Capítulo 11: La buhardilla.


“Lo importante no es quien inicia el partido sino quien lo termina” John Wooden.


<< La hierba está recién cortada aún, si tienes buen olfato, puedes apreciar su olor fresco. Sin embargo, al cielo gris acompaña el ambiente hostil. Llueve, y puede que sea esa la razón por la que todos visten de negro. Las ondas castañas de Yanet se mojan y entre los pelos se pueden distinguir algunas lágrimas en su blanca piel que caen hasta sus rojos y gruesos labios. Su despeinado flequillo se le pega mojado a la cara y poco a poco la lluvia deja su cuerpo empapado. Hay más gente, con paraguas, vestida de negro. Yanet tiene la espesa mata de pelo recogido en un lado apoyado en el hombro. Está cabizbaja, como si todo aquello que le rodea le fuera indiferente y sus botas altas de cuero negro fueran la atracción más interesante de todo aquello, cosa que realmente, ella sabe que no. Se mordía los labias, se los volvía a morder. Lloraba en frente de una lápida. Mientras, las demás personas se iban despidiendo y marchando. Cuando llega el punto en el que la tormenta truena, no hay ni un alma en la calle salvo Yanet. Ahora clava sus rodillas frente al barro de la lápida y admira las flores. Están sucias, farragosas, parecía que hubieran salpicado un cuadro en blanco y negro con colores. Había dos claveles, cuatro azucenas y dos rosas rojas con espinas entre otras. Su mirada descansa en las rosas. Piensa que tal vez todo fuera culpa suya, que las cosas hubieran sido diferentes si solo hubiera sido más responsable, más madura.  Se acaricia los ojos buscando el rimel disuelto, pero no encuentra nada. Esta mañana no tenía ganas de ponérselo y menos aún de estar donde estaba.
Sin embargo allí se encontraba, inmersa en el llanto, en la bohemia, en la tristeza. Para ella nada parecía real, tal vez ese calificativo sólo se podía usar acompañado de un sólo sustantivo: Sueño real. Yanet sollozaba, pero mantenía su postura rígida. Poco a poco las rodilla se iban rindiendo e inevitablemente, el barro alcanzaba sus muslos. Se dio cuenta que había llegado el momento de regresar. No sabía del todo por qué, pero algo le estaba esperando. No podía saber si bueno o mal. Simplemente sabía que alguien le esperaba. Sin pensarlo más se secó las lágrimas con el revés del jerséis y anduvo despacio hasta una para de autobús. Su mirada recorre la calle. Piensa en como sería todo si llamara a casa y le dijera a su madre que le recogiera.  Sin embargo eso no puede ser, al menos no hoy. Los mensajes le invaden el móvil que siquiera sabe cómo funciona después del agua que le ha caído. Se siente tan despreciable. Cuando sube al autobús el conductor le mira de arriba abajo mientras saca el carné de su sucio bolso gris. No mira a los que van sentados, esta casi todo lleno y le toca sentarse al lado de un inmigrante. Apoya la frente en el cristal e intenta verle algo positivo a todo. Luego cierra los ojos intentando visualizar ideas claras. Más tarde el sueño le puede. >>


El sudor matinal ya es parte de mi despertar casi toda la semana. Ésta vez sin embargo sé que hay más que un simple sueño. El retro gusto agridulce de la sangre emerge de mi garganta, pero cuando escupo en el lavabo no hay resto de ella. Miro el reflejo del reloj en el espejo, aún así, me giro para mirarlo mejor. Las nueve. Llego media hora tarde. Corro a despertar a Nausi. Su máscara del pelo de coco inunda toda la habitación y en una esquina, puedo ver la ropa sucia de ayer.

-Vamos, vamos.-Hoy tengo la sensación de que todo ocurre a cámara lenta.- Es hoy.- Nausi hace un esfuerzo para no pegarme con el cepillo con el que duerme todos los días bajo la almohada. Suspira fuerte calmando su fiera interior.- Es hoy. El libro se acaba Nausi.- Se quita el antifaz de los ojos.

-Es hoy.

                                                            *    *    *

-¿Hoy no vais al instituto? Es miércoles.- Dice una de las camareras. Nausi la mira con desprecio.
-Hoy tenemos otros planes Doña Abi.- Respondo mientras me meto en la boca una cucharada de cereales. Luego llega la pequeña Lía a la mesa y empieza a pedir: Agua, leche, cereales, galletas, pastel, babero y cuchara. Miro impaciente a Nausi, ella localiza mi contacto visual y sin hablar le digo todo lo que le tengo que decir.
Mientras comprueba que el picaporte de la habitación no chirríe al entrar, a Nausi le tiemblan las manos. El cuarto de mi madre está lleno de cuadros de lugares extraños, de flores secas en las ventanas y de papiros antiguos.
-Piensa,- Dice Nausi tocando se la barbilla.- Si fueras tu madre, ¿Dónde esconderías un libro secreto?- Mira debajo del escritorio, en todos sus cajones y en su armario. Estoy trémula.
-¿Dónde está mi madre?-Digo con el semblante que ha de parecer un mártir. Nausi me mira con preocupación. Parece saber a que me refiero. Puedo ver a través de ella, puedo saber lo que está pensando sin necesidad de un sexto sentido.
Salimos corriendo. Yo hacia arriba y Nausi hacia abajo. Desde allí me llegan sus gritos exclamando en nombre de mi madre. El ático está desolado, al igual que la parte de abajo según dice Nausi desde la segunda planta. El techo inclinado de la buhardilla me hace retroceder y agacharme cuando veo algo moverse detrás de un baúl. No le doy mucha importancia, podría ser una rata. Sin embargo, hay algo en el baúl enorme que me llama la atención. Me inclino sobre mis rodillas y las dejo reposar en el suelo. Respiro el cargado aire y la humedad. Aprieto los puños con la vista clavada en el arca enorme. Poso las palmas de las manos y lo entre abro. Por la ventanucha sucia, oigo un ruido. Me doy la vuelta y tras de mi se cierra el arca soltando un voladizo de polvo. Alguien está aporreando la ventana. Sus ojos azules se pueden ver incluso detrás de la translucidez que le causa el polvo al cristal.  Abro la ventanucha.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?, ¿Eres Spiderman?- El chico tropieza y le cuesta pasar por la ventana.
-Me gusta más Superman. Nadie me abría abajo. He llamado.
-Pues yo no he oído el timbre.
-No,-Dice poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo.- te he llamado al móvil.- Señala el bolsillo. Saco el ladrillo del bolsillo de mi sudadera y lo enciendo. En efecto, dos llamadas perdidas.
-Última generación, ¿Eh?
-Ya…-Digo sin prestarle mucha importancia.
-¿Qué hacías?
-No lo se. Estaba buscando a mi madre y no la encuentro. Luego llegué hasta aquí.
-¿Cómo?
-¡Qué más da!-Digo dirigiéndome de nuevo al baúl.- Ven, ayúdame.-  Le espero de rodillas inclinada para abrir el baúl juntos. Él se queda mirándome desde atrás.- ¿Quieres hacer el favor?, ¿O le ves demasiado atractivo a mi espalda como para proseguir?
-No, que va, si tu espalda es muy ordinal.
-Vaya, gracias.-Le sonrió irónica cuando hace andén de abrir el baúl. La tapa se levanta dejando ver su interior grabado como si fuera la caja de Pandora. Torbellinos de madera en espiral creando una especie de tornado del que un hombre intenta escapar.  Otro tornado escupe flores, otros tantos engullen animales. Hay nubes, rayos, es el cielo. Bajo la mirada a el interior. Alex y yo nos miramos. Allí, cerca de un libro muy conocido, puedo ver una carta antigua, amarillenta como si los años hubieran pasado en ella sin salir del baúl, sin ver la luz. Me doy la vuelta y apoyo la espalda contra la madera de la gran arca. Nausi llega por la escalerilla desde abajo y sin emitir casi ningún ruido se acerca y se sienta a mí otro lado, intercalando miradas de respuesta a Alex, con miradas de respuestas al Baúl, como si éste le pudiera contar algo de lo sucedido. Abro la el sobre que contiene la carta y la desdoblo con cuidado. Las cabezas de mis acompañantes se juntan a la mía.



“De algún modo sabría que llegaría este momento cielo. No puedo explicarte nada por ahora, La Orden no me lo permite. Más adelante sabrás como deber actuar.
Siento no poder estar allí para contarte esto. Ahora eres algo más que un simple humano y la razón, debes hallarla tú.
Por supuesto que no estarás sola. Por ello, también les exigimos a Nausicaa Iulius y a Jonas Alexander Genevieve la presencia.
No os han elegido arbitrariamente, tanto tú como los demás tienen un linaje noble
Y una tragedia.
Ahora, quiero que hagáis lo que hagáis, mantengáis un rumbo fijo: La salvación.
Sois la última esperanza que nos queda. Confiamos
En que podáis salvar a vuestra familia.
Aquí tienes la llave, debajo de la cama está el libro.”
                                             

                                                                                            Ágata Jonson. La Orden.



Sin embargo no había llave alguna en el sobre.



 
Reacciones: 

Capítulo 10, parte 2.

