Capítulo 7: La búsqueda-pérdida.

"La justicia sin fuerza es impotente; y la fuerza sin justicia es tiránica." Blaise Pascal.

Las tres últimas clases del viernes fueron una tortura. Pero bueno,¿A quién no le han parecido una tortura? Ese momento en el que dices: Tres horas y seré libre al menos dos días. Es más cuando salí, no esperé que Med y Anabel me saludaran: Cogí los libros, los guardé todo lo rápido que pude y corrí hacia la libertad del fin de semana... ¡Y que fin de semana!: Nausi había faltado a clases solo para ir a casa de unos compañeros a preparar una barbacoa esta noche, habría música, piscina climatizada y comida. Así que cuando llegué a casa y pregunté por Nausi no obtuve respuesta.
Mi madre se limito a hacer una mueca con la boca mientras se limpiaba las manos con un trapo.
-Ni idea, salió a comparar el pan. Eso es lo único que te puedo decir.-Tras eso se volvió de nuevo hacia los fogones y se puso manos a la obra. Como era de esperar, no puse la mesa.
Subí a mi cuarto donde había dejado la mochila en la silla de mi escritorio y el libro misterioso en el sillón de piel vuelta. No era tan grande como el otro ejemplar que me ofreció la bibliotecaria el primer día, pero los mismos años que tenía uno, tenía el otro. Una vez mi madre me dijo que los libros que más te hacen pensar son los mejores. Yo creo que los libros que más te hacen pensar, solo hacen que te duela la cabeza y los brazos, ya que normalmente son los más grandes y pesados. También me dijo que cuando los dioses pintaron el mundo, utilizaron el mismo pincel para pintar las margaritas y los ojos de Nausi: eran tan amarillos que a veces daban miedo. En cuanto a los míos se quedaban atrás igual que el resto de mi cuerpo. “Del montón” me habían definido.
Cuando mi padre murió, apenas tenía seis meses. Su muerte no llegó a mí hasta los doce años, hasta entonces había crecido sin padre. Pero no me molestaba, había tenido todo los que una niña quería: A los seis años tuve mi primer pony, me lo compró el señor Iulius por mi cumpleaños. Nausi ya tenía dos y un establo, así que no importó añadir uno más a su colección.  A los Ocho años mi madre me llevo por primera vez a la feria de East Coast, comí tanto regaliz y tanto algodón de azúcar que no probé bocado en toda una semana. A los doce tuve mi primer novio, sí, de esos que le das la mano y ya sois una pareja. A los catorce ya había tenido al menos cinco noviazgos y todos habían durado una media de 15 días. Era feliz, fue la época donde ignoraba lo que podría suponer hacerse mayor, porque simplemente creía serlo ya. Ahora a los casi diecisiete me veo en una pequeña crisis de baja autoestima. Pero antes o después hay que madurara y espero que sea antes.
Sentada en frente del ordenador pienso que hacer. La curiosidad me consume, necesito abrir el libro, pero ya se sabe lo que dicen ¿no?:
<<La curiosidad mató al gato>>
Me resisto, enciendo el portátil y guardo el libro en la estantería superior del armario. El cielo de febrero siempre es igual, no hay nubes, solo una gran neblina que hace que el celeste se convierta en gris. Acompasado siempre por el sonido de la lluvia, que ahora cae tan fuerte que parece que quisiera romper el asfalto de la carretera. Espero con la cara apoyada en mi puño a que el ordenador inicie sesión. Mientras escucho el ruido de platos y sartenes en la cocina, abajo. El señor Iulius debe de estar esperando visitas, y como siempre que espera visitas, nosotros debemos mantenernos fuera del perímetro del comedor. Siempre dice que es una comida de trabajo, pero eso se suele hacer en un restaurante. Claro, no estoy diciendo que mi madre no cocine lo suficientemente bien, porque si hay algo que mi madre sabe hacer bien, es cocinar. Por fin el ordenador da señales de vida. Inicio sesión en el correo y dejo que mis nuevos E-mail se actualicen. Mientras voy al cuarto de Nausi y cojo el libro del primer día, lo deje en su cuarto por que Nausi quería leérselo, pero yo sabía que no abriría ni la primera página. Cuando regreso dejo caer el libro en la cama, es tan pesado que hace que rebote en el colchón. Ya hay dos ventanitas en naranja en la barra inferior del ordenador y me dispongo ha abrirlas. Una es de Anabel:
-Donde te has metido?
-He tenido que hacer un mandado.
-Te has perdido el examen sorpresa del de Historia.
-Mira que lástima.
-Ya ves, no vienes?
