movieron rápidamente hasta quedar en su situación inicial, chasqueando al entrelazarse. Yanet estupefacta rascó con la uña en la piedra, el roce le hizo ponerse los pelos de punta. Cada vez apartaba más polvo, poco a poco los vellos de sus brazos iban retomando su posición. Bajo la manta de polvo y musgo había inscripciones. El perro la observaba expectante. La chica no podía dar cabida a lo que estaba ocurriendo. Poco a poco iba rasgando más y más. Arañaba la piedra como si su vida dependiera de ello. La luna le bañaba el pelo mientras se entretenía arrancando enredaderas que volvían a crecer. Sus uñas parecían garras. Exhausta hinca sus rodillas en el suelo y se deja caer en la piedra, apoyando su pómulo en ella. El perro se acerca y se tumba a su lado. Yanet está cansada, sabe que dentro de aquél altar hay algo, pero también sabe, que la próxima vez que venga, el camino habrá cambiado. >>

¿Te ha pasado alguna vez que soñaste con algo, y un segundo después ya no te acuerdas?
Mi mejilla sonrojada y llenas de pecas se apoya en la almohada. Tengo los ojos abiertos de par en par. No se ni siquiera como he llegado desde el cuarto de Nausi al mío. Por las rendijas de mi ventana entran tímidos los primeros rayos matutinos que hacen que mi cuarto parezca el de una cebra. Una a una, las pequeñas motas de polvo brillan a medida que pasan de la sombra a la luz. Mi labio inferior está totalmente arrugado de haber dormido mordiéndomelo.
¿Qué fue lo último que hice ayer?, ni si quiera me acuerdo.
Me levanto, me lavo los dientes y me recojo el pelo en un moño. Mi reflejo me muestra cercos debajo de los ojos de haberme quitado el maquillaje a mala gana.
Intento concentrarme cuando cojo el libro del mito y empiezo a leer. Pero nada.
Me doy enseguida cuanta del porqué estaba ayer en la fiesta buscando a Nausi. Dejo caer el libro y corro hacia su cuarto. Entre abro la puerta y veo que está tumbada boca arriba con un brazo colgando. Ayer cuando llegó se coló por la ventana y la ha dejado abierta, por lo que entra muchísima luz. Corro descalza por el mármol y doy un salto hasta situarme encima de ella, haciendo que su cuerpo pase entre mis piernas.
-Nausi.- Le susurro al oído. Ésta no parece enterarse, aunque se tapa la cara con la mano.-Nausiiiiii.- Insisto, ella mueve torpemente la mano para que me aleje.-¡Nausicaa!
-¿Pero qué mosca te ha picado?- Se recompone apoyando su espalda en el cabezal de hierro de su cama. Intenta abrir los ojos.
-Nausi, mira.- Corro hacia mi cuarto y me subo en mi silla para coger el libro del candado de la estantería. Después de casi presenciar un accidente al bajarme de ella, corro de nuevo a su cuarto donde ella se ha destapado y sentado en la cama. Le sitúo el libro en sus rodillas y me siento a su lado. Ella involuntariamente se toca el collar.
-¿Qué significa?, ¿Lo podemos abrir?
-No me parece buena idea.
-¿Por qué? Si de todos modos fue la bibliotecaria quien te dio el colgante, ¿No?
-No exactamente.-Digo agachando la mirada y jugando con la cuerda de mi pulsera.
-Yanet...
-Es que... en realidad apareció en mi muñeca colgado.- Nausi frunce el ceño.
-Eso es imposible, deja de inventarte cosas.- Dice dándome un manotazo en la frente.- Estás caliente, tendrás fiebre.-Yo le quito la mano.
-¿Pero que dices? Vamos Nausi.
-¿Qué quieres que haga?, ¿Lo abrimos?
-¡No!-Suspiro. Contarle algo a Nausi siempre es difícil, no porque no se entere, si no porque se entera demasiado bien, exagera las cosas, las hace grande. De tal manera que no hay tiempo para explicárselo mejor, ella ya habrá actuado contándoselo a todo Bremen.- Ayer me pilló Ágata, por la noche, no puedo salir en una semana.
-¿Y bien?
- Tenía ese libro entre las manos.
-¿Quién?¿Ágata?
-Sí, parecía como si quisiera escapar de la situación.
-Será una coincidencia.
-¿También es una coincidencia que “La cosa” tenga el colgante?
-¿La cosa?
-Sí, el chico con el que te enrollaste en el baño.
-¿Alex?
-No, bueno, no se.
-Sí, Alex.- Nausi se toquetea el pelo.-¿También tiene él el collar?
-Sí.
-Entonces debemos abrirlo.-Resignada me doblo por la mitad. Tienen el mismo coeficiente intelectual.
-No.
-¿Por qué no?-Suspiro. La idea de abrir el maldito libro me daba escalofríos.
-Más tarde. Dentro de una semana, cuando se acabe el instituto.
-¿Por qué siempre eres tan cabezota? No cambiará nada si lo abres ahora que después, es como si tienes un paquete de cereales donde te puede tocar una sorpresa, da igual cuando lo abras, o lo tiene o no. Los cereales no fabrican juguetes si le das tiempo.- La metáfora de Nausi me deja boquiabierta, ha dicho una cosa sensata y no se ha parado ha pensar.
-Vale, pero tenemos que advertir a “La cosa” y yo no puedo salir.
-Le digo que venga a casa esta tarde.
-Sí, y ya de paso que entre por la ventana, ¿No?-Nausi me da un codazo y se ríe.

La tarde de el sábado pasó con monotonía. Mil veces intenté leer el mito y mil veces lo di por perdido. Nausi y yo dejamos dos días de margen para abrir el libro y de esos dos días no pasaría.

Pero había una cosa que el destino me tenía preparado. Una doble jugada de la que yo no estaba al corriente. La tragedia de mi vida estaba a punto de ser escrita.
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