-Tsh, ¿lo has llamado?- Le digo a Nausi cerrando de golpe la puerta.
-Sí, dice que esta llegando.
-Perfecto, ¿Y el libro?
-Se lo llevó tu madre, ¿Recuerdas? Sin el no podemos hacer nada.
-¿Dónde se habrá metido esa mujer?- Pregunta retórica.- Tenemos que contárselo, él esta implicado en esto.
-¿Cómo sabemos que de verdad está implicado?
-Tiene el colgante.
-Eso no confirma nada.-Lía movía la cabeza de un lado hacia otro a medida que nos turnábamos la palabra como si de un partido de tenis se tratase.
-Vamos Nausicaa, por el amor de dios no seas cabezota.
-Veamos, ¿Sostienes que el perro tiene algo que ver?
-¿Por qué no? Nos ha encontrado y escucha lo que me ha dicho lía.- Amarro a la chica por la mano y la atraigo hacia nosotras, la pobre enana se corta un poco al principio pero al final logra decir un ceceante: Lobo con ojos grises. Es decir: Lobo con ojoz grizez.
-Esta cosa no es tan sencilla como parece.- Se rinde Nausi que se quita la toalla que llevaba en la cabeza en forma de turbante. Suspira.- El alíen ese dijo que mañana vendría, ¿Pero quién?
-No lo se.-Respondo cabizbaja. Doy dos vueltas al cuarto pensando y repensando cómo encajar las piezas.- ¡Ogg!, ¿Cuánto tarda este chaval?
-Nada.-Dice Nausi desde el balcón.-Ya está aquí.-Entonces la pequeña que hasta ahora había mantenido silencio se asomó al balcón.
-Yanet, dijiste que era sólo para chicas.-Llena los carrillos de aire y luego lo suelta poco a poco.
-Tranquila, el se puede considerar nena.-Ya dentro “La cosa” llega cargado de un aura humilde, pero todo cambia cuando abre la boca.
-De eso no estoy muy seguro. Pero tu hermana esta hecha un machote.-Se agacha y le susurra a Lía:- Es del FBI de Miami.-Mi hermana sonríe al unísono de mis ojos en blanco. El chico se quita la chaqueta y como pijo educado se la coloca en su regazo. Luego se sienta a mi lado. Bajo el fino jerséis que lleva se le pueden distinguir los marcados pectorales, que aunque no extremadamente desarrollados, definidos. Sus All Stars marrón chocolate de cuero parecen las zapatillas más cómodas que he visto.
-¿Y bien?,¿No podíais esperar a mañana para verme?- Se peina el flequillo con un movimiento de cabeza. Más abajo, brillan con el azul más puro sus pupilas, un celeste celestial. Aún más abajo, unos labios disimulados y rojizos prisioneros de muchas chicas.
-No te des por aludido, si te corren detrás las chicas es para que le dejes usar el Internet de tu móvil.- Me resbalo de la cama al suelo y el chico me sigue cruzando las piernas como un indio.
-No sabes lo molestas que sois.
-Oye, nosotras lo hacemos por ti, puedes irte si quieres.- Responde de nuevo Nausi.
-Basta, si has venido es porque algo te interesa, ¿No es así?- Miro a los dos a los ojos.- Creo que hay que tomarse esto en serio.
-Es... raro.
-Si has venido expresamente para decir que es raro puedes marcharte.- Ahí está: La burra que llevo dentro.
-Tranquila Miss sunshine.- Me dice. Su brazo toca el mío. En ese instante siento un escalofrío.
- Vale, ¿Queremos hablar del verdadero dilema?-Tercia Nausi. Trago saliva.- Esta noche hemos seguido a la madre de Yanet. Volvíamos de montar, así que fuimos caballo.
- Nos perdimos siguiendo a mi madre, pero conseguimos escuchar y ver la conversación que mantuvo con un hombre encapuchado.
-Para mi que no era hombre.
-El caso es que decían absurdidades como: cada uno debe ocuparse del destino que el libro escriba.
-¿Qué libro?- Nausi y yo nos miramos cómplices.
-El libro que cayo a mis pies, ¿Recuerdas? Estabas conmigo el día que hicimos novillos.- El chico está tan cerca de mi que consigo oler su aliento, sus ojos parecen sonreír y posa su mano en mi rodilla. Yo me sacudo un poco hasta que la mano resbala inerte hacia el suelo. Mientras, Nausi trata de contarle la historia con todo lujo de detalles. Sin embargo noto como cada vez que ésta hace una pausa me mira por el rabillo del ojo. Las emociones me estaban estallando, necesitaba respuestas.
-Si he entendido bien, el libro que no queréis abrir es una biografía de nosotros,-Traga saliva.- y el libro está acabando, con lo cual, nuestras vidas también.
-No del todo.-Digo con cara de espanto.-Nadie dijo que si se acabara el libro se llevaría nuestras vidas consigo.
-La verdad que por mucho que le doy vueltas al asunto no consigo verle la lógica.-Dice tocándose la nuca y despeinándose el flequillo. Me llega su aroma de suavizante. 
-El ente dijo que mañana vendría alguien.
-¿El ente?-Rió.
-Sí, y tu eres “La cosa”-Dice mi Nausi. -A mi amiga le gusta poner motes a las personas que no sabe como se llaman.
-Mira que eres cabezona.-Me sonríe el chico. Nausi mira el reloj y acto seguido manda a Dormir a Lía. Yo me quedo sentada unos segundos y luego hablo.
-Deberías irte ya.- El chico se levanta y anda hacia el balcón. Yo le sigo. Luego mira hacia abajo y tras eso se concentra en mi. Los mechones me caen por los hombros y hacen de barrera contra el frío de fuera. Los labios agrietados y secos pedían que me los humedeciera y yo me negaba porque sabía que me dolerían más. Miraba hacia abajo para evitar todo contacto visual, ya que estaba sola con un chico. Voy progresando.
-Perdón si he sido algo hipócrita antes.-Confiesa con una mueca en los labios.
-Verás, estoy muy cansada. Entiéndeme llevo todo el día fuera, corriendo y cayéndome en el barro.-Me miro de arriba abajo.- No tengo muy buen humor. Hablamos mañana.
-Te sienta bien el nature.- Sonríe y hace que yo le imite. Le doy un codazo reprimiendo la risa.
-Hasta mañana...
-“Cosa”- Termina. Mi intento por adivinar su nombre desvanece. Parece ser que le gusta más ese apodo que su propio nombre.
<<Adiós>> susurro y observo como baja amarrándose a las enredaderas y los salientes del balcón. Más tarde desaparece en la oscuridad.

                                                            




















 
Reacciones: 

Capítulo 10: El principio del fin. Primera parte.


 “Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir para siempre” Gandhi.

Nausi volteó alarmada. Estaba a una distancia de prudencia del animal.

-Yanet...-susurró desde tres metros más lejos que yo.

Mi mano pasó por encima del hocico gris mientras el animal me clavaba los dos agujeros trasparentes sin fin que eran sus ojos. El brillo en su mirada me hizo recordar la primera vez que lo vi y como huí de él. Podría haber dudado en acercarme, podría haber huido y ahora quizás estuviera en casa. Pero el aspecto detonante de Rufo me llamó la atención. Me dejo caer el pelo hacia un lado, apoyándolo en el hombro. Acaricio la mandíbula del animal mientras éste tuerce la cabeza en señal placentera. Casi, un juego de mi imaginación me traiciona, creyendo que el lobo estuviera sonriendo.

-Pero... ¿Qué diablos...?-Nausicaa se acerca a mí poco a poco calculando cada paso que da y manteniendo un límite de distancia entre el perro y su piel.
-Es inexplicable. Todo en esta noche es inexplicable.-Ratifico con un gesto.
-Ágata, el extraño ser y ahora Rufo. ¿Qué está pasando hoy?, ¿Es acaso el día de los inocentes?-Dice mi amiga poniéndose en cuclillas a mi lado.
-No tengo ni idea, pero no me quedaré con las manos cruzadas. Hay que indagar en esto.
-Sí, pero hay algo mucho más importante que eso: ¿Cómo coño salimos de aquí?-Dice extendiendo los brazos.
-Estoy casi segura que Rufo sabe cómo, ha llegado hasta aquí, ¿No?
-No se tú, pero yo no me pongo en manos de un perro. Mejor dicho: En patas de un perro.- Se cruza de brazos y da media vuelta, terca como solo ella sabe ser.

Un ruido ajeno hizo que mi amiga, hermética en su pensamiento, se sobresaltara y como impulsada por un resorte se dirigió hacia mí.

-Vale, Vamos, vamos.- Suspiramos con un común alivio.-Pero pongámonos en marcha ya, como lleguemos más tarde...
-Tendremos la mierda hasta el cuello.-Termino.

Y como si cada palabra que dijéramos el Perro-Lobo lo entendiese, minucioso empezó a olfatear alrededor de la piedra enorme. Yo me senté en ella y Nausi se apoyó en mi lateral. Tras unos minutos el animal levantó la cabeza del suelo e irguió las orejas. Unas ramas chasqueaban al adelantarse y después, un ladrido.

Abrimos bien los ojos y el perro salió corriendo como quien no quiere la cosa. Cojo de la mano a Nausicaa y corremos detrás del animal. Nuevamente las ramas empiezan a crujir bajo las botas de montar, las pocas hojas secas que quedan en los árboles se incrustan en los jerséis, las ramas robustas hace que tengamos que agacharnos, saltar, caer y ensuciarnos de barro.