-Ir? Dónde?
-A la barbacoa.
-Que va, tengo que estudiar.
-Ahora, por la noche? A ti te falla algo ahí arriba.
-Puede, pero tengo que cubrir también a Nausi.
-Nausi va?
-Ya está allí.
-Bueno, pues nos vemos mojigata, estás invitada de todas formas.
-Adiós tonta.
<< Anabel acaba de cerrar sesión>>
Tras el insulto <<mojigata>> se despide nuestra conversación. Estoy de los nervios, no sé si es por el insulto, por el libro o por tener que escuchar el molesto sonido que da señal de que me están hablando. La otra ventanita no para de ponerse en naranja, ni siquiera me he fijado quien es. Abro la ventana. Ya se ha desconectado.
-Se lo has contado a Nausi?,- Eooo!,- Bueno, nos vemos en la barbacoa.
Un tal Alex que me habla sobre Nausi, que lástima, seguro que tiene amargado a éste también. La ira me está subiendo como la espuma de champán. Siempre he tenido que servirle de tapadera a Nausi, desde los once años que ella se iba al parque de al lado y me decía que le dijera a su padre que estaba estudiando en casa de Med. Era hora de cambiar. Esa niña pequeña que cumplía todas las normas, comía todo lo que le pusiesen por delante y hacía de tapadera a su mejor amiga, ha crecido.
Ya no soy una mocosa.
Cierro el correo y apago el ordenador. Del libro que pensaba acabarlo esta noche ya solo queda una idea lejana. Ahora me concentro en vestirme, coger un bolso y salir, sin que nadie me vea, de aquí. Giro el picaporte de mi cuarto, atravieso el pasillo, bajo las escaleras y abro la puerta trasera. En dos minutos estoy en la oscuridad más inmensa que he visto, el jardín posterior de la mansión Iulius no era nada parecido al delantero. Me paro en el umbral de la casa. Es algo parecido a un bosque, casi no me creía que hubiera dejado de llover. Era increíble que detrás de tantos árboles hubiera casas. Una colina hacia abajo, un pequeño pozo en el centro de columnas de arbustos. El absoluto silencio, la penumbra, la hierba mojada que la lluvia había dejado. Todo parecía mucho más diferente de noche que de día. Piso el césped con la botas de cuero que he cogido “Prestadas” a Nausi. Cruzo los brazos sobre el pecho para calentarme y procedo ha andar colina abajo. Me ladeo, me tuerzo los tobillos, me mancho de barro. Esta fuga no estaba prevista y no está saliendo muy bien. Cuando llego al pequeño jardín lleno de arbustos, rosales, azucenas y banquitos, me siento en uno para retomar el aire. En el centro de éste está el pozo. No se usa desde hace más de siglo y medio. El silbido sordo del aire me revuelve los pelos, por fin me he dignado a soltármelos y no estoy muy satisfecha de ello. Una nube se aproxima y amenaza con atacarme llenándome de agua. Retomo el camino cuesta abajo donde ramas y troncos crujen bajo mis pies. Llego a mala pena hasta la acera y me siento en ella. Cojo el movil y llamo a Med.
Tres pitidos y da señales de vida.
-Estoy conduciendo.
-Perfecto, pues parate en Hope Street.
-Está bien, estoy ya en la rotonda para llegar.
-Vale, te espero.
-Ya te veo.-Dice y tras eso cuelga. Dos luces parpadean más de dos veces como si el coche guiñara los ojos. Es Med. Detiene su todo terreno frente a mí.
-¿Al final te has decidido a venir eh?
-Solo voy a recoger a Nausi.
-La fiesta acaba de empezar.-Dice mirando a ambos lados de la carretera y poniéndose en marcha.
-Sí, pero Nausi lleva desde por la mañana metida en esa casa.
-Ya me imagino lo que estará haciendo.-Dice mientras me pongo el cinturón.- También está Justin.- Dice tras varios segundos en silencio. No me había parado a pensar en ese tema, pero sin duda es algo que influirá la noche.
-Me da igual Justin.
-Vale, pero recuerda que también estará lindsay.
-La reina de las abejas.-Reímos juntas.
-¿Qué harás si tu madre te pilla?
-No lo hará, está demasiado ocupada haciendo de comer.
La circunvalación que lleva a la fiesta está algo alejada del centro de la ciudad, las pocas farolas que iluminan la calle hacen que no podamos ver las estrellas y eso me recuerda al día en el que adoptamos a Líala.