Un pensamiento me corroe la cabeza, pero creo que no podré saber, el porqué, el cuándo y el cómo hasta mañana. La cara contraída que llevo no es algo nuevo. Me lleva ocurriendo toda la semana y los primeros síntomas de preocupación, estaban a flor de piel.

Por otro lado me preguntaba como hemos hecho para llegar tan lejos con esta indagación, tan solo fui a buscar un libro y volví con otro que no era.

Mientras que corría delante de mi amiga, mirando mi seguridad, reparé en unas extrañas luces que se apagaban y encendían a medida que un árbol las cubría. Eran como flases blancos que te deslumbraban. Cuando pude concebir que no eran muchas luces si no solo una, ya habíamos llegado a la explanada de la falda de Atlas.

Un sentimiento liberador nació de mi y caí -estrellada por Nausi que no paró detrás de mí- al suelo. Casi me entran ganas de hacer un ángel de nieve sobre la hierba. Cuando consigo que los 60 kilos de Nausi dejen de ejercer presión sobre mí me levanto. Mi amiga se tapa la boca haciendo escapar una pequeña carcajada y más tarde se agacha a arrancar hierba y tirármela.

-¡Tienes complejo de cabra!-Dice arrojándome los vegetales a la cara húmeda.
-¡Las cabras no comen hierba, ignorante!-Exclamo apartándome los pelos y las hierbas tanto de la boca como de las mejillas.
-¿A no, y entonces?-Dice seria. Bajo la mirada y sonrío algo maliciosa. Nausi expectante se acerca algo a mi.- ¿Y bien?- Rápidamente me agacho y salgo corriendo detrás de ella como una posesa.
-¡¡Comen botas de motar, no te jode!!- Exhausta, tras varios giros en círculo me tiro en el césped y lanzo la bota. Ésta rebota en la cabeza de Nausi que suelta un breve gemido parecido al de un perro. Sin embargo, Rufo parece no entender lo que significa ese gemido. Al menos, no tanto como yo.

Su ladrido hace que las dos nos giremos y nos miremos, Nausi susurra un leve <<Vamos>> y luego sube al lomo de Trueno.
                                                          

                                                                 *  *  *

La mansión está totalmente desolada, mantiene un aspecto hostil. Rufo nos ha seguido el galope y ahora amenaza con entrar en casa. Las enredaderas que se alzan sobre el muro de entrada a Iulius nos ayudarían a trepar y con suerte, llegaríamos a mi balcón.

-Shh, fuera, ale venga.-Gesticula con las manos Nausi intentando sin respuesta alguna que el lobo huyera.-Vamos... no es por ti... es que... Yanet es alérgica a los perros, sí, muy alérgica.
-Déjalo, ni que pudiera saltarse.-Le digo desde arriba del muro del patio trasero. Tiendo la mano y espero a que Nausi me la agarre. Percibo que mi amiga pone cara de mártir y a duras penas deja al perro bajo sus pies.

La calzada esta húmeda. Por suerte o desgracia la luz de mi habitación está encendida, entre la persiana bajada me iluminan haces de luz. Compruebo que mi amiga me sigue y de un salto, escalo la barandilla del balcón y entro. Siento la creciente fatiga de la escalada y apoyo mis manos en las rodillas cogiendo aire hasta que Nausi llega. De golpe todas las cuestiones que, anteriormente prometí no cuestionarme, amenazan con invadir mi cabeza; El collar, el libro, mi madre, ese extraño hombre en el bosque, la misteriosa conversación mantenida con él, Rufo, “La Cosa”, el mito. Siento como la presión de mi sangre aumenta. Me siento como si estuviera en un control y no me supiera nada.
En el cuello de Nausi brilla de nuevo esa O.

-¿Qué ocurre?-Dice jadeante. Inmediatamente vuelvo a la realidad, sacudo la cabeza de lado a lado y miro a través del cristal: No parece haber nadie.

Las manos me tiemblan cuando intento abrir la puerta de vidrio. Sin más, impulsada por la fuerza que ejerzo en ella, la puerta se desliza lateralmente abriéndose y Nausicaa y yo suspiramos en un común alivio. Nos miramos las unas a las otras y contemplamos la cantidad de barro y de hojas secas que lucen nuestras ropas. Cualquiera diría que somos militares camuflados.  Sin embargo las dos reímos y el por qué desconocemos.
Me quito las botas y las dejo en mi cuarto, Nausi se encierra en el cuarto de baño y mientras tanto ella se da su ducha de rosas, yo bajo a la cocina. Eran cerca de las once. Los pies vestidos con calcetines me hacían resbalar y de vez en cuando sonreía. Sin saber como, había conseguido exagerar las pequeñas alegrías como si de una desdicha se tratase.

Las escaleras terminan, en ambos lados del gran pasillo, las puertas están abiertas y con las luces encendidas. Se respiraba la fragancia de la leña chamuscada en la chimenea y el olor a quemado del exterior. Me hizo recordar la primera navidad con la pequeña Lía en casa:

<< La casa rebosaba de alegría. Tras acción de gracias toda la familia venía a visitarnos; La tía Yessy, que llegaba desde las indias de viaje de novios. El tío Gabriel, que ese año había publicado un humilde libro de cocina y que se ofreció a cocinar él. Hasta estaban mis dos tías abuelas de segundo grado, para mi eran la mayor distracción, me divertía verlas bizquear y admiraban como cogían todos los bollos de pan de la mesa sin que absolutamente nadie se dara cuenta. Mi madre había comprado el primer árbol de navidad verdadero y le habían salido ronchas en la mano, más tarde se dio cuenta de que era alérgica. Líala, con tan solo tres años se quemó con la chimenea y ahora, luce una hermosísima mancha marrón el las palmas de las manos. En fin, Toda la familia se sentaba en los sofás alrededor del fuego que chispaba y crujía reduciendo en cenizas la madera.>>

En la cocina aún se escuchaba ruidos de platos en el fregadero. Seguramente las limpiadoras. Di un rápido paseo de ida y vuelta. Cuando escuché una voz que procedía del comedor. No conseguía descifrar la frase, pero corrí en busca del ser que la emitía.

Tras un sofá color crema, una rubia y corta melena se agitaba.

-¿Aún estás despierta?-Le pregunto.
-Mamá no está.-La pregunta me espanta.
-¿Sabes dónde ha ido?-Le digo sentándome a su lado y pasándole un brazo por encima de sus pequeños hombritos. Éstos suben y luego bajan.
-Siempre se va. Ella dice que encontró un lobito pequeñito y ahora le tiene que dar de comer todos los días en el bosque.- La redondeta cara de mi hermana muestra una expresión de serenidad y esto, me tranquiliza.
-¿Te dijo cómo se llamaba el lobito y de que color era?-Ella niega con la cabeza.
-Sólo me dijo que sus ojos parecían canicas grises.- Me muerdo el labio.
-Lía, ven. Tendremos una reunión de chicas.
-¿Sólo de chicas?- Dice la enana entusiasmada poniéndose de rodillas en el sofá.
-Bueno, tal vez no sólo de chicas.

 
Reacciones: 

Capítulo 9. Seguda parte.

El estrujón de mano de Nausi me desconcentró. La boca se me había abierto de tal manera que si hubiese sido un dibujito animado caería por el suelo. Mil pensamientos pasaban por mi mente: ¿Éramos nosotros de los que hablaban?, ¿Mi madre estaba al corriente de esto desde que nací?, ¿Qué era realmente ese libro?, ¿La bibliotecaria estaba implicada en esto?, ¿El qué ha comenzado?
-Todos sabemos el final que se asocia a cada mito.
-Esta vez es diferente, el mito cambia, la maldición está concluyendo.-Dice mi madre dejando el libro sobre la piedra.-Las páginas se acaban.-El semblante de Ágata ahora es serio, preocupado.
-No te intranquilices.
-¿No te intranquilices?, ¿Cómo no me voy a intranquilizar sabiendo el paradero que le espera a mi hija?- yo ya no sabía que objetivar, los argumentos parecían sacados del libro de Harry Potter. No tenían consistencia.
-Ágata por favor. Todos sabíamos que llegaría el momento.-Dice el individuo cogiendo el libro de la roca y creando un sigiloso ritmo con sus dedos en la cubierta.
-La capacidad de complicación de este tema puede ser infinita.- El ambiente se hace más desolado y hostil.
-Ya basta, mandaré a mi hijo a Iulius, allí ha de empezar todo. Mañana, al medio día.- El energúmeno deja el libro de nuevo sobre la fría y pálida piedra y hace andén de quitarse la capucha. Nausi me mira y yo percibo que cuyo estado de pavor no podía maquillarse. Valoré su aspecto teniendo en cuenta la dureza de las declaraciones allí presenciadas. Pero yo, más observadora que ella, dejé de lado su situación por muy maligna que fuera y concentré toda mi capacidad cerebral en adivinar qué ser se escondía bajo aquélla tela negra.
-Esto nos implica a todos Severus, recuerda.-Mi madre sostiene de nuevo el libro y lo mete en su bolso.- La maldición está cesando.- Mi madre insistía, pero aquel hombre ya desenmascarado parecía ausente a toda inflexión.
El semblante al descubierto mostraba una similitud fantasmal. Sus dos enormes ojos añil parecían no tener fin, los cercos azules bajo los ojos parecían medias lunas y todo lo remataba una pequeña perilla blanquecina que se dejaba colgar dos centímetros del mentón firme y cuadrado.
-Generación tras generación hemos sufrido este castigo, Ágata. Todo se resume en este libro, robado de la cuna de los dioses, sellado con el signo inconfundible del Olimpo, abierto solo por nuestras familias. Y te adelanto algo, está vez no será menos macabra que las demás, no porque sean nuestros hijos, nuestra generación, deberán pagar menos. Es el final querida amiga, y este libro es como la propia vida: No recordamos como empieza ni sabemos como acabará, el resto entre estos dos son tan sólo leyendas. Porque sólo hay dos entes que conocen la versión oficial: Los elegidos y el libro.- Declaró casi entusiasmado por aquel monólogo que para mí era otro enigma que apenas encajaba con dos piezas del puzzle. El suspiro de Ágata resonó en aquel círculo rodeado de paredes de árboles.
-Buenas noches Severus.
-Hasta mañana Ágata.-Tras tal despedida, ambos inclinan la cabeza en señal de respeto. Severus vuelve a colocarse la capucha y mi madre empieza a andar en el sentido opuesto de él. Éste, erguido, camina despacio sin emitir ningún sonido hacia la boca del bosque.
Mi mirada se topa con la de Nausicaa.
Albergar tales secretos, no debe de ser nada fácil.
Después de eso, silencio absoluto. Los pasos de mi madre ya quedan lejos y apenas se escuchan. Las palabras entre Nausi y yo ya no fluyen. Hasta ella ha sentido el inminente escalofrío por nuestras espaldas.
Ahora que todas las declaraciones allí escuchadas quedaban mas bien lejanas, las dos intentamos encontrar una vía de regreso, pero sabíamos perfectamente que solo había una y sin mi madre, estábamos perdidas.
-¿Qué...qué hacemos?-Nausi intenta decir con claridad cada palabra, pero éstas se asemejaban más a un gemido. Se tapaba la boca con la mano y respira entrecortada.
-No tengo ni la más pálida idea.- Fruncía el ceño y me mordía los labios.
-Tenemos que irnos de aquí, es peligroso...Hay lobos y búhos y..y..-Nausi se pone de pie.-Larguemos, por favor.-Se sacude la ropa y al suelo caen la hojitas secas que se había quedado incrustadas en el jerséis.
-No sabemos donde ir.- Ratifico.- Ni siquiera se ve la estrella polar.-Digo lanzando la mano al cielo.
-Hay que salir de aquí.-Nausi me agarra la mano y tira de mi, pero consigo escurrirme y zarparme entre sus delgados dedos.
-Nausi, espera.- Mis ojos visualizan algo que se mueve al otro lado de nuestros arbustos, justo donde apareció aquel hombre encapuchado. Empuje a mi amiga por la cabeza hasta que quedamos tapadas y sentadas de nuevo en el suelo. Sentía los nervios a flor de piel. Mientras que Nausi apretaba los párpados lo más que podía, yo los mantenía relajados sobre mis pupilas. Ella me apretaba la mano de tal manera que empecé a cuestionarme si me quedaría antes sin ella por el ataque de un lobo o por una gangrena. Poco a poco una silueta negro puso su primer pata dentro del círculo de árboles y después las otras tres. Nausi sintió la inminente amenaza y se puso de pie gritando.
-Te lo dije, un lobo. ¡muévete!-Baje el volumen a la voz de mi amiga para confirmar lo que estaba frente a mis ojos. Un lobo gris y negro, con ojos incoloros, el hocico húmedo y la lengua por fuera de la boca haciendo que los colmillos quedaran expuestos ante nosotras.-¡Por el amor de dios, Yanet!- El lobo mueve la cola de un lado a otro y se acerca olfateando hacia mi. No estaba segura de lo que iba ha hacer. Pero tal vez arriesgarse a esto no se tan normal como parece, tenía una corazonada.
-¿Rufo?
 
Reacciones: 

Capítulo 9, primera parte: Secretos de familia.


“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”.  Génesis.