Era doce de octubre. Yo apenas tenía ocho años y estaba deseando tener una hermanita. Me gustaba cuando las mamás tenían la barriguita muy gorda y si te acercabas podías sentir como dentro algo se movía. También me gustaba preparar el cuarto para la recién llegada, eso de pintar todas las paredes de rosa llenas de ositos o conejitos. Había esperado ese momento ocho años. Pero para mi sorpresa, mi madre no engordó, ni tampoco pintamos el cuarto. Tras dos meses de dudas, accedimos a adoptar una pequeña de origen alemán. Cuando llegamos al centro de adopción, mi madre ni siquiera preguntó por la raza, escogió la primera criatura que se le posó en los ojos. Líala. Así quiso que se llamara. Un terremoto, un torbellino de colores, de emociones. No había quien la parara, saltaba en la cuna y lloraba todas las noches. Por aquel entonces solo tenía doce meses, y yo, ya estaba empezando ha estar harta de la recién llegada.
Después de un largo trayecto de carretera, Med detiene su todo terreno frente a una casa iluminada donde resuena la música por los altavoces que están colgados cada uno de una esquina de la casa. Una morada blanca como la nieve con cristaleras a ambos lados que parecían ojos. Salgo del coche y sigo a Med por el patio. A pesar de los dos grados que hacían, la gente sudaba, algunos estaban en la piscina, otros en jacuzzis y otros en el porche bailando al ritmo de Jay-z. Había gente tan pegada a otra que parecían una sola. Med me tenía cogida de la mano y se movía de un lado a otro bailando. Su mano se escurrió de la mía y yo me descubrí entre la multitud buscando un sitio donde no hubiera gente. Las chicas iban vestidas de gala, algunas ya llevaban los tacones en las manos, otras iban mojadas enteras. La gente me pisaba los pies y algunos se giraban para mirarme sorprendida. Yanet: La chica que aunque vive mejor que nadie y va en limusina al instituto, no sale de fiestas. Y ahora, está aquí, en la barbacoa más cutre que ha visto. Me giro buscando a Med, pero he caminado demasiado y ya no la veo. Delante de mí está la puerta de la casa. Salgo a codazos y empujones y cuando me veo en las escaleras del porche me entran ganas de llorar de alegría. Subo de dos en dos las escaleras y entro en la casa. La música disminuye allí y se crea un ambiente hasta relajante. El hall es amplio, con mesitas y jarrones con flores de decoración, cuadros en las paredes y un suelo de parqué recién encerado. Las escaleras están en mitad del pasillo y son también de madera. Una alfombra se topa con mis pies y me siento como si estuviera de nuevo en mi antigua casa. Esa que compartí con mi madre durante más de siete años y de la que tengo tantos buenos recuerdos: El olor a bizcocho todas las primaveras y los inviernos, los regalos humildes de papá Noel, el resonar de los pasos descalzos en la caliente madera, la chimenea antigua que calentaba más que todas las de la mansión Iulius y también la alfombra que poníamos todos los inviernos debajo de la mesita del salón y donde me tiraba ha hacer los deberes. Realmente esa casa se parecía mucho a la mía.
Subo las escaleras y tras ellas, un pasillo largo que parecía no estar habitado, era el único punto de la casa donde no se oían voces, ni música, ni gritos. Se escuchaban cosas típicas de una casa: El grifo abierto con el agua corriendo, el tic tac del reloj, la cisterna de un retrete y el crujido de una puerta al abrirse. Entonces es cuando inconscientemente abro yo también otra puerta y miro hacia dentro. Un dormitorio en blanco, es decir, era todo blanco. La cama estaba perfectamente hecha, el escritorio perfectamente recogido, los cuadros perfectamente centrados. Era un dormitorio perfecto, de esos donde te levantas, abres la persiana y dejas que el olor a campo entre, los pájaros canten y la brisa corra.
-¿Tú también buscas un dormitorio?, Lo siento ese no puede ser.-Unos ojos azules aparecen detrás de mí.
-Estaba buscando el baño.
-No te había reconocido con el pelo suelto.-Dice.
-¿Esta es tu casa?-Le pregunto mientras cierro la puerta y camino por el pasillo.
-No, que va, pero es de un amigo y me tiene como guardia de seguridad.
-¿Tú?, ¿De guardia? Pero si no tienes nada.-Le digo tocándole el brazo, aunque sabía de sobra que sí tenía.
-Bueno, es que tú eres del FBI, hasta tanto no llego.-Sonrío y me vuelvo hacia él cuando se acaba el pasillo.-De todos modos no puedes entrar, están ocupadas.
-Ya te he dicho que no iba a entrar.
-¿No tienes ganas de fiesta?-Dice sentándose en la primera escalera.
-No suelo salir, digamos.-Digo haciendo lo propio.
-Yo tampoco tengo muchas ganas.- Un minuto de silencio.- ¿Quieres que veamos una película?
-¿Ahora?, ¿Dónde?