-¡Nausicaa!,¿Recuerdas ese monte?-Le digo cogiendo con más fuerzas las riendas del caballo para que se parara. Trueno Gira su cabeza y se aproxima a mi caballo, Rayo.
Al principio, cuando sólo éramos niñas, quisimos llamarle a nuestros caballos de tal manera que si te acordabas de uno, también del otro. Claro, que como a Nausi no le gustaba el nombre: Centellas, tuvimos que optar por trueno. La cabeza de Nausi se acerca botando en el majestuoso lomo dorado de Trueno hasta quedar junto a mi.
-El monte Atlas.
-No recuerdo el por qué del nombre.
-Ni yo, solo teníamos nueve años.- Dice.
-¿No había un lago en la falda del monte?
-Sí.-Dice y sale trotando colina abajo.
Los árboles están semidesnudos, algunos aún sostienen masas de nieve blanca. Ayer nevó por la tarde y Nausi hizo un pequeño donativo quedándose conmigo en vez de salir. Así, las dos nos calentamos un chocolate y vimos programas asquerosos de corazón mientras que mirábamos por la ventana como pequeñas motas de algodón cuajaban a medida que se topaban con el gris asfalto.
La cuesta es cada vez más empinada y Rayo empieza el trote rápido. Mi trasero se levanta de vez en cuando del asiento y a lo lejos veo como la límpida y perfecta trenza rubia de Nausi brilla casi más que el sol reflejado en el lago. Trueno está bebiendo del lago, cosa, que no debería hacer, pero que siempre le permitíamos. Nausi reposa en la orilla mientras yo bajo de un salto y me siento a su lado. Los caballos están fatigados y beben hasta saciarse.
-Entonces...¿Qué decías que soñaste?-Pregunta Nausi. Estos últimos días el libro, mi sueño y mi madre habían sido los principales temas de conversación con Nausicaa, seguidos de la pregunta: ¿Qué comemos?, eh aquí el ranking de este fin de semana. La pregunta me hace pensar de nuevo en la absurdidad del sueño, era como en un programa de televisión, como si me estuviera viendo a mi misma.
-Eso, Rufo que me llevaba hasta un altar que no podía abrir.-Nausi mira al horizonte buscando algo para distraerse, como si nada más tuviera importancia, como si su vida dependiera de ello.
-Rufo.
-Sí, se lo puso “La cosa”.-Digo tirando una piedra plana al agua y haciendo que rebote tres veces. Sonrío satisfecha de mi lanzamiento.
-¿Y si de verdad todo tuviera algo mágico?-Dice como quien no quiere la cosa.-¿Y si todo se nos viene encima a nosotros?-Coge una piedra y la lanza. Dos rebotes.
-No seas patética. Claro que hay lógica para todo esto.- Pensé. Aunque estaba empezando a dudar de ello, lo dije contradiciéndome en mi mente. Tiro dos piedras una seguida de otra escuchando el “Pluf” que emiten.
-¿Y cómo explicas que Ágata cogiera el libro?-Me mira. Yo me tumbo en el césped con los brazos en la nuca y los ojos cerrados.
-No lo sé.-Suspiro resignada.
-¿Entonces admites que todo tenga un final mágico?-Sonrio y abro un ojo para mirarla.
-Sí. ¿Eso es lo que querías oír?-Me pongo de pie y ayudo a Nausi a levantarse. Cuando ella se dispone a subir a Trueno yo ya estoy sobre Rayo. Trotamos despacio colina arriba. Era las siete de la tarde de un lunes cualquiera de febrero. El aire frío del campo congelaba a los caballos. Sentirse cómoda en el estado que me encontraba era algo parecido a atravesar el fuego con un helado en la mano e intentar que no se derrita. Imposible.
El paisaje había cambiado desde la última vez que vine a aquel lago. La asociación de madres del lugar había mandado talar más árboles para tener más papel en el trabajo. Y ahora, la mayaría de ellos son pequeños troncos talados al ras del suelo testigo de su cruel destino.
Cuando llegamos al establo anudamos a los caballos y subimos la cuesta de piedrecillas pasando por el jardín con el pozo para llegar hasta la mansión Iulius.
Con el atardecer el jardín parecía como dormido. Todo sumido en leves colores pastel. La hierba verde estaba húmeda por el deshielo de la nieve. Busco una nube y fracaso en el intento, con la llegada del invierno las jornadas son más cortas y el cielo siempre se tiñe de gris bajo la neblina. Ésta vez, era rosa.
-Me toca a mi la ducha antes.-Dice Nausi mientras intenta abrir la puerta sin respuesta de ésta.- Tú tardas demasiado.-Dice ahora forzándola con el hombro y la cadera.
-¿Qué yo tardo?, me sabe que hoy me ducho a las doce.
-Mira el lado positivo.-Dice dejando las llaves puestas y encogiéndose de hombros.-Puedes acostarte más tarde.
-A ver, dame.-Le digo empujándola a un lado y con convicción de que se abrirá. Introduzco las llaves encajándolas a la perfección, agarro el pomo y lo impulso hacia mí, luego hago andén de girar la llave. Un intento, un fallo. Un intento, un fallo. Saco resignada las llaves y las sujeto frente a mis ojos y los de Nausi. De ellas cuelga una etiqueta. Pongo los ojos en blancos.-Has cogido las llaves del garaje,¿Cuántas veces te tengo que decir que mires las cosas antes de salir?-Nausi coge las llaves.
-Pues entremos por el garaje.
-En el garaje no hay una entrada a Iulius, es tu casa ¿Recuerdas?-Suspiro.
-¿Y ahora qué?
-Tú sabrás. Eres una cabezona.
-¿Estará Lour en la cocina?
-Hoy es el día libre de Lour, parece mentira que lleves viviendo aquí toda tu vida.-Nausi acerca la mano para darme un cosquis pero la detiene y se muerde la lengua. Me mira por el rabillo del ojo.-Al menos dejemos las cosas en casa.- digo tirando el casco por encima de la baya. Nausi hace lo propio. Nausi se deja caer en la pared y resbala los pies hasta que su trasero se topa con el suelo. Mira colina abajo.
-¿Qué hace Ágata?- Dice sentada contra la pared.
-Salió a comprar.
-No, digo que qué hace.-Dice señalando a mi madre con un libro colgado del bolso y subiéndose a toda prisa en el coche. Mira a un lado y a otro. Nos escodemos tras un arbusto.
-Es el libro.-Salgo corriendo colina abajo cuando verifico que ya no me ve. Nausi exhausta llega al establo detrás de mí. Así, sin protección no debería montar, ya que no tenemos cascos. Pero mi madre se trae algo entre manos.
-¿Qué piensas hacer? Va por carretera.
-No, ha cogido la bifurcación hacia Atlas. Podemos llegar antes por el bosque.
-Son casi las ocho de la noche, el sol se ha puesto. No deberíamos ir.-Dice montada en trueno.
-Nausicaa, es el momento de saber lo que pasa, ¿No crees?-Ella se sopla el flequillo y pone en marcha a Trueno.
-Esto no saldrá bien.
-¿Desde cuando te abstienes a las consecuencias?-Digo mientras que el aire entrecorta mi voz y el galope acelera.
La carrera se convierte en una fuga de la realidad.
Entre jadeos y respiraciones forzosas llegamos hasta Atlas. El monte cambia totalmente de noche. Ahora la leve luz de la luna hace que el agua que roza sus faldas sea plateada, como un espejo. La trenza de Nausi ya no es tan perfecta, salta del caballo mareada y zigzagueando.
Dejamos amarrados a los caballos en uno de los pocos árboles enteros que hay.  Mientras observo como el estómago negro de Rayo se infla y desinfla en un respiro acompasado por el mío. Le doy un golpecito en el hocico.
-¿Qué hacemos?-pregunta Nausi impaciente.
-¿Quieres dejar de quejarte?
-No es lo mismo salir de fiesta tarde que ir al bosque tarde.
-Shhh, calla bocazas.- Nos agachamos escondidas bajo un arbusto.
Ágata recorre el bosque tocando los troncos de los árboles con la mano, lleva el ejemplar del libro bajo el brazo. Tiene prisa y frío. Parece poder guiarse con solo tocar la madera. Parece huir de algo, sabe donde ir pero aun así está confusa. Desde nuestra perspectiva no nos ve, así que salimos intentando no pisar ninguna rama. Perseguimos a mi madre por la oscuridad absoluta que ahora no puede hacer más que aumentar. Nausi agarra mi mano. No vemos por donde vamos, todo lo que vemos es gracias a la luna y sus astros. Las ramas se enredan en mis pelos y los de Nausi, su mano ahora me agarra con más fuerza. El bosque nos está jugando una mala pasada. Las botas están llenas de barro. Tropezamos unas diez veces, nos manchamos y nos volvimos a caer.
Me vuelvo hacia mi amiga. Su semblante es pálido, sus ojos amarillento casi lloran y piden tregua. Miro su colgante y suspiro. No podemos parar ahora, hemos llegado aquí y no volveré el punto de partida. Corremos hasta que a lo lejos divisamos a la sombra de mi madre parada cerca de una gran piedra. Parece está esperando a alguien.
-Mierda.-Susurra Nausi cuando pisa el barro se resbala y cae al suelo. Yo me agacho con ella y observo como mi madre se gira para asegurarse que en su círculo no hay nadie. En ella brilla un halo de preocupación.
Expectantes, observamos como mi madre da golpecitos en el suelo con el pie. Tras cinco minutos un ente con capucha negra y rostro pálido aparece desde el otro lado de la piedra. Por impulso propio retrocedí sentada en el suelo. Aquello me esta resultando un tanto lúgubre. Nausi me mira como esperando un respuesta, pero cuando yo la miro volvemos de nuevo a concentrarnos en aquél extraño ser que conversaba con mi madre en un tono carroñero.
-No entiendes, lo han encontrado.
-Hay que darle tiempo al tiempo.
-Yo creo que ya es hora de que las chicas sepan la verdad, ¿O es que acaso no te ha contado tu hijo nada sobre sus hallazgos?-Dice Ágata como si no temiera a tal energúmeno.
-Paciencia.
-Sabes lo que pasó la última vez que le dimos tiempo al tiempo.- La sombra camina de un lado a otro de la piedra con las mano cogidas a sus espaldas.
-¡Oh! Por favor Ágata, fue un accidente. Nadie sabía la existencia de ese ejemplar, por ello pusimos a Jinna como guardiana de la biblioteca.
-Pues como se ha visto no es muy fiable, ¿No crees?
-Sí, plutón se ocupará de su castigo.
-Este libro ha pertenecido a nuestra familia desde generaciones y cada una debe ocuparse del destino que éste escriba.
-Son críos, habrá tiempo.
-Ha comenzado, Severus.-Tras eso el ente se queda se piedra.
-Debemos ocuparnos nosotros.
-No Severus, cuando intentamos hacerlo nos jugamos la ira de Plutón. Deben hacerlo, han pasado ya cien años desde entonces y nadie ha conseguido vencerlo, si ellos no lo consiguen se derramará la sangre de un hombre.
-El sacrificio habría que hacerlo de todos modos.
-“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”
-Se te olvida un detalle: Ninguno de los tres son hombres mortales.

 
Reacciones: 

Capítulo 8: La casa-prisión.

“Algunas de las mejores lecciones se aprenden de errores pasados, el error del pasado es la sabiduría del futuro” Dale Turner.

Empecemos diciendo que tengo una doble personalidad. Y desde siempre.
Cuando apenas tenía cinco años ya rebuscaba entre los libros de mi madre, me daba igual qué leer, no sabía como, pero entendía todo. Por eso desde el principio fui la “rarita” de mi grupo de amigas. ¿Y por qué? Por el simple hecho de devorar libros en días soleados, por las noche bajo la única luz de la linterna, por la siesta, incluso cuando mi madre hacía la comida le leía las recetas. Y es que por aquél entonces era una chica muy inquieta, casi hiperactiva, ¿Pero quién no lo ha sido de pequeños? A veces me tiraba en la cama y podía estar minutos mirando la nada del techo. Y por eso mismo, era bipolar. Cuando salía al frondoso jardín de mi antigua y humilde casa, creedme que eran pocas veces, normalmente era para recoger hojas secas en otoño y guardarlas en un álbum, escoger qué ruta iría a hacer de mayor para llegar hasta Tailandia,  perseguir a mariposas hasta que llegaran tan alto que solo la mirada pudiera alcanzarlas, adoptar ardillas y ponerles nombre tan absurdos como: Eustaquio. En fin, una maravilla de infancia. Todo eso cambió con la llegada de Nausicaa a mi vida, claro. Ella era diferente a mis amigas: No le importaba que le dijesen <<Zorra>> por los pasillos de Bremen, ni que pensaran que era excesivamente alta, ni siquiera se paraba a escuchar a los que le echaban piropos. A ella no le interesaba la opinión de cada uno, entonces fue cuando Bremen se dividió en dos grupos:
-Los que babeaban.
-Los que insultaban.
Ella simplemente cogió el grupo de los babosos y los filtró, creando:
-A los que se tiraría.
-A los que arruinaría.
Y en el grupo de los babosos que se tiraría se encontraba media plantilla del equipo de baloncesto.
Nausi cogió mi vida y le dio la vuelta: De tener todo, pasé a no tener nada. Y esto marcó un antes y un después en mi vida, pero también en la suya. Al final, acabamos aprendiendo las unas de las otras. Ella aprendió a regresar a una hora “adecuada”, y yo como ahora: aprendí a salir de fiestas más a menudo.
Bueno...Fiesta...
Cuando me desperté al lado mía estaba “la cosa” (nombre que le había dado al chico de ojos azules, ya que no se dignaba a decirme su nombre), la noche había caído tanto que las nubes se habían retirado y ahora se podían contemplar el cielo estrellado, como si un pintor hubiera salpicado de blanco el fondo negro. El móvil marcaba las una y media de la mañana y me descubrí buscando entre la poca multitud que quedaba a Anabel. Cuando la encontré le obligué a que me llevara a casa y ahora estoy subiendo las escaleras de mármol recién encerado con las botas en las manos, de puntillas y resbalándome.
La luz del cuarto de Nausi está encendida, pero para mi sorpresa, no es ella la que está sentada en su escritorio.
-Que...¿Qué haces aquí?-Digo soltando de golpe las botas al suelo.
-¿Dónde te habías metido?-Mi madre Ágata me recorre con la mirada el cuerpo. Yo me apresuro a ponerme de nuevo el moño.
-Estaba... en casa de Anabel.
-Yanet Jane Jonson, he llamado a las madres de todas tus amigas y ninguna sabían donde se habían metido. ¿Qué horas son éstas de llegar de la calle?,¿Dónde está la Yanet que yo he engendrado?- Si ahora mismo estuviera lo suficientemente lúcida huiría de esas dos largar preguntas con las que mi madre amenazaba, pero hay algo que capta mi atención más que eso: En la silla donde mi madre estaba sentada un grueso ejemplar de libro se apoya ahora con el espaldar. La sangre me hierve, lo dejé en mi armario,¿Qué hace allí?
-Ágata...¿Cogiste tú ese libro?
-Sí, Yanet, sí. Camina para tu cuarto, ya he tenido suficiente por hoy.
-¿Sabes lo que significa?- Sentía mi cuerpo anestesiarse, era como si un mentor hubiese entrado en mí y me estuviera moviendo como una marioneta y hablando por mi boca.
-Más tarde Yanet.
-Ágata...¿Qué significa?
-¡Yanet! Por favor.- Tres segundos.-Una semana sin salir.-Mi madre sale del cuarto, dejándome a mí y el libro a solas. Me acerco y lo observo como si fuera una reliquia. Sin duda significaba algo. Me muerdo los labios pensando y jurándome que no lo abriré, al menos por ahora. Lo acojo entre mis brazos y siento como el olor a libro antiguo inunda mi olfato. Sin duda, podría ponerme a escuchar Mozart ahora mismo mientras que leo el final del mito de Orfeo y Eurídice. Pero estoy cansada. Sin más me tiro en la cama de Nausi y mis párpados se rinden a la magia de Morfeo.

<<Una pequeña mota de un diente de ajo se le posa en la nariz. Bizquea un poco antes de darse cuanta y mirarla. Está tirada en un césped azul, éste coge el color gracias al reflejo de la luna. Es un tanto extraño el paisaje, porque justo cuando el prado desaparece, el agua del mar resplandece junto a un sauce llorón. Era el paisaje más hermoso que había visto. La luna se escondía bajo el mar y anunciaba un temprano amanecer. Bajo el sauce: narcisos, patos, ranas y un perro que las perseguía. El prado era tan verde que parecía que nunca le hubiera faltado agua. Todo lo bañaba una tenue luz cian, parecía un dibujo. Yanet se levanta al ver que el perro corre hacia ella. Pero no sale huyendo como la última vez, esta vez se queda de pie frente a él. Lo observa bien y luego éste se sienta, Yanet hace lo mismo. Por un momento parece que conversan, pero Yanet sabe que es imposible. Aún así le agrada estar sentada escuchando pequeños pájaros y las olas del mar. Los ojos incoloros del “lobo” se habían convertido en blancos y los de ella, del color del cielo por furia de mirarlo. Su mano se extendió y el perro le situó su pata en la palma de ella. Y así, como si de un pacto se tratase, el perro echó a correr y Yanet lo persiguió. Llegaron hasta el sauce, luego se adentraron en el bosque azul, pisando ramas, contenta saltaba los troncos y las dificultades que se le oponían, persiguiendo a Rufo. Sus pelos, por fin sueltos, flotaban, se despeinaban, se enredaban y se esparcían por el aire creando una especie de tinta flotante. Las espesas copas de los árboles no dejaban apenas ver el cielo al que Yanet no dejaba de mirar aunque se tropezara. El perro paró en un claro círculo donde no había ni una planta sembrada, solo un altar de piedra un poco agrietada. Unas enredaderas lo cruzaban como si de bandas policíacas se tratase. Arriba las estrellas brillaban. El perro se sentó frente al altar y Yanet hizo lo propio. Apartó una rama de las enredaderas y éstas se movieron rápidamente hasta quedar en su situación inicial, chasqueando al entrelazarse. Yanet estupefacta rascó con la uña en la piedra, el roce le hizo ponerse los pelos de punta. Cada vez apartaba más polvo, poco a poco los vellos de sus brazos iban retomando su posición. Bajo la manta de polvo y musgo había inscripciones. El perro la observaba expectante. La chica no podía dar cabida a lo que estaba ocurriendo. Poco a poco iba rasgando más y más. Arañaba la piedra como si su vida dependiera de ello. La luna le bañaba el pelo mientras se entretenía arrancando enredaderas que volvían a crecer. Sus uñas parecían garras. Exhausta hinca sus rodillas en el suelo y se deja caer en la piedra, apoyando su pómulo en ella. El perro se acerca y se tumba a su lado. Yanet está cansada, sabe que dentro de aquél altar hay algo, pero también sabe, que la próxima vez que venga, el camino habrá cambiado. >>

¿Te ha pasado alguna vez que soñaste con algo, y un segundo después ya no te acuerdas?
Mi mejilla sonrojada y llenas de pecas se apoya en la almohada. Tengo los ojos abiertos de par en par. No se ni siquiera como he llegado desde el cuarto de Nausi al mío. Por las rendijas de mi ventana entran tímidos los primeros rayos matutinos que hacen que mi cuarto parezca el de una cebra. Una a una, las pequeñas motas de polvo brillan a medida que pasan de la sombra a la luz. Mi labio inferior está totalmente arrugado de haber dormido mordiéndomelo.
¿Qué fue lo último que hice ayer?, ni si quiera me acuerdo.
Me levanto, me lavo los dientes y me recojo el pelo en un moño. Mi reflejo me muestra cercos debajo de los ojos de haberme quitado el maquillaje a mala gana.
Intento concentrarme cuando cojo el libro del mito y empiezo a leer. Pero nada.
Me doy enseguida cuanta del porqué estaba ayer en la fiesta buscando a Nausi. Dejo caer el libro y corro hacia su cuarto. Entre abro la puerta y veo que está tumbada boca arriba con un brazo colgando. Ayer cuando llegó se coló por la ventana y la ha dejado abierta, por lo que entra muchísima luz. Corro descalza por el mármol y doy un salto hasta situarme encima de ella, haciendo que su cuerpo pase entre mis piernas.
-Nausi.- Le susurro al oído. Ésta no parece enterarse, aunque se tapa la cara con la mano.-Nausiiiiii.- Insisto, ella mueve torpemente la mano para que me aleje.-¡Nausicaa!
-¿Pero qué mosca te ha picado?- Se recompone apoyando su espalda en el cabezal de hierro de su cama. Intenta abrir los ojos.
-Nausi, mira.- Corro hacia mi cuarto y me subo en mi silla para coger el libro del candado de la estantería. Después de casi presenciar un accidente al bajarme de ella, corro de nuevo a su cuarto donde ella se ha destapado y sentado en la cama. Le sitúo el libro en sus rodillas y me siento a su lado. Ella involuntariamente se toca el collar.
-¿Qué significa?, ¿Lo podemos abrir?
-No me parece buena idea.
-¿Por qué? Si de todos modos fue la bibliotecaria quien te dio el colgante, ¿No?
-No exactamente.-Digo agachando la mirada y jugando con la cuerda de mi pulsera.
-Yanet...
-Es que... en realidad apareció en mi muñeca colgado.- Nausi frunce el ceño.
-Eso es imposible, deja de inventarte cosas.- Dice dándome un manotazo en la frente.- Estás caliente, tendrás fiebre.-Yo le quito la mano.
-¿Pero que dices? Vamos Nausi.
-¿Qué quieres que haga?, ¿Lo abrimos?
-¡No!-Suspiro. Contarle algo a Nausi siempre es difícil, no porque no se entere, si no porque se entera demasiado bien, exagera las cosas, las hace grande. De tal manera que no hay tiempo para explicárselo mejor, ella ya habrá actuado contándoselo a todo Bremen.- Ayer me pilló Ágata, por la noche, no puedo salir en una semana.
-¿Y bien?
- Tenía ese libro entre las manos.
-¿Quién?¿Ágata?
-Sí, parecía como si quisiera escapar de la situación.
-Será una coincidencia.
-¿También es una coincidencia que “La cosa” tenga el colgante?
-¿La cosa?
-Sí, el chico con el que te enrollaste en el baño.
-¿Alex?
-No, bueno, no se.
-Sí, Alex.- Nausi se toquetea el pelo.-¿También tiene él el collar?
-Sí.
-Entonces debemos abrirlo.-Resignada me doblo por la mitad. Tienen el mismo coeficiente intelectual.
-No.
-¿Por qué no?-Suspiro. La idea de abrir el maldito libro me daba escalofríos.
-Más tarde. Dentro de una semana, cuando se acabe el instituto.
-¿Por qué siempre eres tan cabezota? No cambiará nada si lo abres ahora que después, es como si tienes un paquete de cereales donde te puede tocar una sorpresa, da igual cuando lo abras, o lo tiene o no. Los cereales no fabrican juguetes si le das tiempo.- La metáfora de Nausi me deja boquiabierta, ha dicho una cosa sensata y no se ha parado ha pensar.
-Vale, pero tenemos que advertir a “La cosa” y yo no puedo salir.
-Le digo que venga a casa esta tarde.
-Sí, y ya de paso que entre por la ventana, ¿No?-Nausi me da un codazo y se ríe.