-En ese cuarto.-Dice señalando la puerta que entré antes.-Seguro que Justin nos lo deja, tiene proyector y la película la podemos elegir por Internet.-No me disgustaba la idea, pero tenía que encontrar a Nausi.
-¿Justin?, ¿Esta es su casa?
-Sí, te has puesto roja.-Dice sonriendo.
-¿Qué dices?, Anda, vamos a ver la jodida peli.-Le digo amarrándolo del brazo.-Pero solo si traes helado de caramelo.
-Vale, espera.
Abro la puerta de la habitación y enciendo la luz, luego cojo el ordenador e inicio sesión. Tras cinco minutos el chico aparece con dos cucharas en la mano y un bote lleno de helado de caramelo. También lleva una manta en el brazo colgada y cierra la puerta con un pie. Deja las cosas en el escritorio y se acerca para ver que película he elegido.
-No me lo puedo creer.
-Sí, es hora de llorar algo.
-Pero…
-Nada de peros.
-Está bien voy a por los pañuelitos.-Dice y deja la sala.
El niño con el pijama de rayas, me había leído el libro pero no había visto la película.
Aunque sabía que debería estar buscando a Nausi, no soportaba la idea de bajar de nuevo y encontrarme con el mismo estruendo. Además, así evitaba el encuentro con Justin.
-Oye… ¿Cómo te llamas?
-¿Estoy en tu clase y no sabes como me llamo?-Dice tumbándose en la cama.
-No tengo buena memoria.
-Ese cuéntaselo a otro, no cuela.
-¿Me lo vas a decir?-Digo apagando las luces y tumbándome con los pies en la almohada. Él la coge y se tumba como yo apoyando la cabeza en ésta.
-Calla, está empezando la película.-Lo miro con cara de asesina, pero el no lo nota por la oscuridad. Sonrío. Me vienen ganas de responderle algo ingenioso, algo con lo que no tuviera excusas, pero parece que siempre tiene algo para escaquearse.
-Oye… ¿Te levantas tú a coger el helado?
-Yo ya he ido abajo a cogerlo, te toca a ti.
-Mmmm, no tengo ganas.
-Pues no hay helado.
-¿Y la manta?, tengo frío
-Te levantas y la coges.
-Solo si me dices tu nombre.
-No me estoy enterando de nada de la película.
-Pero si aún están los extras.
-¡Shhhh!-Resoplo, sin duda no hay nada que hacer para convencerle. Será una noche muy larga.
-No es justo.
Una buena pregunta sería: ¿Qué estoy haciendo comiendo helado, con un chico del que no se su nombre, saltándome el toque de queda y tapada hasta la nuca con la manta de Justin?, pero como no me gustan las preguntas largas, les doy un rodeo y evito el contacto con ellas. Incluso ahora miro hacia la muñeca con la que el chico sujeta la cuchara del helado y me quedo estupefacta. Las coincidencias no existen, ni siquiera los métodos físicos podrían competir con la inmensidad del mundo, que cuanto más creemos saber de él, más mentiras aguardamos. Alimentamos nuestra imaginación creando nuevos límites que, al fin y al cabo, no son más que pequeñas satisfacciones soñadas. Y entonces es cuando te preguntas y cuestionas cuál es nuestro papel en la vida: si sólo somos adorno, si nos crearon para que acabáramos con el mundo, para destruir, para ser movidos como peones. Recuerdo que una vez leí o escuché una frase dicha por John Morley, era algo como esto:
"La deslumbrante naturaleza no es más que el telón de fondo del escenario, donde tiene lugar la tragedia del ser humano."
A estas altura de la película no me puedo echa atrás.
Pero no se por qué, apoyo la cabeza en la almohada y observo la pulsera de mi compañero brillar. Los ojos se me entumecen y los párpados me pueden. El niño del pijama de rayas ya no es el centro de atención, porque veo como una sombra se levanta y apaga el proyector, se acuesta a mi lado y se tapa con la manta teniendo cuidado con no destaparme. No se si todo era un sueño, pero si lo era:

-Por favor, despertadme. 

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Artikel Capítulo 7: La búsqueda-pérdida. ini dipublish oleh Carla pada hari lunes, 26 de septiembre de 2011. Semoga artikel ini dapat bermanfaat.Terimakasih atas kunjungan Anda silahkan tinggalkan komentar.sudah ada 1comentarios: di postingan Capítulo 7: La búsqueda-pérdida.
 
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1 comentarios:

  1. O.O... Me he quedado sin palabras... Creo que te lo he dicho ya, pero es que tu forma de escribir realmente me gusta mucho. No sé como lo haces, pero es todo tan natural que es impresionante.
    Mirame, te prometi que me leeria tu historia y aqui sigo, poco a poco, pero estoy en ello.
    ^^

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