La tarde de el sábado pasó con monotonía. Mil veces intenté leer el mito y mil veces lo di por perdido. Nausi y yo dejamos dos días de margen para abrir el libro y de esos dos días no pasaría.

Pero había una cosa que el destino me tenía preparado. Una doble jugada de la que yo no estaba al corriente. La tragedia de mi vida estaba a punto de ser escrita.
________________________________________________________________________________

 
Reacciones: 

Capítulo 7: La búsqueda-pérdida.

"La justicia sin fuerza es impotente; y la fuerza sin justicia es tiránica." Blaise Pascal.

Las tres últimas clases del viernes fueron una tortura. Pero bueno,¿A quién no le han parecido una tortura? Ese momento en el que dices: Tres horas y seré libre al menos dos días. Es más cuando salí, no esperé que Med y Anabel me saludaran: Cogí los libros, los guardé todo lo rápido que pude y corrí hacia la libertad del fin de semana... ¡Y que fin de semana!: Nausi había faltado a clases solo para ir a casa de unos compañeros a preparar una barbacoa esta noche, habría música, piscina climatizada y comida. Así que cuando llegué a casa y pregunté por Nausi no obtuve respuesta.
Mi madre se limito a hacer una mueca con la boca mientras se limpiaba las manos con un trapo.
-Ni idea, salió a comparar el pan. Eso es lo único que te puedo decir.-Tras eso se volvió de nuevo hacia los fogones y se puso manos a la obra. Como era de esperar, no puse la mesa.
Subí a mi cuarto donde había dejado la mochila en la silla de mi escritorio y el libro misterioso en el sillón de piel vuelta. No era tan grande como el otro ejemplar que me ofreció la bibliotecaria el primer día, pero los mismos años que tenía uno, tenía el otro. Una vez mi madre me dijo que los libros que más te hacen pensar son los mejores. Yo creo que los libros que más te hacen pensar, solo hacen que te duela la cabeza y los brazos, ya que normalmente son los más grandes y pesados. También me dijo que cuando los dioses pintaron el mundo, utilizaron el mismo pincel para pintar las margaritas y los ojos de Nausi: eran tan amarillos que a veces daban miedo. En cuanto a los míos se quedaban atrás igual que el resto de mi cuerpo. “Del montón” me habían definido.
Cuando mi padre murió, apenas tenía seis meses. Su muerte no llegó a mí hasta los doce años, hasta entonces había crecido sin padre. Pero no me molestaba, había tenido todo los que una niña quería: A los seis años tuve mi primer pony, me lo compró el señor Iulius por mi cumpleaños. Nausi ya tenía dos y un establo, así que no importó añadir uno más a su colección.  A los Ocho años mi madre me llevo por primera vez a la feria de East Coast, comí tanto regaliz y tanto algodón de azúcar que no probé bocado en toda una semana. A los doce tuve mi primer novio, sí, de esos que le das la mano y ya sois una pareja. A los catorce ya había tenido al menos cinco noviazgos y todos habían durado una media de 15 días. Era feliz, fue la época donde ignoraba lo que podría suponer hacerse mayor, porque simplemente creía serlo ya. Ahora a los casi diecisiete me veo en una pequeña crisis de baja autoestima. Pero antes o después hay que madurara y espero que sea antes.
Sentada en frente del ordenador pienso que hacer. La curiosidad me consume, necesito abrir el libro, pero ya se sabe lo que dicen ¿no?:
<<La curiosidad mató al gato>>
Me resisto, enciendo el portátil y guardo el libro en la estantería superior del armario. El cielo de febrero siempre es igual, no hay nubes, solo una gran neblina que hace que el celeste se convierta en gris. Acompasado siempre por el sonido de la lluvia, que ahora cae tan fuerte que parece que quisiera romper el asfalto de la carretera. Espero con la cara apoyada en mi puño a que el ordenador inicie sesión. Mientras escucho el ruido de platos y sartenes en la cocina, abajo. El señor Iulius debe de estar esperando visitas, y como siempre que espera visitas, nosotros debemos mantenernos fuera del perímetro del comedor. Siempre dice que es una comida de trabajo, pero eso se suele hacer en un restaurante. Claro, no estoy diciendo que mi madre no cocine lo suficientemente bien, porque si hay algo que mi madre sabe hacer bien, es cocinar. Por fin el ordenador da señales de vida. Inicio sesión en el correo y dejo que mis nuevos E-mail se actualicen. Mientras voy al cuarto de Nausi y cojo el libro del primer día, lo deje en su cuarto por que Nausi quería leérselo, pero yo sabía que no abriría ni la primera página. Cuando regreso dejo caer el libro en la cama, es tan pesado que hace que rebote en el colchón. Ya hay dos ventanitas en naranja en la barra inferior del ordenador y me dispongo ha abrirlas. Una es de Anabel:
-Donde te has metido?
-He tenido que hacer un mandado.
-Te has perdido el examen sorpresa del de Historia.
-Mira que lástima.
-Ya ves, no vienes?
-Ir? Dónde?
-A la barbacoa.
-Que va, tengo que estudiar.
-Ahora, por la noche? A ti te falla algo ahí arriba.
-Puede, pero tengo que cubrir también a Nausi.
-Nausi va?
-Ya está allí.
-Bueno, pues nos vemos mojigata, estás invitada de todas formas.
-Adiós tonta.
<< Anabel acaba de cerrar sesión>>
Tras el insulto <<mojigata>> se despide nuestra conversación. Estoy de los nervios, no sé si es por el insulto, por el libro o por tener que escuchar el molesto sonido que da señal de que me están hablando. La otra ventanita no para de ponerse en naranja, ni siquiera me he fijado quien es. Abro la ventana. Ya se ha desconectado.
-Se lo has contado a Nausi?,- Eooo!,- Bueno, nos vemos en la barbacoa.
Un tal Alex que me habla sobre Nausi, que lástima, seguro que tiene amargado a éste también. La ira me está subiendo como la espuma de champán. Siempre he tenido que servirle de tapadera a Nausi, desde los once años que ella se iba al parque de al lado y me decía que le dijera a su padre que estaba estudiando en casa de Med. Era hora de cambiar. Esa niña pequeña que cumplía todas las normas, comía todo lo que le pusiesen por delante y hacía de tapadera a su mejor amiga, ha crecido.
Ya no soy una mocosa.
Cierro el correo y apago el ordenador. Del libro que pensaba acabarlo esta noche ya solo queda una idea lejana. Ahora me concentro en vestirme, coger un bolso y salir, sin que nadie me vea, de aquí. Giro el picaporte de mi cuarto, atravieso el pasillo, bajo las escaleras y abro la puerta trasera. En dos minutos estoy en la oscuridad más inmensa que he visto, el jardín posterior de la mansión Iulius no era nada parecido al delantero. Me paro en el umbral de la casa. Es algo parecido a un bosque, casi no me creía que hubiera dejado de llover. Era increíble que detrás de tantos árboles hubiera casas. Una colina hacia abajo, un pequeño pozo en el centro de columnas de arbustos. El absoluto silencio, la penumbra, la hierba mojada que la lluvia había dejado. Todo parecía mucho más diferente de noche que de día. Piso el césped con la botas de cuero que he cogido “Prestadas” a Nausi. Cruzo los brazos sobre el pecho para calentarme y procedo ha andar colina abajo. Me ladeo, me tuerzo los tobillos, me mancho de barro. Esta fuga no estaba prevista y no está saliendo muy bien. Cuando llego al pequeño jardín lleno de arbustos, rosales, azucenas y banquitos, me siento en uno para retomar el aire. En el centro de éste está el pozo. No se usa desde hace más de siglo y medio. El silbido sordo del aire me revuelve los pelos, por fin me he dignado a soltármelos y no estoy muy satisfecha de ello. Una nube se aproxima y amenaza con atacarme llenándome de agua. Retomo el camino cuesta abajo donde ramas y troncos crujen bajo mis pies. Llego a mala pena hasta la acera y me siento en ella. Cojo el movil y llamo a Med.
Tres pitidos y da señales de vida.
-Estoy conduciendo.
-Perfecto, pues parate en Hope Street.
-Está bien, estoy ya en la rotonda para llegar.
-Vale, te espero.
-Ya te veo.-Dice y tras eso cuelga. Dos luces parpadean más de dos veces como si el coche guiñara los ojos. Es Med. Detiene su todo terreno frente a mí.
-¿Al final te has decidido a venir eh?
-Solo voy a recoger a Nausi.
-La fiesta acaba de empezar.-Dice mirando a ambos lados de la carretera y poniéndose en marcha.
-Sí, pero Nausi lleva desde por la mañana metida en esa casa.
-Ya me imagino lo que estará haciendo.-Dice mientras me pongo el cinturón.- También está Justin.- Dice tras varios segundos en silencio. No me había parado a pensar en ese tema, pero sin duda es algo que influirá la noche.
-Me da igual Justin.
-Vale, pero recuerda que también estará lindsay.
-La reina de las abejas.-Reímos juntas.
-¿Qué harás si tu madre te pilla?
-No lo hará, está demasiado ocupada haciendo de comer.
La circunvalación que lleva a la fiesta está algo alejada del centro de la ciudad, las pocas farolas que iluminan la calle hacen que no podamos ver las estrellas y eso me recuerda al día en el que adoptamos a Líala.
Era doce de octubre. Yo apenas tenía ocho años y estaba deseando tener una hermanita. Me gustaba cuando las mamás tenían la barriguita muy gorda y si te acercabas podías sentir como dentro algo se movía. También me gustaba preparar el cuarto para la recién llegada, eso de pintar todas las paredes de rosa llenas de ositos o conejitos. Había esperado ese momento ocho años. Pero para mi sorpresa, mi madre no engordó, ni tampoco pintamos el cuarto. Tras dos meses de dudas, accedimos a adoptar una pequeña de origen alemán. Cuando llegamos al centro de adopción, mi madre ni siquiera preguntó por la raza, escogió la primera criatura que se le posó en los ojos. Líala. Así quiso que se llamara. Un terremoto, un torbellino de colores, de emociones. No había quien la parara, saltaba en la cuna y lloraba todas las noches. Por aquel entonces solo tenía doce meses, y yo, ya estaba empezando ha estar harta de la recién llegada.
Después de un largo trayecto de carretera, Med detiene su todo terreno frente a una casa iluminada donde resuena la música por los altavoces que están colgados cada uno de una esquina de la casa. Una morada blanca como la nieve con cristaleras a ambos lados que parecían ojos. Salgo del coche y sigo a Med por el patio. A pesar de los dos grados que hacían, la gente sudaba, algunos estaban en la piscina, otros en jacuzzis y otros en el porche bailando al ritmo de Jay-z. Había gente tan pegada a otra que parecían una sola. Med me tenía cogida de la mano y se movía de un lado a otro bailando. Su mano se escurrió de la mía y yo me descubrí entre la multitud buscando un sitio donde no hubiera gente. Las chicas iban vestidas de gala, algunas ya llevaban los tacones en las manos, otras iban mojadas enteras. La gente me pisaba los pies y algunos se giraban para mirarme sorprendida. Yanet: La chica que aunque vive mejor que nadie y va en limusina al instituto, no sale de fiestas. Y ahora, está aquí, en la barbacoa más cutre que ha visto. Me giro buscando a Med, pero he caminado demasiado y ya no la veo. Delante de mí está la puerta de la casa. Salgo a codazos y empujones y cuando me veo en las escaleras del porche me entran ganas de llorar de alegría. Subo de dos en dos las escaleras y entro en la casa. La música disminuye allí y se crea un ambiente hasta relajante. El hall es amplio, con mesitas y jarrones con flores de decoración, cuadros en las paredes y un suelo de parqué recién encerado. Las escaleras están en mitad del pasillo y son también de madera. Una alfombra se topa con mis pies y me siento como si estuviera de nuevo en mi antigua casa. Esa que compartí con mi madre durante más de siete años y de la que tengo tantos buenos recuerdos: El olor a bizcocho todas las primaveras y los inviernos, los regalos humildes de papá Noel, el resonar de los pasos descalzos en la caliente madera, la chimenea antigua que calentaba más que todas las de la mansión Iulius y también la alfombra que poníamos todos los inviernos debajo de la mesita del salón y donde me tiraba ha hacer los deberes. Realmente esa casa se parecía mucho a la mía.
Subo las escaleras y tras ellas, un pasillo largo que parecía no estar habitado, era el único punto de la casa donde no se oían voces, ni música, ni gritos. Se escuchaban cosas típicas de una casa: El grifo abierto con el agua corriendo, el tic tac del reloj, la cisterna de un retrete y el crujido de una puerta al abrirse. Entonces es cuando inconscientemente abro yo también otra puerta y miro hacia dentro. Un dormitorio en blanco, es decir, era todo blanco. La cama estaba perfectamente hecha, el escritorio perfectamente recogido, los cuadros perfectamente centrados. Era un dormitorio perfecto, de esos donde te levantas, abres la persiana y dejas que el olor a campo entre, los pájaros canten y la brisa corra.
-¿Tú también buscas un dormitorio?, Lo siento ese no puede ser.-Unos ojos azules aparecen detrás de mí.
-Estaba buscando el baño.
-No te había reconocido con el pelo suelto.-Dice.
-¿Esta es tu casa?-Le pregunto mientras cierro la puerta y camino por el pasillo.
-No, que va, pero es de un amigo y me tiene como guardia de seguridad.
-¿Tú?, ¿De guardia? Pero si no tienes nada.-Le digo tocándole el brazo, aunque sabía de sobra que sí tenía.
-Bueno, es que tú eres del FBI, hasta tanto no llego.-Sonrío y me vuelvo hacia él cuando se acaba el pasillo.-De todos modos no puedes entrar, están ocupadas.
-Ya te he dicho que no iba a entrar.
-¿No tienes ganas de fiesta?-Dice sentándose en la primera escalera.
-No suelo salir, digamos.-Digo haciendo lo propio.
-Yo tampoco tengo muchas ganas.- Un minuto de silencio.- ¿Quieres que veamos una película?
-¿Ahora?, ¿Dónde?
-En ese cuarto.-Dice señalando la puerta que entré antes.-Seguro que Justin nos lo deja, tiene proyector y la película la podemos elegir por Internet.-No me disgustaba la idea, pero tenía que encontrar a Nausi.
-¿Justin?, ¿Esta es su casa?
-Sí, te has puesto roja.-Dice sonriendo.
-¿Qué dices?, Anda, vamos a ver la jodida peli.-Le digo amarrándolo del brazo.-Pero solo si traes helado de caramelo.
-Vale, espera.
Abro la puerta de la habitación y enciendo la luz, luego cojo el ordenador e inicio sesión. Tras cinco minutos el chico aparece con dos cucharas en la mano y un bote lleno de helado de caramelo. También lleva una manta en el brazo colgada y cierra la puerta con un pie. Deja las cosas en el escritorio y se acerca para ver que película he elegido.
-No me lo puedo creer.
-Sí, es hora de llorar algo.
-Pero…
-Nada de peros.
-Está bien voy a por los pañuelitos.-Dice y deja la sala.
El niño con el pijama de rayas, me había leído el libro pero no había visto la película.
Aunque sabía que debería estar buscando a Nausi, no soportaba la idea de bajar de nuevo y encontrarme con el mismo estruendo. Además, así evitaba el encuentro con Justin.
-Oye… ¿Cómo te llamas?
-¿Estoy en tu clase y no sabes como me llamo?-Dice tumbándose en la cama.
-No tengo buena memoria.
-Ese cuéntaselo a otro, no cuela.
-¿Me lo vas a decir?-Digo apagando las luces y tumbándome con los pies en la almohada. Él la coge y se tumba como yo apoyando la cabeza en ésta.
-Calla, está empezando la película.-Lo miro con cara de asesina, pero el no lo nota por la oscuridad. Sonrío. Me vienen ganas de responderle algo ingenioso, algo con lo que no tuviera excusas, pero parece que siempre tiene algo para escaquearse.
-Oye… ¿Te levantas tú a coger el helado?
-Yo ya he ido abajo a cogerlo, te toca a ti.
-Mmmm, no tengo ganas.
-Pues no hay helado.
-¿Y la manta?, tengo frío
-Te levantas y la coges.
-Solo si me dices tu nombre.
-No me estoy enterando de nada de la película.
-Pero si aún están los extras.
-¡Shhhh!-Resoplo, sin duda no hay nada que hacer para convencerle. Será una noche muy larga.
-No es justo.
Una buena pregunta sería: ¿Qué estoy haciendo comiendo helado, con un chico del que no se su nombre, saltándome el toque de queda y tapada hasta la nuca con la manta de Justin?, pero como no me gustan las preguntas largas, les doy un rodeo y evito el contacto con ellas. Incluso ahora miro hacia la muñeca con la que el chico sujeta la cuchara del helado y me quedo estupefacta. Las coincidencias no existen, ni siquiera los métodos físicos podrían competir con la inmensidad del mundo, que cuanto más creemos saber de él, más mentiras aguardamos. Alimentamos nuestra imaginación creando nuevos límites que, al fin y al cabo, no son más que pequeñas satisfacciones soñadas. Y entonces es cuando te preguntas y cuestionas cuál es nuestro papel en la vida: si sólo somos adorno, si nos crearon para que acabáramos con el mundo, para destruir, para ser movidos como peones. Recuerdo que una vez leí o escuché una frase dicha por John Morley, era algo como esto:
"La deslumbrante naturaleza no es más que el telón de fondo del escenario, donde tiene lugar la tragedia del ser humano."
A estas altura de la película no me puedo echa atrás.
Pero no se por qué, apoyo la cabeza en la almohada y observo la pulsera de mi compañero brillar. Los ojos se me entumecen y los párpados me pueden. El niño del pijama de rayas ya no es el centro de atención, porque veo como una sombra se levanta y apaga el proyector, se acuesta a mi lado y se tapa con la manta teniendo cuidado con no destaparme. No se si todo era un sueño, pero si lo era:

-Por favor, despertadme. 
 
Reacciones: